A lo largo de los siglos, una realidad se repite con obstinación en la vida política: los pocos gobiernan a los muchos. No por una superioridad física —la fuerza siempre está del lado de las mayorías— sino por algo más intangible y decisivo: la opinión.
Cuando David Hume escribió en 1758 que nada es más sorprendente que la facilidad con que los muchos son gobernados por los pocos, no estaba justificando la dominación. Estaba describiendo el mecanismo profundo del poder. Los gobiernos, incluso los más autoritarios, no se sostienen únicamente en la coerción. Se sostienen en una creencia compartida de que deben sostenerse.
La fuerza puede obligar, pero solo la opinión legitima. Cuando la legitimidad se debilita, el poder no cae de inmediato; primero pierde densidad, arraigo y convicción colectiva. Y entonces, aunque parezca sólido, empieza a volverse vulnerable.
El poder no es una propiedad; es una relación. Un acuerdo implícito entre gobernantes y gobernados sobre la autoridad y el rumbo. Esa relación tiene una temperatura: el ánimo social. Cuando es favorable, el liderazgo fluye. Cuando se enfría, todo se vuelve cuesta arriba.
La democracia no elimina esta lógica; la hace más visible. En ella, el fundamento no es la imposición, sino la adhesión. El respaldo ciudadano no es solo una cifra electoral; es la disposición a reconocer la autoridad, a aceptar decisiones y a creer que el sistema opera con justicia.
Ese respaldo se construye, se comunica y se renueva. También se puede perder.
Por eso la historia no castiga los errores; castiga la incapacidad de aprender de ellos. El error técnico no destruye proyectos. Lo que los erosiona es la desconexión entre el poder y la opinión. Es la negativa a reconocer que el ánimo social cambió.
Un gobierno puede equivocarse. Si existe legitimidad, el error se procesa y se corrige. Pero cuando el poder deja de escuchar, se encierra en su narrativa e interpreta el disenso como amenaza, comienza a romper el vínculo que lo sostiene.
El disenso no es enemigo de la democracia; es su mecanismo de ajuste. Cancelarlo puede dar sensación de orden, pero debilita la legitimidad. Lo mismo ocurre cuando se afirma que “no había alternativa”. En democracia siempre existen opciones. Cuando desaparecen del horizonte público, también desaparece la percepción de la libertad política. Y sin libertad percibida, el respaldo pierde profundidad.
Entonces el poder necesita más control y menos confianza. Esa es la antesala del desgaste.
La comunicación política no es maquillaje. Es arquitectura de legitimidad. No se trata solo de explicar decisiones, sino de construir un significado compartido y de interpretar el ánimo social antes de que se convierta en ruptura.
Gobernar es administrar la opinión sin manipularla. Es sostener el consenso sin eliminar el disenso.
La legitimidad no depende solo de resultados cuantificables, sino también de la percepción de justicia, la coherencia narrativa y el reconocimiento simbólico. Cuando esa percepción se diluye, el respaldo ciudadano se convierte en inercia. Y la inercia puede sostener un gobierno por un tiempo, pero no construye trascendencia.
La historia no actúa de inmediato. Observa procesos. Registra cuándo el consenso se vuelve silencio y cuándo la confianza se transforma en apatía. Y la apatía es más peligrosa que la oposición, porque retira energía social.
En última instancia, el poder descansa en la creencia colectiva de que merece existir. Esa creencia no es permanente. Se alimenta de coherencia, de aprendizaje y de capacidad de ajuste. El poder que aprende evoluciona; el que se blinda se desgasta.
El fundamento del gobierno es la opinión. Ningún poder es autosuficiente; depende siempre de la aceptación de los muchos. Cuando esa aceptación se erosiona, también se desvanece el sustento que la mantiene en pie. Quien pierde la opinión pierde el fundamento, y sin fundamento el poder deja de ser estructura para convertirse en episodio. Porque, al final, todo poder —por sólido que parezca— descansa en la opinión.




