Por Rigoberto Hernández Guevara
Desde una bocina random, amarrada con mecate a una troca, la voz grabada de la joven compra colchones y ropa usada. En la banqueta el perro del barrio ve a las personas y el paso del agua que ha de beber. La calle está en calma, espere usted a más de rato cuando salgan los obreros de la chamba y los chamacos de la escuela.
«Y por esa calle vive la que a mi me abandonó», dice la canción buscando presuntos culpables al final de la calle donde existe la nada y «su mamá tuvo la culpa pues ella la desanimó» cantan al estilo norteño desde un cantón verde esmeralda los Barón de Apodaca.
Todas las calles son callejones del beso, primero y último de recuerdo, pero antes fue campo deportivo con sus goleadores descalzos y las porterías de piedra. Por ahí debe andar Cristiano Ronaldo con el estadio lleno de imaginación. Hugo Sánchez descalabrado de 200 chilenas.
Muchos la cruzan, otros la siguen hasta que termina y encuentran un obstáculo: ya sea monte, campo raso o una enorme montaña con las últimas casas, entre la Álvaro Obregón y la Tomás Yarrington. La calle suele continuar luego de un puente sin perder el nombre ni el apellido, me llamó calle 13 de la colonia Mainero de cd victoria, Tamaulipas.
Hay calles interrumpidas de tres cuadras que luego de varios kilómetros, acaso años, continuaron como la calle democracia llegando cerca de la montaña. Calles ancestrales, largos caminos que trajeron y llevaron gente y prosperidad a la ciudad, como el Camino real a Tula. Callejones enumerados hasta el 40 ceros, calles que nombran a nuestro héroes de la Independencia, de la Reforma y Revolución Mexicana.
La calle es ruta marítima por donde navegan marineros de agua dulce rumbo al jardín de niños a mar adentro. Incluye vendedores ambulantes, que amarran en pequeños embarcaderos de las puertas de acceso al puerto, vocesillas preguntando, siempre preguntando lo necesario y lo que ya preguntaron.
Los animales del monte tienen sus caminos por donde ir al agua, a la región donde guarecerse y dormir, saben por dónde el jaguar marcó el territorio prohibido. También Juan cierta vez ebrio tiró el agua a orilla de la acera, antes de ser capturado por los municipales, por violar el bando de policía y buen gobierno.
De pronto llegaron máquinas caterpilar y allanaron el monte, pusieron caliche que luego aplanaron. Un gran montón de piedra quebrada hizo una pequeña montaña para que por ratos resbalaran los más chiquillo vecinos de la calle 16 que va a la Colonia Treviño Zapata. Echaron asfalto y pasaron los años de esa avenida que tuvo tres nombres y hoy es la Avenida Norberto Treviño Zapata. Colocaron un camellón en medio donde años después Eugenio Hernández Flores, Gobernador de ese entonces, mandó sembrar palmeras hoy muy crecidas, como en otras avenidas de la capital Tamaulipeca.
Uno, el ser humano no conoce el verdadero camino, si la religión dice : éste es el camino, nadie lo sigue como es. No sé. Es un error no equivocarse en la vida, la calle entonces yendo a un lugar llega a otra parte.
La calle es la Rúa de París, la avenida Insurgentes, las mil avenidas Hidalgo de nuestras ciudades donde se dan encuentros y desencuentros entre los ciudadanos. Ves al que la debe la paga, al cobrador con su espantoso gafete y cambias la charla a otra parte.
Quien tiene calle sabe- sin morder camisa- por cuál lado masca la iguana, pues es igual o peor que aquel que de pronto, caguama en mano, con oxidado machete, aparece siendo las doce de la noche.
Ahí viene el Uber, ya me voy, informa un muchacho. Yo aquí me quedo compadre le comento, con semáforo en rojo.
HASTA PRONTO




