16 febrero, 2026

16 febrero, 2026

Salarios y sindicatos

Bitácora republicana

Sorpresas les da la vida a quienes no conocen el funcionamiento real de la economía. La precandidata demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, Hillary Clinton, anuncia el aumento de los salarios mínimos en tanto motor para la ampliación del mercado interno y disposición indispensable para disminuir las brechas sociales. Señala que, de modo inevitable, aumentará el monto de la masa salarial en su conjunto, lo que determinará una ampliación sustantiva de las clases medias. Con estas medidas la remuneración al trabajo, que hoy es de 15 a 1 con respecto a México, pasaría a 18 a 1 con las consiguientes oleadas migratorias y un mayor desfase de nuestro país en materia de igualdad.

Según las estadísticas mexicanas, la clase media se define sólo por una clasificación referida al ingreso, no por la pertenencia al mundo del trabajo formal. La masa salarial en nuestro país ha descendido en cuarenta años del 35% del PIB a cerca del dieciocho. Fue la cuota estúpida que pagamos en aras de un neoliberalismo chato que menospreció el mercado interno y aspiró al mundial, aunque no hayamos podido competir con casi la totalidad de las regiones del mundo por la mano de obra barata, y hasta esclava, que ha destruido nuestro tejido social.

Causa principal de esta tragedia es el debilitamiento y la servidumbre de la inmensa mayoría de los sindicatos. Las generaciones jóvenes de trabajadores se han insertado en el mercado laboral con la certidumbre de que los bajos salarios y la precariedad en el trabajo son fatalidades asociadas al empleo y que no existe forma de remontar esa realidad. Con el auge del sindicalismo de protección patronal se establecieron mecanismos de simulación conocidos como “contratos de protección”. El Estado mexicano ha frenado deliberadamente el incremento de los salarios contractuales estableciendo un tope máximo que a todas luces es anticonstitucional. Nuestro país es el único en el que los salarios más altos en una empresa o entidad administrativa llegan a ser cien veces mayores que el de los más bajos. La inequidad por decreto.

La Conferencia Internacional del Trabajo, celebrada en días pasados, revisó el caso mexicano. Se informó que se ha demandado al Ejecutivo Federal ajustar la administración laboral a los acuerdos internacionales y permitir que los trabajadores decidan por sí mismos el sindicato al que desean pertenecer. A la condena de los gremios más representativos del mundo se agregó la delegación estadounidense. El texto no tiene precedentes: la persistencia de los “sindicatos falsos” constituye una grave violación a la libertad de asociación. Refiriéndose a las Juntas de Conciliación y Arbitraje plantea “es hora de que el gobierno de México transfiera estas funciones a la rama judicial u otra entidad independiente”. Propuesta que ha planteado hace años la izquierda mexicana.

De acuerdo con el informe “Tendencias en la Desigualdad del Ingreso y su Impacto en el Crecimiento Económico” presentado por la OCDE, entre las principales razones de la creciente brecha salarial está la depreciación del salario mínimo. Revertir esta situación no sólo es una urgencia social sino un imperativo económico. “Elevar la productividad, incrementar el crecimiento y distribuir el ingreso son procesos sociales que pueden ser impulsados mediante un nuevo paradigma salarial”.

El estado de pobreza que agobia a la mayoría de las personas se origina en políticas impuestas por un organismo constitucional dependiente del Poder Ejecutivo. Semejante patología es causa eficiente de la crisis. Deprime la demanda y castiga la producción en beneficio de la economía financiera y la concentración monopólica. Todo modelo económico reposa sobre un sistema de relaciones de poder. El vaciamiento social de la política económica obedeció a la entronización de tecnócratas que no saben siquiera entender el entorno global que los rodea. El pecado de la transición fue su incapacidad para transferir poder a los ciudadanos y autonomía a las organizaciones sociales y sindicatos. La democracia, si no se inserta en el mundo del trabajo, seguirá siendo un espejismo. Frente a la ceguera interna, las luces nos siguen llegando del exterior.

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