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Deber o no deber, ese es el punto

/ 03 de mayo, 2020 / JORGE FALJO

Hay una fuerte discusión en torno
al endeudamiento público.
Usualmente el sector financiero, le exige no endeudarse al gobierno
porque su gasto sería supuestamente
inflacionario, lo que depende de la
capacidad de respuesta de la producción. En el mediano y largo plazo les
preocupa que el endeudamiento lleve a
subir impuestos.
Solo que en condiciones de crisis
los privados exigen lo contrario, que el
gobierno sea el salvador de las empresas en dificultades mediante créditos,
apoyos monetarios y dejar de cobrar
impuestos y servicios.
Antes de reflexionar sobre este
asunto hay que señalar que el crédito es
fundamental para el funcionamiento de
toda economía. Sin el casi nadie podría
comprarse una casa o un automóvil; es
un mecanismo que permite hacer un
gasto fuerte en el presente a cambio
de pagarlo, más un costo extra, con
ingresos del futuro. No es muy distinta la
situación cuando el gobierno emprende
una gran obra.
Esta sencilla racionalidad anterior no
explica de manera suficiente el alto nivel de endeudamiento público y privado
existente en el mundo. La deuda ha sido
un mecanismo substitutivo del pago de
impuestos y del incremento de ingresos
de la población. Con el neoliberalismo
se redujo el pago de impuestos con el
pretexto de que el enriquecimiento de
la elite y los grandes corporativos de alguna manera se filtraría hacia abajo. No
resultó. Al mismo tiempo los gobiernos
tenían que seguir ejerciendo funciones
críticas para la economía y la sociedad.
También se endeudó a las clases
medias y trabajadoras en lugar de aumentarles sus ingresos; ocurrió porque
se redujeron los salarios reales.
Dado que las empresas multiplicaron sus ganancias y necesitan vender,
la lógica neoliberal fue que emplearan
sus ganancias para prestar y generar
la demanda que no creaban pagando
impuestos y salarios. Así prosperaron
propiciando inequidades extremas y
endeudamiento crónico.
En el caso de México, como en muchos otros países, otra fuente substancial de endeudamiento, que podríamos
llamar agudo, han sido los rescates
recurrentes de empresas y bancos en
dificultades. Un caso emblemático fue el
rescate que hizo el Fobaproa a resultas de la crisis iniciada al fin de 1994.
Muchos deudores no podían pagar y eso
puso en riesgo al sistema bancario.
Solo que el rescate no se diseñó
quirúrgicamente para salvar a los deudores menores. Según el Banco Mundial
los primeros que debieron afrontar el
costo eran los dueños de los bancos con
sus capitales. No fue así, se les rescató
comprándoles deudas incobrables,
inversiones absurdas y créditos francamente corruptos otorgados entre ellos
y sus familias, sin avales o colaterales
adecuados. Basura financiera comprada
en 500 mil millones de pesos que se
han convertido en dos billones de deuda
impagable. La burra no era arisca, los
palos la hicieron.
Nuestro historial de corrupción no
descalifica todo endeudamiento. No es
cuestión de cantidad sino sobre todo
de calidad. México tiene una deuda
pública equivalente al 45 por ciento de
la producción nacional de un año (PIB).
Las deudas públicas de Bélgica, España,
Estados Unidos o Francia lindan el 100
por ciento de su PIB; la de Italia es de
134 y la del gobierno de Japón, el más
endeudado del planeta, llega al 240 por
ciento de su producto anual.
Debido a la pandemia la mayoría
de los gobiernos se están endeudando
mucho más. Si esto es positivo o no
depende de tres factores: el para qué del
endeudamiento, la manera en que se
endeudan y la forma en que habrán de
pagar más adelante.
Los gobiernos se están endeudando
para inyectar dinero en sus economías;
puede ser incluyendo rescates alevosos
o en formas más positivas: transferir
ingresos a trabajadores y a micro, pequeñas y medianas empresas en riesgo;
compras de producción a este sector;
reparto de despensas, y otras formas de
apoyo a los más vulnerados. El motivo
del endeudamiento puede ser positivo,
incluso indispensable.
La manera de endeudarse es vital.
En la mayoría de los casos el endeudamiento de un gobierno es apoyado por
la emisión de dinero que hace su banco
central para comprar bonos de deuda ya
colocados en el mercado. Con esa compra les da liquidez a los inversionistas,
crea abundancia de recursos financieros, baja la tasa de interés y facilita el
endeudamiento gubernamental a baja
tasa de interés.
El mejor ejemplo es el alto endeudamiento del gobierno de Japón, 240
por ciento de su PIB. Es posible porque
el 70 por ciento de esa deuda ha sido
comprada por su banco central y la mayor parte del resto por bancos y fondos
japoneses. Y esa deuda paga un interés
cercano al cero por ciento. En esas condiciones es viable.
Queda el tercer punto relevante;
¿cómo se va a pagar después? En la
segunda guerra mundial los gobiernos
de Estados Unidos y el Reino Unido se
endeudaron fuertemente y posteriormente lograron desendeudarse. No
lo hicieron simplemente pagando, no
habrían podido. Establecieron tasas
de interés por debajo de la inflación,
altos impuestos a los grandes ingresos,
controles de capital y un crecimiento
económico que, en conjunto redujeron
gradualmente el peso relativo y absoluto
de su deuda.
No es absurdo plantear la posibilidad
de pagar tasas de interés negativas o por
debajo de la inflación; lo hacen muchos
gobiernos: Alemania, Brasil, Chile,
Japón, Suiza.
En México podríamos darle buen
uso al endeudamiento, evitando los
sesgos y corrupciones del pasado. Pero
Banxico opera con un marco normativo
diseñado en 1994, en plena ortodoxia,
con un mandato único que no incluye
apoyar el crecimiento económico o el
empleo, y con una estructura de gobierno sin representación de la industria y el
comercio.
Una autonomía sui generis y ortodoxa a pesar de que los sectores productivos y ahora incluso la calificadora
Moody´s piden que tenga un mandato
dual que en caso de crisis priorice preservar el aparato productivo. Tal cambio
permitiría lo urgente; que Banxico compre emisiones de deuda pública a tasas y
plazos convenientes.
Queda el punto final; como pagar.
No se ha pagado la deuda del Fobaproa
y otros rescates porque Banxico no
implementa una política monetaria para
pagarla. Hay que bajar las tasas de interés por lo menos al nivel de la inflación
y plantear lo inevitable, que en el futuro
este gobierno estará obligado a tener
una recaudación fiscal de cantidad y
calidad internacional.
Todo esto no es posible si el interés
casi único defender una paridad cada
día menos defendible mediante el pago
de un sobreprecio en la tasa de interés.
El trago es ya bastante amargo y no valdrá la pena si no lo aprovechamos para
instalarnos en la verdadera estabilidad
de una paridad cambiaria competitiva.
Solo así, abandonando la ortodoxia, que hasta ahora solo beneficia a
los grandes capitales, podremos salir
fortalecidos y con un país soberano,
dinámico e incluyente