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Columnas: Crónicas de la calle

No estamos listos para esta conversación

/ 19 de mayo, 2020 / Rigoberto Hernández Guevara

“Se dice y se escribe desde que el ser humano puso un pie sobre la tierra y otro vio la huella. Pudo entonces leer lo que ahí había. Supo lo que otros no sabían. Sintió ese extraño poder”

Hablamos, y quienes escuchan entienden otra cosa distinta a la que decimos; escribimos, y quienes leen, leen otra según sus propios concepciones o sus propios caprichos.

No en balde no hay un acuerdo idiosincratico, y los intentos por unificar lo que decimos en el mundo han sido vanos. Culpamos al lenguaje, cuando los culpables, lo digo al vuelo, bien pudiesen ser nuestros propios instintos.

Se dice y se escribe desde que el ser humano puso un pie sobre la tierra y otro vio la huella. Pudo entonces leer lo que ahí había. Supo lo que otros no sabían. Sintió ese extraño poder.

Supo que la huella era de un ser humano y no de un animal sin pezuñas. Con el tiempo adivinó su estatura, su fortaleza según la fuerza con que el pie se hubo hendido en el suelo y supo, si quien ahí se había posado, era de su propio género. 

No era una sombra, era una pisada y por lo fresco sabía que estaría no muy lejos esperándolo o huyendo, que estaba solo, pues no había otras pisadas.

El hombre vio la huella y supo que no era la de el mismo porque la comparó con la propia. Encontró que era un símbolo de una parte del cuerpo y al pensar encontró su significado. Era una huella, pero faltaba explicarla con palabras.

Luego el hombre vio a otro hombre, e inventando la comunicación social le dijo lo que había visto. Exagerando un poco o minimizando, inventó la parte editorial de ese medio. 

Con el tiempo pasaron otros hombres y vieron la misma huella, le dieron su propiedad de símbolo del cuerpo, pero otro significado; le dieron otro nombre según el sonido particular de su lenguaje.

Las huellas que el hombre ha dejado sobre la tierra tiene distintos nombres, tantos como pueblos y naciones tiene el mundo. Cada nombre tiene su historia siendo el mismo símbolo. El pensamiento, el sentimiento particular, la memoria y la historia, hacen que un nombre siendo el mismo tenga otro significado. Es decir Juan te llamas pero no para todos eres el mismo.

El nombre de los objetos, el lenguaje de los imperios predominó sobre el habla de los vasallos. El pueblo conquistador imponía su lenguaje. Sin embargo la dispersión de los hombres sobre el globo terráqueo dió paso a la distinción orgullosa de los idiomas con que se deslinda lo que es propio y lo que no es de uno.

Tal vez por ello la idea de un lenguaje único ha fracasado entre nosotros. Y también, por lo que cada voz vale para cada quien, es que a fracasado la idea de un mismo significado para un mismo símbolo. Decimos Juana pero no lo decimos como lo dice su marido.

Es una contradicción, puesto que por dentro el lenguaje del hombre es el mismo, vemos un caballo y recordamos al hombre. Vemos una montura en cualquier parte del aire y sabemos que pronto estará encima de un caballo.

No obstante, desde la remota Torre de Babel, los intentos por unificar el lenguaje han sido en balde. Con el invento de la imprenta se propagaron mejor las palabras y sus idiomas pero no se logró reducir a una sola forma de decir las cosas. Nunca ha habido manera de ponernos de acuerdo, como no se podrían poner de acuerdo las hojas de un mismo árbol.

Según la teoría del lenguaje, es el latín quién ha predominado sobre otros, pues se ha sentado en la jurisprudencia y el dominio de la iglesia de los pueblos conquistados, aún sobre el español, el francés, el árabe, el griego, el inglés mismo. 

Por cierto, el griego tampoco pudo ser impuesto como un lenguaje culto, ni el francés como un lenguaje presto para las relaciones públicas. Quizás por eso seguimos siendo un pueblo bárbaro cuando leemos entre líneas lo que alguien pública o lo entendemos según nuestra concepción única, nuestra alfabetización, nuestra cultura aunque se trate del mismo lenguaje.

Antes que eso se intentó la unificación de una lengua. Así pues nació la idea del Volapuk, que tenía como base la lengua inglesa alrededor de 1880, pero fue un barco a la deriva al contener tantas raíces de lenguajes como existían. De esos escombros surgió la idea del Esperanto a principios del siglo XX, con una mezcla de todos los idiomas europeos incluido el latín.

Ocurrió que debido al celo de las distintas naciones y también porque no se forjó de manera crítica, ni figurando en una estética en la cual todas las naciones serias se vieran representadas, se vino abajo de manera pronta, así como nació murió.

Cada quien entiende lo que lee según su formación individual, según el mundo, según su cultura, según su casa. Y cada cual tiene un perro que le ladra, y una soledad con la cual se confiesa en cada palabra, sin importar que estemos hablando la misma lengua y que estemos listos para esta conversación.

HASTA PRONTO.