7 febrero, 2026

7 febrero, 2026

‘Creo que he sido feliz’

Arturo Castillo Alva reflexiona sin nostalgia ni complacencia sobre la escritura, la lectura, la felicidad y las despedidas

Miguel Domínguez Flores

Fotos: Jorge Castillo

CIUDAD VICTORIA, TAMAULIPAS.- Como en su obra, va de la alegría al desencanto en unas cuantas frases. A sus casi 80 años Arturo Castillo Alva se muestra indiferente a los calificativos que pudiera recibir su trabajo, desinteresado en la valoración de su carrera artística.

En cambio, sobre su experiencia personal advierte con seguridad: “Creo que he sido feliz’

Lo dice después de brindar una breve lectura de su poesía a sala llena en la Pinacoteca, un evento organizado por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes como parte del programa Tamaulipas Lee, presentado con un título provocador: “El Momento del adiós”.

-¿Así de tajante?

“Dada mi edad, llegó el momento de despedirse, en realidad ya no tengo muchas ganas de salir a dar lecturas, y entonces pienso que debo despedirme de la gente que me conoce, que fueron amigos míos”.

No es habitual que acepte entrevistas así sean solo escritas no por arrogancia, sino porque insiste en que no tiene nada que decir.

Su público, sin embargo, no piensa lo mismo. Durante la clásica sesión de preguntas y respuestas, uno tras otro, los lectores le reclaman sus escasas apariciones públicas, y hasta le piden, casi exigen, que imparta un taller literario.

Pero la renuencia, acaso camuflada en sus primeras reacciones, luego se confirma en la entrevista: “Me tensa mucho, ya cuando estoy aquí me divierto, me la paso bien pero el lapso previo, las últimas 24 horas, me pongo muy nervioso… y esto me pasó siempre”.

Del taller, ni hablar: “Nada. Soy muy malo dando talleres, yo impartí varios, pero lo hice cuando necesitaba dinero. Los impartí en Tampico, en Madero, en Mante; en Extensión Universitaria lo hice diez años porque necesitaba la lana, pero yo era pésimo. Carezco de paciencia, y tengo claro que no sirvo para coordinar talleres. Sin embargo, y en mi defensa, durante esos diez años en Extensión, fundé y dirigí la revista literaria Mar Abierta y, ‘Papeles a la Mar’, una colección de cuadernillos”.

-Si dices que es momento de despedirse, ¿también crees que es momento de hacer balance de tu obra?, ¿lo haces?

No, yo pienso que uno no regresa atrás a ver lo que hizo o cómo lo hizo. Se regresa atrás a leerse, por nostalgia, pero no tanto para revisarse, para ver la manera en que se desarrolló el trabajo, al menos yo no tengo esa tendencia, y pienso que la mayoría de los escritores no la tienen… En consecuencia, no me siento en la obligación de hacer un balance, más obligado estoy a seguir la marcha hacia el abismo.

-Pero si te pregunto si te sientes satisfecho con lo escrito, ¿qué responderías?

Que no sé si lo estoy o no. Pero, escribiendo, me he divertido como enano.

Escribir es divertidísimo, hasta me da pena decirlo, pero creo que he sido un hombre feliz, contra todo pronóstico si me atengo a mi origen proleta.

-Y a veces contra mucho del contenido de lo que escribes, que tiende al desencanto…

¿Lo crees? Sólo quise hablar con verdad a los habitantes de mi loca generación.

Ignoro si mi poesía es dramática pero sólo quiso ser seria y comprometida de una manera llana, siempre pensando en un mundo mejor.

Mi teatro tiende a ser melodramático, me lo dicen como una acusación. Yo encojo los hombros. Me eduqué en el melodrama y no lo reniego… ¿Acaso hay un melodrama mayor que Pepe ‘El toro’? La veo cada vez que lo pasan en la tele. Finalmente, a E. Carballido, le encantaba mi teatro, lo mismo que a E. Valadés mis relatos. Pero, acoto, aunque no les hubieran gustado nada habría cambiado en mi escritura.

Insisto, escribir es algo divertidísimo por la gama de sentimientos que te estremecen mientras escribes, estremecido de llantos, de orgasmos, de carcajadas; una y muchas vidas construyéndose y deshaciéndose al impulso de tu bolígrafo bic sobre una libreta de veinte pesos… Pero si esto es grandioso, es más grandioso leer los libros que alguien escribió sólo para ti desde algún remoto lugar del mundo o del tiempo.

Cuando pienso en esto pienso en volver a leer cuando menos veinte libros que sacudieron mi vida… o no sacudieron nada pero igual hamacaron mis sueños… Quién sabe si el tiempo alcance.

-¿Tienes libros físicos?

Un chingo, ya me sobrepasaron, y como últimamente he cambiado de casa dos veces, muchos de los que arriba menciono se han extraviado entre los chingo. Pertenezco a la generación de la letra impresa en frágil papel.

-¿Probaste los formatos electrónicos?

No me llaman, a lo mejor son cómodos… Mira, Isabel Ortega Ridaura, cuando a la muerte de su madre decidió donarme la vasta biblioteca que venía desde sus abuelos, sorprendido pregunté si ella no se llevaría una parte y rápida contestó que no, que ella jamás volvería a comprar un libro impreso. “Yo ya no compro libros impresos, puro libro electrónico, con esta lección que tuve, ya no quiero libros físicos…” Y a pesar de todo, de amigos que ceden a las modas para sentirse jóvenes, jamás leeré libros en pantallitas ni usaré, jamás, teléfono móvil. Lo juro.

-¿Que destino te gustaría que tuviera tu biblioteca?

Como arriba apuntaba, nadie quiere los libros físicos, ese es el gran problema. Aun así, el libro físico no va a morir nunca, se va a seguir haciendo y se va a seguir comprando, se volverá asunto de élites y luego volverá al vulgo, como los discos LP de vinyl. ¿No te interesa mi colección de LP’s? Te la vendo… ¿Qué destino tendrá mi desordenada biblioteca? ¿La hoguera? ¿calentar agua para el baño? No lo sé. Leí esos libros porque fueron escritos para mí… Era mi obligación y ha sido mi gozo.

-¿Te sientes valorado como escritor?

Pregunta cabrona que no me siento capaz de responder. En cambio, puedo decir que he tenido amigos… gentes que me querían, no sé si porque escribía o por lo simpático que soy. Sentirse querido es tan capital como sentirse odiado.

La primera vez que leí fuera de mi ámbito en la izquierda, en ‘El Farol’ del IRBA, estaba con 15 personas, todos los maestros, el director, su esposa, y me divertí mucho; todos estaban muy asombrados, tal vez pensaban que no sabía hacer nada. Entonces dije: este es el público ideal, el público ideal para una lectura son 20 personas, ya con 25 es un éxito total, pero de 15 para arriba, magnífico…

-¿Y te sientes cómodo con la etiqueta de “referente de la literatura tamaulipeca”?

Yo hice lo que tenía que hacer, como pude hacerlo, no creo tener mérito alguno. Hice lo que aprendí a hacer, día a día, desde los 12 años. A los 34 rompí todo lo que había escrito en dos décadas, así que no tengo obra juvenil; nadie puede reír con mis poemas jóvenes. Este ha sido un trabajo constante, cuando empiezas no piensas que vas a ser escritor, que estás iniciando una carrera: si lo dices a tu padre, se carcajea, y hace bien. Lo que sí anhelé fue ser un cantante de rock; yo entré a la década de los sesenta de 14 años y salí de 24, y por eso amo -y conozco- el buen rock. Pero no siento que yo sea referente de nada, ni me interesa. Además, seamos sinceros: ¿qué se gana con ser el mejor escritor de Tamaulipas, si en Tamaulipas no hay escritores…? Es broma…

-En una entrevista que te hicieron hace más de una década decías que todavía no existía la literatura tamaulipeca, ¿sigues pensando lo mismo?

Sí, porque no hay un movimiento, todo queda muy suelto, aislado. ¿por el tamaño del estado y la lejanía de sus pocas ciudades importantes? ¿Por becas y apoyos que otorga el estado como veneno en leche que la mayoría quiere mamar? Perdón, pero provengo de la vieja idea de que el artista es, antes que nada, un enemigo del estado y como tal debe permanecer… o pudrirse.

Aquí, quiero aprovecharme de tu espacio para mencionar y reconocer a quienes, en el sur del estado, en Tampico, en los ochenta, iniciaron un importante movimiento, o lo que fuera: A Luis Nieto, Julia García, Gustavo Sánchez Tudón, Jorge Yapur, Gloria Gómez Guzmán, Hiram Céspedes, Anita Heredia, María Luisa Herrera, José Peralta Castañeda, María Pía Prina, Marco Olguín, Cecilia Sanz de Ridaura, Leticia y Emilio Benavides, Cuauhtémoc Carrillo, Elenita Pérez, José Luis Díaz, Raúl López, Caín Valdés, Carlos Sens, Jorge Maldonado. Lo digo sin pudor: nosotros construimos un ámbito cultural que estuvo en movimiento durante más de una década. Y dejamos productos tangibles e intangibles sin esperar nada a cambio…

No soy historiador y se me dificulta explicar cómo y por qué sucedió todo esto. Yo podría decir que en parte gracias a la bonhomía y el entusiasmo de José Peralta Castañeda que un día de entonces llegó al puerto… pero sería injusto para otros factores o personas. Hubo años de aquella década en que cada mes realizábamos algún evento cultural con éxito de público, de discusión, de entusiasmo que se prolongaba hasta la madrugada. Ah, qué buenas pedas. Y nos faltó politización, pienso ahora.

En el momento medular no hubo becas ni apoyos gubernamentales, nadie buscaba chambas, en los ayuntamientos no existían los departamentos de cultura -que hoy son hasta secretarías… ¡uy- Por lo tanto, no había que esperar la llegada del imbécil presidente municipal en turno, escoltado por su secredecultura, para realizar la inauguración, no mamen.

Tu comentario me reta a intentar adivinar el futuro. ‘Y qué hubiera pasado sí…’

No lo sé. En aquel pequeño o gran grupo que nunca se reconoció como tal, fuimos la coincidencia de voluntad, talento y generosidad. Y luego nos hicimos amigos y nos unió el cariño y el respeto hasta donde estas ligas pueden soportar. Es todo. Me hubiera gustado explicarme mejor.

***

Aún sentado en la silla desde la que encabezó “El momento del adiós”, ansioso por salir de la sala, Arturo Castillo Alva ensaya una primera despedida, pero sus lectores lo frenan para pedir una última firma, una selfie.

Sonríe como durante toda la entrevista, a pesar de que “el mundo no está para reírse, y como para poner un punto final sobre su futuro literario, concluye: “En los últimos tres años escribí mil doscientas cuartillas de relatos que ya no se publicarán… Ni modo, se acabó el tiempo.”

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