Opinión

Polarización: estrategia

“En el caso mexicano, la expectativa de reformas ofrecidas por López Obrador no ha podido superar la maraña de intereses y conflictos del sistema/régimen priísta-panista”

El escalamiento de la polarización del jefe del ejecutivo federal con sectores sociales, políticos y productivos tiene una doble lectura: o es una estrategia de construcción de un nuevo bloque de poder sobre los rescoldos del anterior PRI-PAN o se trata de una crisis típica de gobernabilidad por la baja posibilidad de cumplir con los cambios prometidos.
Los dimes y diretes sirven para pasar el día, pero se convierten en factores de baja gobernación porque se trata de sectores que tienen que ver con la estabilidad económica, política y social. La falta de una cámara de compensación en el gobierno federal –además del Senado de Ricardo Monreal– podría llevar la polarización a un nuevo realineamiento electoral, pero no a garantizar la estabilidad del sistema/régimen/Estado para una 4T.
La crisis de gobernabilidad –en el modelo de Samuel Huntington en Orden político en las sociedades en cambio, con elementos, por cierto, tomados de la crisis estudiantil mexicana del 68– ocurre cuando la capacidad de realizar cambios por parte de gobiernos institucionales es menor a las demandas de la sociedad. En el caso mexicano, la expectativa de reformas ofrecidas por López Obrador no ha podido superar la maraña de intereses y conflictos del sistema/régimen priísta-panista.
A la vista del panorama de polarizaciones, pareciera a veces que la inducción de impulsos para crear sólo dos polos podría estar reconociendo la dificultad en el corto plazo para terminar con los compromisos de una campaña presidencial que comenzó en 1988 por los nudos en las instituciones –modelo de Manuel Camacho Solís, 1977– y la falta de tiempo, distancia y operadores para deshacerlos. Lo malo, sin embargo, radica en el hecho real de que las polarizaciones no representan nuevas alianzas de clase ni nuevos bloques de poder, menos coaliciones mayoritarias.
La falta de institucionalización de varios de los cambios realizados no ha logrado construir una sólida coalición popular, en tanto que la coalición opositora carece de rumbo, de liderazgo y sobre todo de firmeza para presentarse como tal. Si acaso las circunstancias pos-pandemia en junio de 2021 logran alianzas de emergencia, la falta de un acuerdo programático le restará viabilidad. El problema es que se presenta como una alianza contra el presidente de la república y no por una alternativa de proyecto, desarrollo y gobierno que debió de haberse dado en el 2000 con la alternancia de Fox, pero que naufragó por la incapacidad política del primer presidente de oposición en la era PRI y su lamentable ausencia de pensamiento estratégico.
Si la polarización triunfa en las elecciones de 2021 –con o sin mayoría absoluta–, de todos modos, carecerá de posibilidades de avanzar en tanto siga sin definir un verdadero programa alternativo de nación, –programa nacional de desarrollo, no proyecto ideológico republicano–. La disputa no es por ganar y mantener el poder, sino por consolidar un nuevo modelo de desarrollo, una nueva política económica y un nuevo Estado de bienestar. A la 4T le falta una estrategia integral alternativa de desarrollo y su correlativa nueva alianza y correlación de clases productivas, no sólo una alternancia de élites, muchas de ellas, provenientes del ancien régime priísta-panista.
La polarización por sí misma puede ganar posiciones de poder, pero no garantiza acuerdos para transformaciones estructurales. La gobernabilidad implicaría pactos para empujar las reformas del Estado en los nuevos objetivos de la élite que ganó las elecciones en julio de 2018.
 
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