El traje de la arquitectura es el color a cada paso y a cada mirada el andar por las calles traza a ojos prontos el color de la arquitectura. Color de lo propio, mostrado por las horas del día y de la noche. La arquitectura se viste de fiesta, de cumpleaños o de gala, puede ser centenaria o milenaria pero lleva consigo la piel con la patina de los años. A mí me gusta la arquitectura de mi ciudad en un trazo cuadricular como una emparrillada donde aterrizan las urracas y las parvadas de pájaros de color con sus argüendes matinales o nocturnos.
El color es fundamental en una ciudad que no lo tiene porque sus laqueados han sido modestos y porque el sol al paso de los años ha curtido los muros, las paredes agrietadas y ha mutado, lentamente su color primitivo.
Pero he gozado en Victoria ahora casonas, casas modestas con un color vegetal, rico en tonalidades ante el espejo solar. El color cálido le viene bien a una ciudad contrastante en fuertes calores, pero también los colores fríos acompasan la tranquilidad de las miradas.
Casas de sonoridad propiciada por su dibujo al choque con los vientos, casas de sombras en un baño de sol matinal, casas de luz al toque de queda de la luna, pero son las casas, las casonas de la ciudad.
El color ha hecho resurgir casonas que parecian muertas, la restauración de la Casa Filizola es un ejemplo de la recuperación de la piel de la arquitectura, de elegancia nítida, de solemnidad urbana. Una casa privilegiada como la del arquitecto Enrique León de la Barra, es una casa de impactante color que ahora distingue la calle entre Zaragoza y Juárez 15. Hemos llegado al color rompiendo la timidez de los colores fríos para llegar a ser calientes, alternados con la refrescante visual y el extraordinario complemento de la arquitectura vernácula y de ejemplos como la residencia hermosa del arquitecto León de la Barra, una figura y ejemplo de nuestro talento y hacer arquitectónico.




