Soy el perro que mordió a
una señora por el 17 Abasolo.
Y atrás de la reja en
la perrera donde estoy confinado
no he dicho nada, jamás
delataría a mis compañeros del
barrio. A la banda del moquillo
amarillo.
Los interrogatorios no han
pasado de una acusación manifiesta
en la mirada, dirigida por
los operadores de la perrera.
Asumen que yo mordí a la señora.
Con esta cara que tengo soy
incapaz señores y señoras. Pero
nadie me escucha, no paso de
unos ladridos que más bien son
quejidos guturales, pedazos de
lástima.
Como castigo alguien me
trajo a este sitio donde permanezco
aislado desde hace
algunos días. Espero que vengan
por mí. Yo antes tenía dueño,
pero han venido varios sujetos
a verme, yo hago de perro que
mordió a una señora, y eso les
dice el encargado: “miren este
perro está aquí porque mordió a
una señora”.
Entonces yo ladeo la cabeza
con tristeza y los miró como
una víctima y suelto el moco “
míralo pobrecito, se ve como
que está llorando”. Y yo: no me
han tratado bien aquí, llévenme
con ustedes, soy el perro que
mordió a una señora, pero no
saben por qué todavía, no saben
cuál fue mi participación en la
película.
Por lo pronto soy la versión
corriente, el dato no confirmado
en una libreta del empleado de
la perrera, con faltas de ortografía
y letra mal hecha.
Mientras no lo confiese es
como si trajera un letrero en la
frente “este perro mordió a una
señora”, pasa gente que al saber
de mí me mira y dice: “tal vez no
sea la primera vez que lo haga,
lo seguirá haciendo, esos perros
ni quemándoles el hocico”.
Entonces es cuando sueño en
ser un perro bravo en el 17 Abasolo,
despiadado, de esos que va
a sus anchas por las calles y que
a todo mundo le pelan los dientes,
de esos perros que comen
víboras. Los mismos perros son
sus clientes. Un ser despiadado
de esos que de veras muerden,
que no te los quieres encontrar
mientras puedes hasta que es
irremediable y agarras piedras.
De esos que los empleados de
las perreras temen.
Sueño con ser en verdad un
perro que ya mordió a una señora
y a otra y a esta por gusto,
por placer de los dientes, por
instinto.
En realidad la señora qué
mordí o que dice que mordí -,
pues para mí esa no es mordidadesde
antes me hacía gestos, me
sacaba la lengua, pasaba con
donaire y despiadadamente,
si quería, me amenazaba de
muerte. Yo era un perro pequeño
en aquel entonces.
Qué quieren que les diga, no
es un error, ni lo hice bajo mi
voluntad, fue un acto inconsciente.
Simple sobrevivencia de
humano, instinto cruel de perro
callejero que muerde a una señora.
Ojalá hubiese sido adrede.
Aunque tuviera que correr toda
la vida al verla.
La mordí en defensa propia.
De otra manera no me hubiese
atrevido. Acaso no ven la
diferencia, yo un hocico partido,
debilucho, tirado al catre. Y
además, de dónde sacó yo lo
vengador, lo pendenciero o lo
valiente, si mi familia ha sido
buena gente, de dónde sacaría
yo lo bravo como para morder
a esta noble señora inocente,
inmaculada dama de la caridad.
A cada rato oigo pasos que
se acercan y pienso que vienen
por mí, pero se detienen antes.
Otros pasos pasan de frente y
luego regresan con otros perros,
van y vienen todo el día. No me
llevan ni me miran. Sólo soy el
perro que mordió a una señora,
pero ellos piensan que voy a
sacar un hacha detrás de la oreja
y les voy a dar con ella.
Jamás había mordido a nadie,
pero la versión de que había
mordido a alguien me daba
cierta validez entre los perros
del barrio, así es como la inventé
yo mismo.
Debo pagar por eso. O confesarlo
todo, decir que no es cierto,
que fue otro el que mordió a
la señora, que ni me conoce ni
yo la conozco, y que no existe ni
siquiera yo me he visto.
Mientras, me mantengo atrás
de las rejas, donde quien escribe
o quién lee puede sacrificarme
o dejarme libre en cualquier
momento de esta perrera.
HASTA PRONTO.




