13 mayo, 2026

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Los pasajeros inmortales

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA 
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El sueño como un árbol envuelve sus hojas. Son lúpulos del aire, símbolos de heliotropos y ciudades difusas.

Uno sueña para toda la vida el mismo sueño. Es la historia de niño. Una calle, una señora ya grande, un par de sujetos sin rostro que te persiguen. Se busca en cambio correr y las fuerzas se han ido, y la desesperación acaba contigo. 

El sueño dura toda la vida. Son máscaras que danzan a escondidas. Son nuestras máscaras en alguna parte de la vida escondidas.

Por el sueño un ciego vio un huerto de rosas en su patio que da a la calle. Lo describió tal cual era, lo palpó con sus dedos. Se dice que no todos sueñan a colores. Lo cierto es que predomina el claroscuro, las opacidades cafés y grises encendidos por el  resplandor de una tarde sin sol, seca y fría.

El sueño tiene una antigüedad legendaria y desde el inicio el hombre quiso saber el significado de la otra vida, como a veces se le llama. Y es que uno asume la otra parte del sueño que es, como una confesión de parte.  

Tampoco quieres decir que eres débil y que se te doblan las rodillas a veces en el claroscuro de un sueño mal interpretado en medio de una turba realidad. No lo dices. Lo dirá el sueño con sus finales felices y sus crucificados ajenos.

El sueño tiene sus animaciones, su diseño apropiado. En el performance se incluye la obra de arte, la inmensa luz, entendida como una materia recogida con las manos. Es una edición de videos de donde brotan cosas increíbles, más allá de la imaginación.

De pronto alguien muere en el sueño y despiertas preguntando si aún vivirá el sujeto aquel cuyo cadáver viste pasar por tu lado y quieres preguntar y se te olvida.

Las explicaciones nunca van más allá del valor de mencionar la capilla Sixtina y no profundizar en sus espectaculares murales. Por lo general el sueño muestra lo coherente que es al momento de soñarla  a ella o soñarse él. 

Hay certezas muy pretendidas en cada sueño. Son siempre dibujos distorsionados de lo que somos. No nos soñamos en otros barcos donde una mesa pinte la noche conceptual de un profesor dormido, sería muy chistoso. Y lo es. El sueño tiene esas inconsistencias que no logras hilar. 

El sueño es una abuela con máscara, un papalote envuelto en llamas, una pelea, un laberinto, una sensación, un frío, una soledad. El sueño es escalofrío, pesadilla mortal, veraneo de la realidad, delirio, ambulancia de sonámbulos y nómadas de la noche.

Víctima de mil estudios el sueño muestra noche tras noche su reporte a los equivocados. El sueño son heridas que se quiebran, ventrículos sin aire para existir, si suerte una tarde, sin estómago, sin hambre, sin reloj.

El sueño se lee de otra manera. Uno explica el sueño que dice haber visto y no inventado. El sueño bien que mal es un proceso efímero. 

La Biblia cita los puntos específicos en los cuales los diversos profetas interpretaron sueños con la mano en un bolsillo, por decir lo fácil que era de alguna manera.

Durante el sueño se pierde la voluntad, es lo primero que se pierde. Y andas como desde abajo viéndote aunque sintiendo ser. 

De alguna manera ese que va no es controlado por nadie, es un explorador en tu vida nocturna, un sujeto que se mete a tu suerte y te olvida. Al despertar recuperas el escalofrío.

Es raro, ¿por qué no podrá uno comulgar con el sueño? En el sueño somos temerarios antes que nada y de repente mercenario o timoratos personajillos secundarios de un cuento mediocre, eso somos en el sueño.

Cuando mueres en el sueño buscas despertar y no puedes, pero a veces quieres continuar y te despiertas y quieres seguir durmiendo y tampoco puedes. 

Como una tormenta  pasas y me lavas los ojos. Llevo el agua en el cuerpo, como una ciudad y sus edificios. 

Inmensamente poema me disuelves y me evaporas mientras construyo un barco.Te quiero, aire de papel, dibujo hecho al otro lado del tiempo.

HASTA PRONTO 

POR RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA 

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