13 mayo, 2026

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Crónica urbana

La Edad de los Nuncas

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De aquí para adelante, o de aquí para el real, ya entramos en «la edad de los nuncas y es la primera vez». Y es que el cuerpo, aunque corrioso, ya empieza a hacer agua como los barcos que se van a hundir. Cuando se es joven, trepar, montar, escalar, aventarse como el Borras puede ser un acto de tranquilidad y habilidad, pero  cuando se llega a «terciario», o sea, tercera edad, ya los músculos bajan y las penurias aumentan.

Me he topado con amigos, amigas generacionales que te dicen, «Es la primera vez que me pasa esto», «Nunca, pero nunca me había pasado». Y es que se entra en los «nuncas» y en la primera vez, como chorreando los frenos, las balatas bien lisas y el aceite quemado. Pronto se llegará a viejo y como me dijo un niño en el kinder cuando impartía una clase: «Usted tiene la cara caída». Le pregunté ¿por qué?, y me contestó, «porque tiene la cara caída…» repitiendo la frase. Y es que la cara se cae, se estira y los pellejos lentamente van formando un collar de piel.

La edad de «los nuncas» llega. Que te duele la cadera, que se hinchan los pies, que te duelen las nalgas, que te duele el cuello, que el coxis, que la cintura, que la columna, que esto y que el otro. Total, ya somos un montón de huesos recolectados por el tiempo. Aun los que llevaron una vida sana y libre de pecados capitales, les empieza a doler caderas y hombros. Y conozco atletas de carrera que ya estan más para allá que para acá.

La vida no perdona, y tarde o temprano se paga el precio de vivir. Hay excepciones, pero esas pocas  son contadas con los dedos de la mano. Porque la existencia es una rueda imparable hasta que viene la vejez y el patatus.

Los cirujanos plásticos son los que se agasajan con los deudos de la juventud. Tijera y cuchillo convierten a lo viejo en bellezas transitorias. Se encuentra en la calle con personas que las reconocemos por su nombre de pila, pero no por su físico. Han cambiado de cara y de pechuga, y agarran lo que se dice segundo aire. «Ser viejo es un arte»,  apuntaba Andre Mauroux, el filósofo francés. Pocos también entendemos eso. Estirarse la cara, abultar los pechos y las nalgas es un arte de la vanidad. Pero pronto, serán más viejos que nosotros.

 

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