No es la casa perfecta ni el sitio paradisíaco donde alguien puede decir que está tranquilo. Tampoco es la perfección caminando por los solares y los bajo relieves de la calle, es mi amigo el que camina, el que ahí va como si nada, que acaso nunca sabrá que esto escribo.
Es la sonrisa espontánea y a veces hay que preguntar por qué sonríe y nos hace reír sin esforzarse a fondo. Suele como un árbol medir el abandono, y la suerte cotidiana de los desencuentros con sólo vernos a los ojos, como si fuésemos pájaros.
Ese es el amigo, el carnalito por el que pasaron los años, los mismos que fueron y vinieron a todas partes en lo que cambiaba el mundo de todos. Es el burrito, el caballo, el peleador callejero, el del apodo grosero, el callado, el más feo.
Desde niños conocemos a los amigos pues no sufren metamorfosis, no cambian de piel y con el tiempo sabemos ver al niño que terminó por recluirse en el fondo de su cuerpo. Es el mismo, pero en un sitio estratégico de la memoria donde nadie le hace daño. Por cierto, se hizo viejo, chavorruco.
Un amigo te quiere y si puede te ama, te rescata, te apoya, te seduce, te convence, te hace segunda, te pone el balón con el que metes gol o fallas para complacer al respetable hasta llegar al escarnio.
Hemos hecho poco por el amigo, somos unos miserable que no han correspondido, pero ahí andamos buscandonos sin saber qué o por qué coincidimos, ignorando quién nos convocó para abrazarnos al borde del llanto, y por tanto tampoco sabemos en cuál momento nos volvimos cuates.
Mi hijo ha de ser del otro bando, siempre anda con ese vato, dice el padre extrañado, y es el que silva muy temprano en clave. Sales y ahí esta afuera esperando. Y es lo mismo si anda a pata, si se van juntos en bicicleta o en el coche del año.
Las amigas son confidentes entre ellas, cómplices, y se toman la mano y se pegan con sudor la costra de los años. Hay secretos que por causa de ellas nunca se dijeron. Aunque a veces anden bien trenzados del chongo.
El amigo es un golpe durícimo. Un estremecimiento, una sensación, un halago espontáneo, valorado y exacto. Si alguien nos conoce es un amigo que anda con nosotros desde niño por el centro de la ciudad. Por la rendijas donde se coló el tiempo.
El brother sabe del pelotazo que nos dieron hace años y que todos olvidaron, la vez que nos corretearon, la anécdota prohibida en un cumpleaños descalabrado. Las veces que nos negaron tres veces y con eso nos protegieron como hizo Pedro con Cristo.
Muchos amigos ya rebasaron el saludo, el abrazo, la palmadas en la espalda, el espaldarazo, al psicólogo que fuimos, y a veces ni siquiera se hablan; conociéndose a fondo, sobradas palabras hablan con las manos y con una simple mirada. Igualmente dos amigos de los que observan la viejas fotos de la secundaria, ya rebasaron todas las desavenencias. La última vez que dos amigos pelearon quedaron empatados, bien chido, según ellos.
Ambos carnalitos, o son bien cucos o son bien buenos para los chingazos, si han de correr, corren juntos. Se parecen mucho. Dos son uno solo. Un país completo, un complejo pensamiento que se encuentra con otro y habla el lenguaje; y nadie sabría, si quisiese saberlo, cuál de los dos fue, cuál dijo esto y lo otro que los tiene en el bote.
Para ese entonces ya soñamos al amigo. Ya lo vimos pelear, sabemos por dónde masca la iguana y ya nos rompieron la máuser por ellos. El amigo se volvió héroe, militar, poeta, memoria, milagro, póster, regalo, texto como éste.
HASTA PRONTO
Por Rigoberto Hernández Guevara




