Es un personaje que, aún ya muerto, sigue despertando una singular mezcla de admiración, críticas, respeto, reconocimientos y hasta ofensas.
Lo confieso, Jacobo Zabludovsky era una figura tan icónica que me parecía inmortal. Hasta anoche, me parecía que la voz del periodista tal vez más polémico de la historia moderna, resonaría para la eternidad o que leería sus artículos hasta el final de mis propios días.
El tiempo se encargó, como siempre lo hace, de confirmar que nada es para siempre. Obviamente, ni nadie.
Pero no es esa temporalidad lo que me ocupa en estas líneas, sino el juicio de la sociedad sobre la trayectoria profesional de Jacobo, que no varía en su faceta negativa ni en su partida, cuando usualmente desaparecen los defectos y brillan las virtudes, Fue un hombre tan excepcional, que ni en eso cayó en lo común.
¿Por qué fue y todavía es un pararrayos tanto de elogios como de acusaciones?
Para muchos, el hombre que encabezó durante 27 años el noticiero más importante de la comunicación colectiva –24 horas– sigue siendo el símbolo de la manipulación informativa o de la deformación de la verdad. En el caso de Jacobo, en beneficio del poder político o de las grandes fortunas de México.
Pero me pregunto:
¿Quiénes tienen o tenemos la autoridad moral para calificar a Zabludovsky?
Acudiré, si me permite, con una reflexión previa, a las malditas y odiosas comparaciones para intentar responder a esa pregunta.
Jacobo no hizo otra cosa en su vida como periodista, que acatar las decisiones de la empresa para la cual laboraba. Siguió líneas, aplicó criterios y manejó los hechos conforme a los intereses de la televisora que en una exitosa simbiosis lo formó y él ayudó a formarla.
Hizo exactamente lo mismo que hicieron y siguen haciendo el resto de sus colegas periodísticos. Pero nunca estuvo solo, como tampoco ya desaparecido lo está ahora en esa conducta. Juzgue usted si es así o no.
Vayamos pues a las comparaciones anunciadas, con el actuar de varias figuras de esa sociedad que sataniza el trabajo del periodista. Lo haré en forma de preguntas.
¿Cuál abogado no oculta datos vitales sobre sus clientes para salvarlos de la cárcel o evitarles pérdidas en sus fortunas?
¿Cuál constructor no maquilla cifras y calidades en sus materiales para inflar costos y obtener mayores ganancias?
¿Cuál comerciante no ha ocultado mercancías y no ha elevado los precios a su antojo sin importarle un bledo sus clientes?
¿Cuáles políticos no engañan a sus electores o a la sociedad en general ofreciendo beneficios que sabe que nunca cumplirán?
¿Cuál empleado no ha manipulado los volúmenes de venta para llevarse unos pesos más a sus bolsillos?
¿Cuál empresario no ha borrado ingresos y enterrado informes financieros para burlar al fisco o los derechos de sus trabajadores?
Vamos, todos somos Jacobo.
Y no lo asiento de esa manera porque todos seamos inmorales, malvados, delincuentes en potencia o explotadores, sino porque todos somos seres humanos y por lo tanto víctimas de nuestras debilidades y ambiciones.
Zabludovsky fue una herramienta, un eslabón más de las estructuras de poder y una pieza tan común –es en lo único que fue como los demás– como cualquiera de nosotros. Ni mejor ni peor. Fue y punto.
En lo particular, extrañaré muchísimo a Jacobo. Lo admiré y lo admiraré siempre como profesional, como entrevistador, como narrador, como articulista y hasta como simple hombre.
Llegar a los 87 años de la manera que llegó él, es mi sueño dorado…
Twitter: @LABERINTOS_HOY




