Cada diciembre, México entero entra en una coreografía perfectamente ensayada: calles saturadas, comercios brillando más que las luces navideñas y una energía particular que sólo se siente en este mes. Es como si el país se activara de golpe.
Y no es exageración. La economía de muchos sectores productivos se sostiene sobre diciembre. Literalmente. Para muchísimos negocios, este mes es la diferencia entre cerrar el año dignamente… o sólo sobrevivir.
Hay giros comerciales que prácticamente renacen en estas fechas. Tiendas, talleres, puestos y oficios que pasan meses en pausa o con ventas mínimas, de pronto cobran fuerza gracias al flujo económico del aguinaldo.
Porque por ley, esta prestación debe entregarse como fecha límite el 20 de diciembre. Y eso ya de por sí mueve montañas.
A lo anterior se suman cajas de ahorro, fondos para trabajadores, ahorros voluntarios, primas vacacionales y una serie de prestaciones que le dan a millones de personas una bolsa extra para enfrentar la temporada.
Ese dinero cae como agua en tierra seca y se vuelve un motor que impulsa ventas, consumo y circulación económica. Es un círculo virtuoso donde todos ganan… al menos en teoría.
El problema es que ese mismo impulso también puede convertirse en una trampa silenciosa. Diciembre es experto en disfrazar gastos como oportunidades irresistibles.
Las luces, la música, las ofertas, el famoso “llévelo a meses sin intereses”. Todo invita a la alegría inmediata y a la negación absoluta de que enero existe. Parece lejos, pero llega más rápido que la cuesta.
Y ahí nos encontramos con tarjetas saturadas, pagos diferidos por meses y la pregunta inevitable: “¿en qué momento gasté tanto?”. La respuesta casi siempre está en la emoción más que en la necesidad.
Por eso vale la pena detenerse tantito. Hacer un presupuesto, poner límites, recordar prioridades. No para dejar de disfrutar, sino para que la fiesta no se convierta en un remordimiento financiero.
Y claro, diciembre también es tiempo de compartir. Pero, sobre todo, es tiempo de recordar el sentido original de estas fechas. Navidad no es una temporada de consumo; es el nacimiento de Cristo, el redentor del mundo.
En medio de posadas, piñatas, cenas y brindis, a veces nos olvidamos de invitar al festejado. Jesús, el Niño Dios, la Sagrada Familia… quedan relegados mientras la celebración se vuelve puro ruido.
Puede uno darse una vuelta por cualquier zona comercial para comprobarlo: todo gira en torno a comprar, envolver, regalar. Y se vale, porque también hay alegría en eso.
Pero entre compra y compra, no estaría de más pensar en quienes no tienen aguinaldo, ni cena, ni intercambio. Compartir un poco, incluso de manera anónima, es quizá la mejor forma de honrar el espíritu de la Navidad.
La locura del aguinaldo dura un mes. Pero las decisiones que tomemos con él pueden acompañarnos todo el año.
POR MARTHA IRENE HERRERA
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