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Cosas que dejaste en la secundaria uno

/ 13 de agosto, 2019 / Rigoberto Hernández Guevara

Menos mal que entras a la secundaria y tienes una idea de los que son las clases, de cómo se escribe y cómo se agarra un lápiz, en lo demás pues ora si que la vida apenas empieza en la convivencia, en los horas de entrada y salida y en la práctica de los deportes.
Así que ahí estabas, con casi todo listo, ya nomás que le echaras ganas  y el profe aquel te sacaría del anonimato. Desde que empezaron los ensayos en el aula más grande de la secundaria comenzaste a sacar todo lo que llevabas de voz, con la motivación de una vecina que había dicho que cantabas muy bonito. Esas cosas que a esa edad no se le olvidan a uno.
Querías ser cantante. Así que al primer descuido te inscribiste en el taller de música que impartía un profesor regordete. No sé si todos los profes de música gozan de esa complexión, pero así era este. Había otro más flaco, que le apodaban muy feo por cierto.
Tocó tu turno y el profe de música te tomó como a uno de tantos sin saber siquiera la que le esperaba. Lo sorprenderías como sorprenderías a todos el mundo cuando se dieran cuenta de tu voz de barítono. Sabrían que estaban enfrente de un fenómeno que muchas veces había soñado con ser famoso. Hasta ni querías cantar, te estaba dando miedo tanta fama.
Como era de esperarse, cuando comenzaste a cantar nadie lo soportó, cantas muy mal. Por eso fuiste a dar a otro taller, con otro maestro. Con un pintor.
Como pintor destacaste hasta que un amigo habló muy sinceramente contigo, «oye carnal, ya en serio, si nadie te lo han dicho es porque neta que no son tus cuates, pero debo decirte lo que todo mundo dice, que tu no pintas». Y efectivamente ese no era tu amigo. Al menos dejó de serlo desde aquel momento.
Y dejaste de pintar. Quitaste todos los cuadros de Picasso decadente que adornaban los últimos rincones de la casa y dejaste los más altos. Eran unos abstractos que desde abajo y sin bajarlos podrían dar el gatazo.
Te dedicarías a jugar futbol, como nunca se lo habías dicho a tu padre, pero tampoco a nadie. Apenas estabas en segundo de secundaria.
Con los pies que nacieron en una posición extraña, hacia adentro, habías logrado correr. Corrías como sabías caer, pero corrías. Era un milagro y nadie lo aplaudió en tiempos en que nadie aplaude a nadie. Fue un milagro que corrieras. Imagínate ahora haciendo fintas, llevándote a un contrario, quebrando las caderas, jugando fino
A los primeros balonazos contestaste con carácter aquella tarde en el campo de futbol de la secundaria uno. No sabías jugar, pero te sobraba coraje para pegarle a la pelota y a cualquier otra cosa.
En las disputas por el balón había patadas de mala leche, injurias, ganas de acabar con tu vida. Entonces ves al jugador más grandote y le temes. Vas por el balón como quiera, confiando en tu habilidad, en tu falta de congruencia, en tu estupidez y caes al suelo. No moriste ese día.
Eran muchos jugando futbol. Casi todo querían ser profesionales cuando fueran grandes  y había más gente en las bancas que titulares. Quedabas en la selección y te convertían en una especie de héroe de salón, sobre todo cuando jugaban.
En casa cada quien era un cero a la izquierda. A nadie, salvo a tu mamá, le importaba que cada vez llevabas más enterrados los pantalones.
Fue cuando en el equipo te fueron relegando y no sabes aun a quien se le ocurrió ponerte de portero y no te gustaba y pasaron los años. Y nadie te quitó el puesto.
Por eso al siguiente mes tú y otro camarada se inscribieron en el equipo de basquetbol que apenas se completó.
Fue un romance deportivo con el profe. Amaba el basquet y creía que en la misma medida también los demás lo hacíamos. Les daba una friega.
A ti lo que te gustaba era el futbol. Pero terminaste jugando voleibol, porque te gustaba una chavilla que entrenaba ese deporte, hasta que saliste de la «secu». Y el voli-bol que nunca volviste a jugar, al menos no en forma, fue otras de las cosas que dejaste junto con el balón en alguno de esos salones de la  secundaria técnica número uno.
HASTA PRONTO