Hay un protocolo de emergencia que a muchos nos enseñaron alguna vez, en una plática de Protección Civil, en un simulacro o incluso en la escuela de los niños: “No corro, no empujo, no grito”. Una instrucción sencilla que, vista con calma, encierra enseñanzas mucho más profundas de lo que parece.
Esa frase, pensada para salir a salvo de una crisis, lleva implícita una idea poderosa: no es el evento en sí lo que más daño causa, sino la manera en que reaccionamos frente a él. Y tal vez por eso ha estado rondándome la cabeza desde hace días.
Porque la metáfora se sostiene incluso lejos de una emergencia real. Aplicarla a la vida diaria puede convertirse en una herramienta de inteligencia emocional que nos ayude a meternos en menos conflictos y a transitar los problemas con mayor serenidad.
La vida, hay que decirlo, ya es suficientemente compleja. Está llena de retos, decisiones incómodas, pérdidas pequeñas y grandes sobresaltos. Añadirle drama innecesario suele ser una forma muy humana —pero poco amable— de complicarla todavía más.
Muchas veces reaccionamos como si todo fuera urgente. Como si cada problema exigiera una respuesta inmediata. Como si no hubiera margen para pensar, respirar o simplemente esperar un poco.
Y es ahí donde suelen comenzar los tropiezos. Cuando respondemos antes de entender, cuando decidimos desde el enojo o cuando actuamos solo para quitarnos de encima la incomodidad o la frustración del momento.
Con frecuencia, esa prisa no nos lleva a soluciones, sino a errores. Palabras que no queríamos decir, decisiones que no nos representan, relaciones que se tensan sin necesidad.
Algo parecido ocurre cuando intentamos forzar las cosas. Cuando empujamos procesos, exigimos respuestas, aceleramos emociones ajenas o pretendemos que todo ocurra a nuestro ritmo.
La vida rara vez se deja empujar. Y cuando lo intentamos, casi siempre obtenemos resistencia. En cambio, cuando aprendemos a respetar tiempos y espacios, los conflictos pierden intensidad y las relaciones respiran mejor.
También está el ruido. El externo y el interno. La queja constante, el enojo desbordado, el diálogo interior duro y exigente que no nos da tregua.
Ese ruido no aclara, confunde. No acompaña, desgasta. Y muchas veces nos impide escuchar lo que realmente importa: lo que sentimos, lo que necesitamos o lo que el otro intenta decir.
Bajar el volumen, aunque sea por un momento, suele traer claridad. El silencio bien entendido no es evasión, es una forma de cuidado.
Vivimos en una época que celebra la rapidez, la confrontación y el escándalo. Por eso detenerse, no forzar y no dramatizar se ha vuelto casi un acto de resistencia cotidiana.
Tal vez no podamos evitar las emergencias de la vida, pero sí elegir cómo las atravesamos. A veces, seguir una instrucción sencilla —sin correr, sin empujar, sin gritar— es suficiente para salir con menos heridas y un poco más de paz.
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POR MARTHA IRENE HERRERA
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