Hemos regresado a los antiguos aguadores que con su preciosa carga calmaban la sed por las calles vecinas, Los aguadores con sus tanques, híbridos, de ruedas de carreta o de auto en giro por los barrios para repartir el vital líquido.
En ciudades como Reynosa, la pujante ciudad hidrocarbura, aún podemos ver las antiguas estampas de los aguadores con sus jumentos de arrastre trastabillando entre hoyancos y liso pavimento en colonias de pobreza y fraccionamientos de lujo. También la basura se pepena bajo esa antigua técnica de acarreo. Victoria ha vivido en la última semana uno de los episodios más delicados de la vida comunitaria.
La falta de agua en un gran sector ha motivado que una parte sensible de la población se sienta lastimada ante la falta del servicio de primera necesidad.
Se dice a sotovoce que ocurrieron desajustes en las máquinas alimentadoras propiciado por descuido o deliberadamente, provocando que fallara la alimentación acuífera en la ciudad. La realidad es que estos hechos, ciertos o no, nos presentan un panorama desolador y nos advierten lo vulnerables que somos como cuerpo social ante estas adversidades.
Somos vulnerables y la falta de previsión está a la vista ante el estado de pánico que propició en sus primeros momentos esta eventualidad.
Nos avisa también la importancia vertebral que tiene el agua en nuestra existencia. Nos educa para un futuro no lejano en donde el agua juega el papel divino de la sobrevivencia.
El agua es un valor, una importante mercancía que pocos usufructan y hacen grandes negocios. El agua, decían las consejas, «no se le niega a nadie», pero hoy el agua es fuente de agio, de extricta mercancía que desvalora el viejo adagio de dar de beber al sediento. El agua se vende, y se vende bien y cara.
Es una lección que debemos aprender rápido y conscientes de que somos seres vulnerables, sujetos a lo impredecible. Nos han dado castigo de agua, bailando con la más fea en estos días de apremio.




