1 febrero, 2026

1 febrero, 2026

Yo soy el que lava los trastes

Crónicas de la calle

“Busqué en el otro cuarto donde guardamos cachivaches y  recorri toda la casa, busqué en otro cuarto que todavía no hacemos, hasta que reconocí que ella ya nadamás estaba en el pensamiento.
De modo que no me quedó más que valorarla  y elevar a rango constitucional el simple hecho de lavar los trastes, para dignificar un poco el denostado oficio al que ahora me dedico”

Dicen que no hay mujeres en la ciudad y  ayer pude confirmarlo, espero que sea un maldito sueño y que más de rato cuando despierte todavía estén ahí. Yo en cambio me haré el dormido.
Los sujetos más masacrados prendieron veladoras para que no volvieran sus mujeres, pensando que no se les cumplirían sus deseos, pero esta vez se les cumplieron; ellas no han vuelto de su día sin mujeres, solo quedaron ahí aferradas al pensamiento de ellos. 
Muchos hombres desausiados, sin almorzar, piden la revancha, piden perdón para volver a verlas, para  perder con ellas en las primeras dos caídas y empezar a cada rato el círculo vicioso de vivír con ellas.
Tampoco es sabido por qué las mujeres más bonitas nos hacen correr, pelear, morir o hacer como si no existieramos. Y no existimos. A nosotros sí nos borran en el cuarto, nos conquistan, nos olvidan, nos vuelve nudos ciegos. En cambio no puede ser que no existan.
Todavía quedan noches en la ciudad y en la copa de los árboles hay trozos de luna como para desperdiciarlas sin mujeres. Los primeros días de marzo se precipitan calle abajo al fondo del año. 
Pensaba en que si ellas no vuelven, a quién les contaremos las canciones. Por qué causa justa nos echaremos unas cheves nomás por ardor y despecho, por amor mal correspondido.
Esa mañana me levanté y extrañamente lo primero que extrañé fue a mi mujer. A chinga’,  extendí el brazo y vi que ahí estaba…ah no, era mi otro brazo. No había nada, se había esfumado. Me acomodé como dándole la espalda, y me dije qué bueno, pero reaccioné de inmediato. 
Entonces comencé a buscarla abajo de la cama, de la oscuridad, de los rincones de las arañas, en sitios donde nunca pone uno las manos, fui más allá. Por poco voy a la esquina a buscar una, la que fuera.  
Busqué en el otro cuarto donde guardamos cachivaches y  recorri toda la casa, busqué en otro cuarto que todavía no hacemos, hasta que reconocí que ella ya nadamás estaba en el pensamiento.
De modo que no me quedó más que valorarla  y elevar a rango constitucional el simple hecho de lavar los trastes, para dignificar un poco el denostado oficio al que ahora me dedico. Como si no supiera que a eso me he dedicado siempre. 
Surgen problemas como: a ver qué haces con la otra almohada, la almohada que sobró y que era de ella: la regalas, la rifas, la guardas, la escondes, la tiras, la enmarcas, la llevas al Tianguis. No haré nada. Lo que hay un vacío en el lado derecho donde ella se acuesta. Si me acuesto en ese lado no lo compenso mucho. Soy como un hilo de la sobrecama.
Hasta que volví en mí y escuché la voz de ella en la regadera:
-Qué dices de lo que te dije ayer? 
Yo en realidad no me acordé qué me había dicho ella ayer, pero le contesté.
– No sé… tú qué crees?
– No te hagas tonto. Hoy no voy a trabajar, así que nos vamos a quedar aquí tú y yo solos. No te da miedo?- 
Tampoco tenía ninguna idea de cómo escapar de aquella prometedora amenaza, no podría además.
Ahora que la escucho no necesitan recordármelo. Nomás de pensar que ella no exista siento que ya la extraño. Y cuando no estoy, quiero creer que ella me extraña, aunque sea sólo porque yo soy quién lava los trastes.

HASTA PRONTO.

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