1 febrero, 2026

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La burocracia de no entender ni mauser

Crónicas de la calle

“Entre millones de cosas que no entendemos hay dos o que tratamos de comprender, para el resto de cosas que pareciera se disuelven en la nada, no hay tiempo, ni caso tiene”

Eso de entender a los demás tiene sus asegunes. Usted puede entender o creer que entendió a los demás cuando en realidad no entendió nada. Además, cómo entender la existencia de los demás cuando no se explica uno a sí mismo. 

Y para acompañar el drama, hay geografías donde entender consiste en no entender absolutamente nada. Se entiende lo que sea con tal de que sean palabras en una hoja con la respuesta, como una prueba de escuela. Y el día no escapa de esa burocracia.

Entre millones de cosas que no entendemos hay dos o que tratamos de comprender, para el resto de cosas que pareciera se disuelven en la nada, no hay tiempo, ni caso tiene.

En principio uno busca en los demás las propias explicaciones para derrotarlas. Conforme avance el día va uno encontrando en los demás su propia sombra, eso que le inconforma y lo destruye, en otras personas. 

Mentalmente se forma un juicio y públicamente, de sus quebrantos, obtiene datos con los que condena a otra persona. Por lo general el juicio es erróneo. Es difícil que coincida. Los psicólogos dicen que uno se está proyectando. Sí, cierto. 

Al final del día se sale airoso con el superman que todo mundo llevamos dentro, llega a casa a contarle a la esposa todos sus éxitos, sus grandes triunfos. Ninguna derrota. Tanto así que la esposa, que le comprende bien, hace como que le cree, pues pasó de sospechar a tener la seguridad de que son puras mentiras.

Y vamos que entender ni siquiera es comprender. Ni entender es lo que dice esa procesión de sonidos que salen de otros labios; a veces acompañados de ejemplos corporales, muecas, boxeo de sombra, mímica estrafalaria, en fin hechos que redunden en lo que explicamos.

El mejor entendedor entiende desde antes de que exista el conflicto, el enunciado, la frase correcta o incorrecta.
El mejor candidato a buen entendedor es el que comprende, el que logra empatía con la gente, con el animal que está enfrente.

Durante un discurso, de 200 personas ahí presentes, dos escuchan. Y para eso tendrá que ser un buen orador. Está comprobado que de esas dos personas que escuchan, uno de ellos no entendió lo que dijo el orador, el otro entendió y es la única posibilidad de que se haya comprendido el discurso.

Durante un discurso multitudinario o en  la conversación entre dos personas, hay miles de cosas más en el entorno que distraen la atención de quienes hablan. Durante un diálogo, dos personas luchan desesperadamente por entenderse, sacan su filosa espada y la encajan. Con ella hiere de muerte a su interlocutor que no sabe. Y este responde en esa misma tarde o al día siguiente, después de ver tras la cortina cómo había amanecido después de rasurarse, como si no hubiese entendido la urgencia de morir en un duelo pactado entre dos que no se comprenden.

El que escucha es igual al que habla, imita su voz, se escucha a sí mismo y guarda silencio cuando el otro calla. Quién escucha, miente igual que el que habla; al desmentirse, vuelve a mentirse.

Al buen entendedor lo arrima la voluntad, la sencillez y la sensibilidad. Entender Entonces es poder. Es buena fe. Entender es grabarse las palabras y recordarlas agradecidos años después en cualquier tarde. Después explicarlas ya entendidas con unos cuantos años por delante.

Es cierto que para entenderse, con una mirada basta. No es que lo de más sobre, el resto del cuerpo es un agregado cultural, un abrazo es una pasta que sella los edificios durante un sismo. El cuerpo encarna en la buena fe que para entenderse no necesita explicaciones, la verdad sana en su propia salud.

Quién te entiende se sonríe desde antes. Quién te comprende sonríe contigo siempre. Te tiene además en sus manos.

HASTA PRONTO.

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