11 enero, 2026

11 enero, 2026

Cayéndose uno llueve

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

Llevo horas viéndome. Hacia los corredores resbala el pasado completo. En los mosaicos el reflejo es un texto leído muchas veces. Hay textos donde llueve muy seguido. 

Llueve el tiempo, el agua es un lienzo que en un aljibe del aire llueve. Llueve de nuevo. Las hojas del tiempo mojado pegan las hojas. El cuaderno contiene apuntes de mi existencia, comienza a escurrir la tinta que hace los aguaceros de las hormigas. 

Agua inmediata en el centro del agua, agua del tiempo cayendo llueve. Agua completa, trepidante, ensordecedora y líquida, inmensa y necesitada de afecto. La tierra perfumada y húmeda penetra las casas y las buenas conciencias de los habitantes. 

Luego del aire soplado, el agua, el injerto del suelo, la voz de la tierra hace que llueva. Luego un estruendo cae en las hojas, se precipita a las tardes de un día muy serio. Ahí viene el agua, oigo que dicen mil veces, que no la espanten dicen los sabios de la última cuadra. 

Lluvia escuchada por los romanos esta vez en los tejados, en los fríos contornos de las alas mojadas, en los pensamientos cuando es noche y nadie habla . Llave de la noche, agua que suma un carnaval, al paso del tiempo, el cristal observa la escandalosa calle. 

Al fondo el último salón me espera con la risa de cientos de aves agasapadas en el viejo recuerdo de un martes como este. Escucho el latir de mi voz creciendo, despertando de un sueño insurrecto. Escucho el cerrar de las ventanas. 

Agua inmerecida en el pelo liso. El fondo de una canción inventada a toda hora antes de los relojes, gota a gota es un gran charco, luego es un espejo del gigantesco lago imaginario. 

Agua es la llave de tiempo, clave de la vida, fórmula correcta para la garganta . Llaves para abrir la única puerta. El aguacero es el pase de lista para los que ponen un pie adentro. Corre el agua perseguida anunciando quehaceres, lavando los coches, arrastrando el pavimento, filtrando el suelo en tremendos lagrimones. 

Llevo horas llevándome. Me he traído a cierta distancia de mí. En las calles por donde paso, no había visto cómo se ve la ciudad sin mí, al otro lado de las consecuencias. Me estoy mojando. No falta quien cruce la calle ni el carro que moje a la enfermera de inmaculado blanco. 

Llave de agua escapada, perseguida llave sin puerta, de repente llave. Llave de junco, de trigo, de nube, de hoja de lata que cubre un agujero en el techo y vierte un chorro sobre el río San Marcos. 

Llave del rostro, luego una escalera, un montón de piedras, en medio una sola palabra escuchada. Entonces abres de nuevo la risa. La mañana es un par de cosas que escuchamos y no escuchamos. Dicen que llueve de nuevo. 

Llaven los dedos, los alambres de púas, el fuego. Lluvias anónimas que abren las nubes y luego un torrente de mariposas diurnas. 

He vuelto mil veces al paso de los pasos, al entorno que va al límite de un par de zapatos. Estoy aquí de pié viéndome. Los zapatos se pintan del color de las marquesinas. El impermeable permea el paso de los vendedores mojándose. 

Llave para abrir otras llaves, pasajeras como las palabras nunca leídas. Llaves para abrir la puerta de los ríos sin mojarse. Llaves de bronce y de cobre. Llaves del rincón de un condominio, de un balcón, de un edificio multicolor del Fovissste.

El agua es de una llave. Agua que abre y llave que llueve. Estoy en el centro de la ciudad pensando. Estoy adentro y afuera de esta ciudadanía, la casa quedó por debajo de la casa. La ciudad se embarca. Estoy sin mi a esta hora de la tarde, al borde de la marquesina que ataja provisionalmente la lluvia. Y anochece. 

HASTA PRONTO.

POR RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

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