Por Rigoberto Hernández Guevara
Ignoro qué haría usted horas antes de que se acabara la cheve, digamos que, luego de esto, no quedara una chela en la ciudad. Seguro correría al depósito de su confianza a comprar o a pedir fiada aunque fuera la última para después presumirla a sus disque mejores cuates.
¿Y eso sería todo? No. Esa última cheve certificada- ya que en realidad fue la última- posiblemente termine en un espacio de la casa donde usted pueda verla cuando se le antoje. En todo caso, si hay vacas flacas, acabaría vendida a un museo o en las arcas de un coleccionista.
Enseguida surgirían compradores que tampoco desearían beberla, muchos ricos envidiosos del rumbo ofrecerían una corta no mucha, pero mucho para ellos, por ella, pues ¿cómo explicarle a la sociedad que un pobretón como usted posea tal pieza única.
Luego del anuncio de que efectivamente se trata de la última cerveza, además en oferta en este último oxxo, la noticia correría como reguero de pólvora, como Ana Guevara en sus mejores tiempos. La gente correría a verificar en otros negocios si en los enfriadores no queda una, por si las dudas, increparían al encargado haciendo preguntas fuera de contexto, como el día de su cumpleaños, para llevar un obsequio, un soborno a cambio.
Imagino que la rapiña, que casi no se nos da por este barrio, caería sobre los camiones vacíos. La gente en su delirio empezaría a beber agua del río para consolar tan notable inexistencia. Por pura nostalgia.
Habría rumores de que en tal o cual «depo» ya hay coronitas y sería pura guasa, bromas de gente mal intencionada, claro que el anuncio de la escaces y aguda desaparición de la cerveza sería viral en las redes sociales, con sus respectivos y creativos memes.
No faltaría el aprovechado que vendiera ilusiones en botellas llenas de agua, agua de riñón o de Jamaica, el agua loca, Zuco de manzana con vinagre. Claro que por otro lado ya no habría desvelados ni accidentes por beber mientras se maneja, a ver a qué le echan la culpa. Buenos y sanos, de los trancazos a mano pelona surgiría una buena camada de excelentes boxeadores mejores que Julio César Chávez. Aunque tal vez los chistes dejarían de tener gracia, se limitarían a simples anécdotas de las que uno, si no las cuenta el jefe, jamás reiría.
Uno entre todos los antes borrachos escribiría un cuento de cuando se ponía hasta el tronco y se haría feliz con eso. Luego de la chamba el albañil sustituiría la caguama con un buche de agua, pero no quedaría satisfecho. Faltaría el vital líquido con el cual romantizar la noche con la morra antes de acostarse. Faltaría todo, diría un tipo medio tatuado luego de saltarse la barda del anexo nada más para comprobar si todo es cierto o sólo son jaladas de quien escribe este texto.
Y claro, con el correr de los años, nosotros, ya viejos y abstemios, en la charla mentirosilla con los nietos diríamos de la última vez que vimos un seis de Tecate. Y afuera en el parque caminarán sujetos dispuestos a mentir asegurando que todavía en determinado negocio queda una o dos, por abajo del agua, para que usted guarde el secreto y no vaya a buscarla.
Imagine que igual que Borges, en eso usted despierta, y nada es cierto, lo único cierto es que el refrigerador de la tienda de la esquina esta repleto de esa proteína. Entonces hurga en los bolsillos para ir por esa, la que siempre será la última cervatana del desierto, y la realidad cuajada le atraviesa la garganta:
No le sobra un varo para ir por ella, ni siquiera morralla. Y mientras observa el paso misterioso del tiempo y de un bato que en una mochila lleva no una sino dos de las inexistentes, usted ha olvidado en verdad cual fue la última.
HASTA PRONTO




