Cuenta la historia que hubo un niño que nació con el gran don de jugar fútbol, esa era su mayor felicidad.
Fue el segundo de tres hermanos, inquieto como él solo, con una sonrisa que taladraba sus mejillas y perforaba el corazón. Su mayor virtud: patear el balón.
Creció feliz, pues todo giraba en torno al juego, él quería ser el mejor de su barrio, pero siempre apoyando al que tenía a un lado, haciéndole saber que sus sueños eran tan grandes como se los propusieran y por más difícil que se tornara el camino, siempre había un motivo para salir adelante y como sólo él sabía hacerlo… sonriendo.
Conforme pasó el tiempo, la vida le enseñó a que no todo sería en tonos color pastel, pues golpe a golpe el cuero se le fue haciendo duro, pero no el corazón, ese jamás, parecía que cada golpe lo ablandaba aún más, cada decepción le fortalecía y no guardaba rencor, ni a la vida, ni al destino, ni al mundo, él sólo quería ser feliz.
Intentó, como muchos, vivir dentro de la cancha, aspiró a jugar el fútbol por obligación, allá en los campos donde el objetivo es atiborrar tribunas de pagantes, que conformes e inconformes generaran liquidez a las arcas de un club… para su fortuna, sólo lo “disfrutó” por un tiempo; después, como a muchos, la ilusión se esfumó -o se la esfumaron, todo es relativo- pero su felicidad, esa, la de patear un balón por puro gusto, esa jamás desapareció.
Y es que fue en la cancha donde más amigos hizo, sin importar qué camiseta se vistiera, si era adversario o compañero, él ya había ganado un amigo, no le importaba su pasado ni el futuro, el presente le había regalado una persona más en su vida y la disfrutaba, qué mejor si era dentro del rectángulo de juego, ese rectángulo que sólo en nuestros sueños es verde, pues en el barrio es gris de tierra, duro por las piedras y árido por el olvido, sólo que cada día se pinta con magia surgida de unas piernas llaneras, se ablanda con unos tachones Olmeca desgastados y se riega con sudor que sale del alma, pues en esos campos es con eso con lo que se defiende la camiseta.
Así vivió este niño, que aunque ya había crecido de alma nunca dejó de serlo, que con un balón en sus pies era realmente feliz, que además de tejer jugadas con la zurda pegada a la bola, también tejía hermandades que se convirtieron en inmortales.
El niño al que nunca le fue necesario tener una moneda en su bolsa, nunca comprendió el real valor del dinero, pues para él lo más valioso lo fueron las personas, sus ideales y sus sentimientos, nunca la marca de su ropa, el valor de sus zapatos, ni había alhaja que su brillo le deslumbrara.
Aunque eso sí, cosechó medallas y campeonatos, trofeos y reconocimientos, sobre todo conocimientos, que compartió con otros, que invitó a que aprovecharan el talento que cada quien tiene y sobre todo su juventud, como humano ante ellos reconoció sus errores y enseñó sus heridas sin pena alguna, para que los demás no andaran su mismo camino, reconoció lo que le faltó y lo que tuvo, pero eso sí, en cualquier escenario su prioridad fue ser feliz, pues afirmaba que a eso venimos a este mundo.
Pero un día el sol se escondió y con él último su último rayo; a él también se le apagó la luz, cerró sus ojos para sellar el pasaporte a una vida eterna… ¿muerte?, para nada, esa sólo llega cuando el olvido sepulta a los que emprendieron ese viaje y al niño del balón, será difícil que alguien lo olvide.
¡Hasta siempre hermanito querido, allá también sé feliz!.
La Familia Vera Quintero agradecemos con el corazón en la mano el apoyo recibido en este difícil momento de nuestras vidas. Que Dios los bendiga siempre.
Descanse en paz César Augusto, mi hermanito, el niño del balón.
@luisdariovera




