Un caso más que prueba lo podrido de las instituciones del Estado mexicano, es la nota publicada por el portal Animal Político sobre la violación de una mujer cometida por los tenientes de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), José Roberto Acosta Vargas y Édgar Díaz Frías.
Los militares violaron a la joven al interior del cuartel “Macario Zamora” en Nuevo Laredo, Tamaulipas. El abuso sexual ocurrió en la madrugada del viernes 20 de septiembre de 2013. Horas antes, los tenientes acompañaron a la víctima al concierto del grupo Calibre 50 en la feria de Nuevo Laredo, Tamaulipas. La mujer iba a asistir con su novio soldado Ángel de Jesús Castillejos, pero éste no pudo ir y le pidió a sus compañeros que fueran.
Al salir del palenque, Acosta y Díaz sometieron a la joven para llevarla al cuartel. Después de golpearla, violarla y amanerarla de muerte, la sacaron a escondidas en el automóvil para abandonarla en la noche nuevolarendese. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) investigó y obtuvo las declaraciones ministeriales de 10 soldados. Los testimonios fueron cruzados y concluyó que la versión de la mujer es real.
La Sedena no ha declarado sobre la investigación que empezó su órgano interno de control. Lo único que hizo fue pagar una indemnización y ofrecer atención psicológica a la víctima. Se desconoce si existe sanción contra los tenientes, quienes fueron trasladados a batallones en Sonora y Nuevo León.
Que un militar cometa un delito contra la mujer y no se castigue, coloca a la institución en el peligroso escenario de que los comparen con los delincuentes que persiguen en el estado, aunque solo sean dos los culpables.
Acerca de los maestros
A continuación inserto la carta del escritor Arturo Castillo Alva, que habla de los profesores del sur del país que combaten la reforma educativa, quienes el pasado sábado se enfrentaron a policías federales en Nochixtlán, Oaxaca.
“La barbarie siempre ha tenido rasgos humanos. Eso es lo que la convierte en algo tan inhumano», Henning Mankell.
Por la memoria de mi maestra Carmen (aún recuerdo hoy su rostro con absoluta claridad), de primer grado en la vieja escuela Centenario de la colonia Tamaulipas, donde a inicios de los años cincuenta compartíamos las aulas con bandadas de murciélagos; por la memoria del maestro Rendón en la escuela Armando Barba en el mismo año en que el huracán Hilda devastó la zona -¡cuánta tristeza entonces!-; por la memoria del maestro Castro en quinto año de la misma escuela en cuya clase devoré el Corazón de D’Amicis; por la memoria de mi maestra Eutimia Aguirre de Cavazos, en el sexto año de la escuela Lauro Aguirre, el año en que murió mi abuelo y entreabrí temblando la puerta de la adolescencia, expreso aquí mi más amplio desprecio por las políticas de represión y denuestos que gobierno y medios de comunicación han desatado con furia contra los maestros que cuestionan reformas arbitrarias elaboradas, como siempre, desde la altitud de los escritorios y la chaparrez de los cerebros de los funcionarios, siempre serviles a organismos extranjeros que nos son ajenos. ¡Alto, ya, al asesinato de profesores!
A mis setenta años concluyo que la vida en México es sólo una larga lucha por sostener la dignidad frente al poder. Antes que cualquier otro ideal hemos debido pelear cada vez nuestra dignidad ante gobernantes durante un siglo indignos. Por eso admiro y me manifiesto a favor de esos maestros, mujeres y hombres, que con hambre, sed, mal dormidos, cansados, lejos de sus familias, se lanzan a las calles un día y otro, y otro más, porque exigen que su opinión sea tomada en cuenta. No habrá lección más luminosa para sus alumnos, ustedes lo saben maestros, que esta lucha irrenunciable por la dignidad. Cien horas en el salón de clases no enseñarán a los niños lección mejor. Y esa lección es la que el gobierno debe temer. Y teme.
Para los Nuño, los Peña, los como se llamen, no habrá un lugar siquiera en el saturado basurero de la historia de estos años. Su ejemplo, maestros, maestras, en cambio, permanecerá; permanecerá mucho más allá que la miserable vida de los represores. Permanecerá como la memoria de aquellos maestros que menciono y que enriquecieron mi vida infantil con su rectitud, el respeto a su profesión y su verdadero amor a la patria.
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