Primero fueron las vallas y las señales. Se anularon las energías existentes de la electricidad, del gas y del agua. El mortero y su esqueleto de varilla sintieron los primeros escalofríos. Se había iniciado la sigilosa retirada de los elementos integradores del orden.
Se percibía el olor encerrado de los tejados huérfanos y expuestos, como un concierto de cosas condenadas a vivir la última danza de su existencia estructural. La vieja construcción se había relajado, y había aflojado el cuerpo, lista para convertirse en un pequeño mar de añicos y polvo. El verbo convertido en pala mecánica y en grúa demoledora, proyectó sus bolas de acero.
No era un edificio el que estaba a punto de volar. Era una canción y una vieja poesía, convertida en camino, en flor y en dorso de río, en vuelo de aves, en sonrisas de hombres ordinarios. Lo primero que se quebró fueron los colores, esos que estaban en la parte superior de la mirada, donde los ojos subían con facilidad, y se identificaban. Después tronaron las siglas. Letra por letra, como el extraño balbuceo de una agonía. Fue doloroso verlas, desgajarse como tres lágrimas amigas, convertidas en lastre, a la mitad del aire, sujetas a la fuerza de la implosión iracunda.
El nombre prefirió salir disparado, ya despojado de su gramática política, revuelto en un amasijo de vocales y consonantes tumefactas. La P fue encontrada sobre el techo de una casa modesta, que nunca pensó llegar a junio, con una letra vencida. La R dicen que escapó viva, y que aún la buscan para enclaustrarla en un museo, donde la gente suele encarcelar los aciertos y los errores. La única que fue rescatada y que supo conciliar, es la I mayúscula, letra vertical, adoradora del poder por excelencia.
Las demoliciones no tienen misas, ni mucho menos obituarios. Son paredes, cornisas, naves y cúpulas programadas para ceder el espacio a lo que viene. Dicen que la demolición no tiene chiste, y que es cosa demasiado fácil. Tal vez tengan razón. Pero cada vez que alguien derriba una casa, un edificio, o un orden de cosas, dinamita y golpea también el alma colectiva que habitó en un tiempo y en un espacio determinado.
Los tiempos que vivimos se caracterizan por su condición volátil e impredecible. No habían tocado a Tamaulipas, pero hoy la burbuja se ha roto, y quienes aquí vivimos deberemos de aprovechar este parte aguas, para dar lo mejor de nosotros mismos.
Han demolido al PRI. La estructura de palabras que usted acaba de consumir, pretende ser un pequeño canto a esa fotografía imaginaria y a todo ese collage de pasos, de estilos, de vidas políticas y de muchedumbres petrificadas, como figuras de peces, en las entrañas de una roca sepultada por el tiempo.
LA SOMBRA DEL CAUDILLO
El río sin agua: una herida de piedras acuchilladas por el hartazgo solar, parece velar el cuerpo de un PRI que se balancea, como cadáver cromático, a las orillas del boulevard. De sus cuencas de granito y vidrio, solo salen cuervos y pichones envejecidos.
En Tamaulipas, la revolución institucional se me ha derrumbado, dejando a su paso, el grotesco reacomodo de los escombros y las cenizas. Sobre la llanura, cuando todavía no se disipa el humo polvoriento de la batalla, los sobrevivientes de la derrota, se convierten automáticamente en actores de la profilaxis y del deslinde, encaminados a despejar el caos.
Registra el lenguaje de la memoria que el PRI nació en las primeras décadas del siglo XX, a las orillas de la Gran Depresión norteamericana. Vio la luz por primera vez, en un tiempo de pobreza social y de fortunas emergentes, grabadas en la opulencia de los Generales y sus pistolas con chapas de oro. Los caudillos escribieron con sangre, su debate histórico, y finalmente sobre sus tumbas, ataviadas de traiciones y de emboscadas, empezaron a gatear las primeras instituciones.
En 1929, Martín Luis Guzmán escribió La Sombra del Caudillo, una de las novelas postreras de un movimiento armado, que describía la sorda lucha entre los cabecillas, principalmente los sonorenses Obregón y Calles. Atrás habían quedado sembrados los magnicidios de Madero, de Zapata, de Villa y de Carranza. El PNR llegaba como una claridad pacifista, para abatir las belicosas sombras de las individualidades violentas e incompatibles.
Hoy, en Tamaulipas, el priísmo es recuerdo fresco, generoso en su oferta de reflexión y de aprendizaje. Esperemos que, sus figuras políticas, actúen con madurez y prudencia, para lograr la unidad de una oposición responsable.
Las sombras de los caudillos pertenecen a otro siglo. Hoy, el PRI que viene, seguramente tiene entre sus objetivos centrales, trabajar arduamente, para conquistar, los abruptos territorios sociales del internet, entre otros retos.




