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Columnas: Crónicas de la calle

ANTES DE CONFESARLO TODO

/ 14 de enero, 2020 / Rigoberto Hernández Guevara

Y aquí estoy. Yo soy el personaje. No me puedo mover hasta que quien me inventó me invite un trago de tequila, por menos no trabajo. Mientras, esperaré aquí donde me dejó, viendo para todos lados como los miro a ustedes y  esperan que les diga que me han puesto una camisa, un pantalón apretado, unos zapatos nuevos que no me gustan.

Soy albañil según dijo el escritor, pero ayer fui ingeniero. De tantos nombres que he llevado ya no sé cómo me llamo. Es lo mismo. Lo único que me cambió el sujeto fue la ropa. Hubiera querido ser un políglota, un sabio o un una persona completamente loca. Alguien que valiera la pena, de esos que no trabajan. 

El escenario es un sitio oscuro como casi siempre en sus relatos. Estoy aquí sentado al borde de la cama como del precipicio, imaginando lo que hay del otro lado de la ventana, antes de que pongan en mis labios una palabra. Como siempre, tengo hambre.

Soy el protagonista al que no le queda de otra más que aceptar lo que de él se escriba. Ha de haber un mecate invisible que me atrapa, porque las veces que me he querido salir de la página vuelvo como con un imán a los hechos de la tinta, a los puños de píxeles arrojados al espacio.

Tengo la capacidad de imaginar cosas que no existen. Pero entre el equilibrio y la coherencia me ha dado por la sobrevivencia. No digo que una que otra vez doy un salto espectacular en el tiempo o me desplazo de manera vertical y estoy en dos lugares a la vez.

Durante un cuento o una utopía, es una oxidación de la realidad ver que quién me suscribe llega ebrio y teclea la máquina con su dislexia, sin piedad al poner una letra por otra y olvidarla, ver que va a dejarme sin palabras. Eso tiene el sentido de la no existencia, de sólo estar escrito y en cualquier momento borrar, tallar, moldear y hacer estallar una frase, como si existiese.

A veces no miente. El que me escribe me apunta con el lápiz, se me queda mirando pensativo, muerde el lápiz, no sé para qué fregados, pues escribe en una compu. Pero está atrás de las paredes y a veces no puede verme, como cuando voy al baño, plancho la ropa o lavo los trastes, cuando hago la cama y leo lo que escribe. Confirmo nuevamente que él es quien miente.

Si tan sólo existiera, si pudiera salir a la calle, pero con esta ropa no puedo. Necesito ir a cambiarme.

 Si pudiera salir de esta página y pararme enfrente de quién me escribe. Sólo por ese simple hecho de pararme enfrente. Yo no tendría el valor civil de escribirle como él me escribe. Soy muy compasivo. Podría perdonarle una que otra idiotez, pues con el paso del tiempo he conocido y comprendido todos sus defectos, qué más puede pedir mi amigo si soy su único personaje que le sobrevive. 

Por eso, ahora que reflexiono, de esas veces que uno reflexiona ni modo, pienso pedirle ya una novia. Para que no ande yo en malos pensamientos, nomás regando el tepache en esta historia.

Según el escribidor, con sus palabras cree intimidarme. Me asusta un poco saber que le pase algo porque temo que enseguida me pase lo mismo. Como usted bien sabe, dependemos de las mismas manos. Lo mejor será que aterrice y me calle la boca, que vuelva a mi realidad de protagonista expectante. 

Sigo al filo de obsidiana, en la cuerda de la guitarra, al borde de la cama viendo por la ventana, esperando que alguien me escriba, que al escritor no le pase nada, antes de que yo lo confiese todo.
HASTA PRONTO.