2 abril, 2026

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La tranquilidad no tiene precio

RETÓRICA / MARIO FLORES PEDRAZA
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Mi abuelito Antonio, hombre de muchas historias, suele repetir con una serenidad demoledora: «La tranquilidad no tiene precio». No lo dice como consuelo, sino como verdad filosófica que ni la inflación ni el progreso han podido refutar. Nunca lo he visto buscando ser admirado, duerme sin remordimimientos y siempre ha estado para la familia. Su alma está en paz y me ha contagiado de esa filosofía de vida; realmente creo que “La tranquilidad no tiene precio”.

Hoy, sin embargo, vivimos al ritmo de un tambor histérico. Se ha instalado una lógica que podríamos llamar “la tiranía del más”, donde más siempre es mejor: más dinero, más reconocimiento, más seguidores, más logros, más metas, más ansiedad. Y entre tanta meta, nadie sabe hacia dónde va. El mundo corre como un hámster dopado, admirado por otros hámsters, todos jadeando en sus ruedas doradas.

¿Quién quiere una vida tranquila hoy? ¿Quién se atreve a decir que ya tiene suficiente? En una sociedad donde el valor personal se mide en métricas de éxito, decir que no se desea más es casi un insulto. El tranquilo, el satisfecho, es sospechoso: o es un fracasado que se rindió o un loco que no entendió el juego. Pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si el loco fuera el que no puede sentarse sin revisar su celular? ¿Y si el verdadero fracasado fuera el que gana dinero vendiendo su alma en cuotas mensuales?

La ostentación, en su versión contemporánea, ya no es solo tener: es mostrar que se tiene. El lujo dejó de ser una comodidad para convertirse en un espectáculo. Nietzsche, que comprendía el alma humana como pocos, ya lo intuía: quien necesita ser admirado, se ha vuelto esclavo. Y hoy somos un ejército de esclavos felices, esclavos que compiten por cadenas más brillantes.

Vivir tranquilo —lo sabe mi abuelito y lo olvida nuestra generación— no es sinónimo de mediocridad. Es, de hecho, un acto radical. Implica decirle no a la lógica del rendimiento, renunciar a la comparación, bajarse del tren bala de las expectativas ajenas. Tranquilidad no es pasividad, sino orden del alma. Aristóteles lo llamó eudaimonía: una vida buena, no por lo que se tiene, sino por lo que se es.

Claro, es más fácil hablar de tranquilidad cuando no se vive en la miseria. Pero no me refiero a una pobreza romántica ni a una indigencia obligada. Hablo del arte de suficiente. Del acto ético de no dejarse devorar por la sed de tener más a costa de ser menos.

Porque quien pierde la tranquilidad en nombre del éxito, ha vendido caro su ruina. Y lo peor: ni siquiera lo sabe. Cree que vive, pero en realidad está sobreviviendo en un show donde todos actúan felicidad mientras se hunden por dentro.

Mi abuelito no tiene Instagram. Tiene una terraza hermosa. Nunca lo he visto buscando aplausos, porque su alma ya le aplaudía. Observandolo me dí cuenta que el mayor logro que se puede tener es poder quedarse en silencio sin sentirse vacío. Y eso, amigos, en este siglo de ruido, vale más que cualquier joya.

La tranquilidad no se compra, no se publica, no se mide. Se cultiva. Es invisible, pero evidente. Y quizás, después de tanto correr, valdría la pena sentarse —no para descansar—, sino para escuchar si aún queda algo de silencio dentro de uno.

POR MARIO FLORES PEDRAZA

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