Por Raúl López García
CIUDAD VICTORIA, TAMAULIPAS.- Antes de que el San Marcazo sacuda el tacón y prenda la fiesta, el cuerpo pide tregua. El calor cae sin aviso y se instala en la piel, obligando a buscar alivio en lo más simple: una bebida fría en la mano y un rincón donde el aire todavía se mueve.
El paseo Méndez se vuelve punto de encuentro. Entre risas, pasos apresurados y música que se asoma, aparece la raspa de fresa con lechera como protagonista indiscutible. Dulce, helada y generosa, cada cucharada raspa el hielo y refresca el ánimo, como si el tiempo se detuviera en ese instante.
A unos metros, el color naranja del agua de melón llama la atención, o quizá la de piña, esa de sandia no se ve nada mal desde lejos. No solo refresca, también reconforta. Su sabor suave y natural se vuelve necesario para resistir la jornada, para seguir caminando entre la gente y para preparar el cuerpo antes de que todo estalle en ritmo.
La chamoyada no se queda atrás. Con su mezcla de dulce, ácido y picante, despierta los sentidos y le pone carácter al momento.
Mancha los labios, deja huella y se convierte en compañera ideal de quienes buscan algo más intenso antes de lanzarse de lleno a la celebración.
A orillas del río San Marcos, la escena cambia. Ahí no solo se descansa: ahí se baila. El sonido sube, los pasos se sueltan y el ambiente se transforma en fiesta viva. Entre sorbos y carcajadas, el calor se vuelve parte del juego y el refresco, el mejor aliado para no detenerse.
Así se vive la antesala del San Marcazo: entre raspas, aguas frescas y chamoyadas que alivian el sol y encienden el ánimo. Porque antes del golpe del ritmo y la sacudida del tazón, hay un ritual que no falla: refrescarse para aguantar, disfrutar y entrarle de lleno a la tradición.




