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Columnas: Polvo del Camino

Libertad bajo palabra

/ 07 de junio, 2019 / Max Ávila

* El columnista es autor de las novelas: “Erase un periodista” y “Rinconada, la historia prohibida del maestro Ricardo” y Premio Nacional de Periodismo 2016.
Este viernes siete de junio se conmemora una “libertad de expresión” que en si encierra el valor del enunciado. Sea que adquiere la importancia obligada de los nuevos tiempos, frente a las condiciones del pasado.
Ahora la palabra es más libre, o debiera serlo, en razón de la gobernabilidad democrática.
Dicese que existe desde los días en que Juárez dignificó a la república, para decaer durante la barbarie porfirista, hasta alcanzar el terror con Victoriano Huerta.
La víctima más visible del asesino de Francisco I. Madero fue el senador Belisario Domínguez quien en sus discursos del 23 y 29 de septiembre de 1913, selló su martirio.
La leyenda negra asegura que al legislador chiapaneco le fue cortada la lengua y enviada como “trofeo” a Huerta. No se ha sabido si fue verdad, sin embargo lo cierto es que murió en el ejercicio de su derecho de libre expresión.
En uno de los discursos que aseguran le costó la vida, don Belisario dijo a sus colegas senadores:
“Todos vosotros habéis leído con profundo interés el informe presentado por don Victoriano Huerta ante el Congreso de la Unión el 16 del presente.
Indudablemente señores senadores, que lo mismo que a mí, os ha llenado de indignación el cúmulo de falsedades que encierra ese documento.
¿A quién se pretende engañar?, ¿al Congreso de la Unión?.
No señores, todos sus miembros son hombres ilustrados que se ocupan en política, que están al corriente de los sucesos del país y que no pueden ser engañados sobre el particular.
Se pretende engañar a la nación mexicana, a esa patria que confiando en vuestra honradez y vuestro valor, ha puesto en vuestras manos sus más caros intereses”.
Don Belisario es símbolo de la libertad de expresión pero además de valentía frente al poder, por ello el Congreso de la Unión entrega cada siete de octubre (fecha de su muerte), la medalla que lleva su nombre, al ciudadano distinguido en tareas de beneficio colectivo, realizadas durante el año anterior correspondiente.
Independiente del martirio y muerte de don Belisario, fue durante el régimen de Miguel Alemán que se determinó la celebración de la libertad de expresión el 7 de junio, en respuesta a la petición de un grupo de poderosos empresarios editoriales, encabezados por el coronel José García Valseca, quienes de esta manera mostraban “su profundo” agradecimiento al gobierno federal por “la libre misión de informar”.
En México dicha celebración tiene origen empresarial, es decir, sin relación directa con el auténtico oficio periodístico, el cual ha sufrido persecución y represión en diversas modalidades, hasta poner en riesgo la seguridad de quienes lo ejercen.
Así lo ha reconocido el gobierno federal, razón por la que ha creado las instancias necesarias que garanticen el libre tránsito de las ideas.
EL OFICIO QUE SE EXTINGUE
Por su parte y aprovechando el tema, el columnista que aquí escribe, en el corolario de su novela “Érase un periodista”, (obra recreada en el tiempo de transición del sistema “caliente” de los linotipos y la tipografía movible, al “frío” del offset que revolucionó el arte en los talleres que rugían al vomitar la edición del día en plena madrugada), afirma:
“Los periodistas que caminamos el último tramo de la existencia, somos una especie en extinción. Pasajeros de una vieja y quejumbrosa lancha en un mar tranquilo, rumbo a ninguna parte.
Atrás dejamos el bullicio y la pasión de un oficio del que fuimos cautivos por decisión propia.
Dejamos también la fraternidad de las redacciones convertidas todas las tardes en la gran familia de lo inesperado, donde los pulsos se aceleran con el alma social.
Nada es igual a una redacción que palpita con el incesante teclear de máquinas de escribir que cual instrumentos musicales, transforman al reportero en virtuoso de la realidad.
Una redacción que concluida la jornada se declara lista para ser cómplice una vez más, del reinvento permanente de la vocación periodística.
Cuando asumí el valor de convertirme al oficio, escuché de aquel sombrío jefe de redacción:
“En este trabajo abrirás muchas puertas pero otras te cerrarán. Por interés halagarán tu vanidad mientras te apuñalan por la espalda. Y si buscas riqueza aquí es donde menos la encontrarás; influencia tal vez, pero condicionada a humillante sometimiento al poder y es este reto, donde podrás mostrar tu auténtica vocación.
De otra forma, solo serás un títere al servicio de la simulación.
No olvides jamás tu categoría de periodista, acostúmbrate porque este oficio tiene mucho de apostolado. Somos como el eslabón que hace falta para entender lo humano que podemos ser, en una sociedad regida por la barbarie y controlada por la enajenación.
Ahora, al final de la tarde, estoy convencido de que valió la pena ser periodista”.
Ahí se los dejo de tarea.
Y hasta la próxima.