Cuando voy a casa del maestro, artista plástico Rutilio Salinas, pienso en la distancia que hay entre mi existencia y la suya. Parece ayer, cuando vine. Son varias cuadras antes de llegar, voy a pie, y es un deleite presentir lo que me espera de un ser humano en toda la extensión de esa palabra.
Mientras me acerco, encuentro las palabras, las imágenes y las formas imaginarias de un pintor que ha ofrecido su vida a las artes y a la formación de valores plásticos tanto en su obra como en los jóvenes que han acudido a su taller ubicado en el Fraccionamiento Cabañas.
Yo mismo voy con la intención muy clara de aprender de su trazo, del matiz y sus consejos. Mi aprendizaje con él ha sido más espiritual, pues yo llego a su vida plástica ya formado en Ia técnica, pero derrumbado. Estoy en la cima, pienso, a unos cuantos metros, imaginando de nuevo la elocuencia de experiencias e identidades que me llevan al convencimiento de que el arte vale la pena.
Llego y quien abre la puerta es un hombre generoso, un artista de peso completo en persona. Por su patio se despliega el arte natural de plantas acomodadas a sus anchas. Estoy en el sitio correcto, como en casa, rodeado del asombroso rescate del tiempo, de luz y sombras, lugar donde se reinicia el espíritu.
Poco se habla de él en Ia historia reciente de la ciudad- aunque ciertamente expuso su obra en Junio de este año en la Pinacoteca- tampoco él desea que suceda y estoy de acuerdo, tal vez le quite tiempo. No imagino aquello lleno de cámaras y personas desconocidas fotografiando sus obras. Yo mismo le resto tiempo al pintor amigo.
Conversar con él es conversar conmigo. Conozco sus palabras de antemano y es un trámite saber de arte, de humanismo y de la vida, pues sus palabras las he visto antes en mi camino. Descritas por el matiz y los trazos, las imágenes que pinta y yo observo son geografía del lugar al que pertenecemos.
De pronto su taller es mi casa, la ciudad y el país, y me encuentro entre la multitud de imágenes que apenas dan tiempo para escuchar mis latidos y darme cuenta que soy parte momentánea del espectáculo creativo del también escenógrafo Rutilio Salinas ¡Qué privilegio!
Al maestro Rutilio no se le ha reconocido. Desde que egresó de Ia escuela la Esmeralda, se ha dedicado a vivir de su arte, acaso un mural en la ciudad, con todo lo que ello implica. Vende su obra a varios amigo y amigas que coleccionan su obra y de vez en cuando su obra es expuesta y puesta a la venta, casi sin querer, allende las fronteras. También da clases a quien así lo ha pedido. Siempre procurando hacerlo a quien tiene vocación.
Su obra colorida y llena de expresiones y formas informales- si se puede decir así- marcan una raíz de expresionismo y simbolismo. Su técnica aunque es académica y sustentada en una metodología, es libre y de matices fuertes y mixtos. Recuerdo que el pueblo no siempre tiene la razón y que Rutilio no haya sido reconocido hasta la fecha, no quiere decir que no exista o que no sea uno de los mejores pintores de nuestra generación.
Pesa saber que no se valore su trabajo en los medios intelectuales pero no tanto, muchos discípulos, ex alumnos y quienes han estado junto a él en todo este tiempo que nos tocó vivir, le retribuyen constantemente, donde quiera que van, su agradecimiento.
Estoy aquí conversando con él mientras me muestra un cuadro en donde me retrató y aparezco rodeado de musas. No estoy acostumbrado a los regalos, pero quien recibe de corazón, al mismo tiempo devuelve el regalo, quien da recibe igual que quien recibió. El espíritu es recíproco.
HASTA PRONTO
POR RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA




