Todavía se recuerda la imagen un joven silbando en la puerta de la casa de su novia. Hay otras imágenes que de inmediato se pegan a esa y vuelven los novios a caminar abrazados por la calle o tomados de la mano por los bulevares.
El muchacho manda un recado con alguien, ese alguien regresa y dice que entregó el recado. El recado dice que la ama y que el sitio donde la espera ha cambiado. La firma es un garabato con la clave morse de los enamorados.
Los tiempos románticos que siempre han existido han cambiado sus formas, mas en el fondo el amor es el mismo; aunque nadie sepa tampoco qué tanto hemos cambiado por dentro. Sin embargo los colores de las flores y de los ojos que la reciben siguen siendo los mismos. Todo con la extraña sensación de que antes había más días parecidos al 14 de febrero.
Cambiamos las palabras y por tanto las conversaciones. De la charla pasamos más rápido que antes a las acciones. Los chavos de ahora no gastan tanto tiempo aire para conversar abajo de un árbol o en complicidad de las bardas si se quieren dar un beso que además entrañe cierta sensación de peligro y de misterio. Las calles solitarias y oscuras extrañan a los enamorados que caminan despacio.
En aquel entonces la puerta de la novia era una muralla infranqueable. Había que encariñarse con el perro y después enfrentarse a lo desconocido. Aún así había quién se la rifaba demostrando con eso su extraordinaria devoción por la novia.
Por lo general el padre de ella, la trémula prometida, por más enojado o contrariado que anduviese era conquistado antes de cualquier disparo. Para qué les cuento, habría muchos intrepidos pretendientes que no alcanzaron a pronunciar palabra.
En ciudades como Victoria las más de las veces los noviazgos se daban entre familias conocidas o del barrio, se casaban con una de la colonia Mainero, con uno de la Treviño o de la Horacio Terán. La llevaban a vivir al centro o a un departamento del FOVISSSTE.
Con el tiempo, en la maraña de las redes, es imposible andar en una parte de la ciudad sin que nadie se dé cuenta. Los novios se esconden de la intemperie. Además, si todavía existieran los novios abrazados por la calle, fueran muchos, habría necesidad de desabrochar de vez en cuando a unos cuantos. Todo exceso hace daño.
Sin contar que a veces el padre es el último que se entera, que la morrita trajera novio era el gran chisme del barrio.
Se conocía el borrascoso pasado de cada uno de los novios. Se buscaba la persona correcta que tuviera la información completa para apostar cuánto duraría la pareja. Las relaciones efimeras eran una afrenta para ambas familias. La raza espiaba a ver a qué horas los carnales malandros madreaban al novio. Iban y se vendían por unas caguamas y hasta le prestaban su bicicleta búfalo al fulano.
Hoy en día hay abrazos digitales por las calles que no se tropiezan en las banquetas, quien se tropieza es quien los va tecleando, si se equivoca con el dedo, estará abrazando a otra persona. Hay me gustas y diversos estados y sentimientos con caritas en una pantalla que se miran desde los dientes pelones de una pareja en una selfie.
Los novios de antes abrazaban a la novia y no la soltaban. A muchos les consta: a los cuñados les consta, a la piedras que les arrojaron, a los chismes de quienes se opusieron porque deseaba lo mejor para ellos y salieron en la foto de cuando se casaron. Los novio se perdían de vista en el fondo de la calle todavía abrazados. Dormían abrazados, apagados, desconectados por completo del mundo…en su mundo.
HASTA PRONTO




