Hace un año comenzó de manera formal la campaña más compleja, más áspera, que haya vivido Tamaulipas en su historia moderna.
Con una amplia ventaja en las encuestas a favor de Américo Villarreal Anaya, pero con la incertidumbre latente de hasta dónde llegaría el régimen panista por aferrarse al poder.
Esa sensación estaba fundada en la experiencia reciente.
El entonces gobernador Francisco García Cabeza de Vaca utilizó todas las instituciones del Estado, sobre todo las de procuración de justicia, para amedrentar a sus adversarios políticos.
(Por eso ahora rayan en el delirio las acusaciones hechas públicas por sus costosos abogados en las que alegan una persecución judicial en su contra).
Para cuando empezó la campaña en abril del 2022, ya había enfilado una ofensiva legal contra el alcalde Eduardo Gattás y el Secretario del Ayuntamiento, Hugo Reséndez.
Lo mismo que contra la alcaldesa de Nuevo Laredo, Carmen Lilia Canturosas.
Un año antes, en la elección del 2021 que terminó por inclinar la balanza política del estado en favor de Morena, el panismo había estrenado una estrategia policiaca de campaña.
Candidatos como Carlos Peña Ortiz y Mario López Hernández, tuvieron que hacer proselitismo a escondidas o armados con una pila de amparos para no ser detenidos por los agentes de la Fiscalía General de Justicia, que vigilaban sus domicilios, perseguían sus vehículos.
El alcalde de Matamoros que buscaba la reelección, dejó de hacer campaña 15 días antes de que culminara el periodo oficial, para evitar ser aprehendido.
Con ese antecedente, dio inicio la campaña por la gubernatura de Tamaulipas, y la historia se repitió.
Desde la Fiscalía Anticorrupción que hoy se resiste a investigar las denuncias contra funcionarios de la pasada administración, se dio trámite a carpetas “vacías” contra morenistas para buscar órdenes de aprehensión en su contra.
Los blancos fueron los mismos: los alcaldes, diputados, el mismo candidato Américo Villarreal y su familia, además de aliados como el dirigente del Partido Verde, Manuel Muñoz Cano y algunos de sus colaboradores que de hecho fueron detenidos en el sur de Tamaulipas.
A esta táctica cuasi dictatorial se sumó el despliegue territorial de compra de votos más grande que alguna vez se haya registrado en la entidad.
La aparición de miles de folios en las boletas, las fotografías publicadas en la red, el acarreo masivo, así lo demuestran.
Por eso aquel 5 de junio, después del mediodía, empezaron a prenderse las alarmas en los cuarteles de Morena.
La aparente cómoda ventaja que perfilaban por la mañana podía achicarse peligrosamente gracias a una operación electoral millonaria de la alianza Va por Tamaulipas.
Al final, no les alcanzó para vencer a Américo Villarreal que obtuvo una votación histórica de más de 730 mil votos y una diferencia importante sobre el “Truko” Verástegui, suficiente para que los alegatos expresados ante el Tribunal Electoral resultaran ridículos.
Muchas cosas han cambiado desde aquellos días, pero buena parte de la estructura institucional que permitió la andanada contra los morenistas hoy sigue vigente en las Fiscalías y el Poder Judicial.
La buena noticia para el gobierno de Américo es que a la vuelta de la esquina tiene ya una nueva oportunidad para ganar otra batalla en las urnas, y conquistar la mayoría calificada del Congreso, la llave dorada para derribar los últimos candados cabecistas.
POR MIGUEL DOMÍNGUEZ FLORES




