El rumbo de la economía lo define un rasgo central. La gran mayoría de las empresas en el país son micro y pequeñas, y dentro de ese universo predominan los negocios de muy baja escala: establecimientos con pocos trabajadores, operación limitada y escasa capacidad de inversión. Este rasgo define mucho más que el tamaño del tejido empresarial. Define la forma en que la economía crece, el tipo de empleo que se genera y, en última instancia, el nivel de ingreso que puede alcanzarse.
El tamaño de las empresas no es un factor determinante directo de la productividad. En economías donde predominan las empresas medianas y grandes, la producción tiende a organizarse con mayor eficiencia. Hay acceso a tecnología, capacidad de inversión, posibilidad de innovar y condiciones para integrarse a mercados más amplios. Todo eso eleva el valor generado por el trabajador.
En México, la lógica es distinta. La base empresarial está fragmentada en millones de unidades productivas que operan con recursos limitados, en mercados altamente competitivos y con escaso margen para diferenciarse. Son negocios que funcionan, pero difícilmente escalan. Su objetivo principal no es expandirse, sino mantenerse.
Esto tiene implicaciones claras sobre el ingreso. Cuando una economía se apoya mayoritariamente en unidades de baja escala, el valor que puede generar cada trabajador disminuye. No porque falte esfuerzo, sino porque las condiciones de producción no lo permiten. La productividad no depende únicamente de la intensidad del trabajo, sino también del entorno en el que se realiza.
En ese contexto, el predominio de pequeños negocios no es una anomalía, es una respuesta. Es la forma en que millones de personas se insertan en una economía que no ofrece suficientes espacios en los sectores más productivos. Ante la ausencia de alternativas, el autoempleo y los micronegocios se convierten en la vía más accesible para generar ingresos.
El problema es que esa solución individual no aborda el problema estructural. Cuando la mayoría de las unidades económicas opera a pequeña escala, la economía en su conjunto enfrenta límites para crecer. Cada negocio compite por una porción reducida del mercado, con márgenes estrechos y una baja capacidad de acumulación. El resultado es una estructura en la que el esfuerzo se dispersa y el crecimiento se diluye.
Esto también ayuda a entender por qué muchos negocios no avanzan hacia la formalidad. La informalidad no es únicamente una decisión; es una condición que refleja limitaciones. Formalizarse implica asumir costos que, en muchos casos, exceden la capacidad operativa de las unidades económicas pequeñas. En ese sentido, la informalidad forma parte de la misma estructura de baja escala.
El contraste con economías en las que las empresas crecen es evidente. En esos entornos, las unidades productivas aumentan su tamaño, incorporan tecnología, mejoran sus procesos y generan empleos mejor remunerados. El crecimiento empresarial se traduce en crecimiento económico.
En México, ese proceso existe, pero no es dominante. La mayoría de los negocios permanece en el mismo nivel a lo largo del tiempo. No hay un tránsito generalizado de micro a pequeña empresa, ni de pequeña a mediana. Sin ese escalamiento, la estructura productiva permanece prácticamente estática.
Esto limita la capacidad del país para elevar su nivel de ingreso. No se trata únicamente de cuántos negocios existen, sino de qué tan capaces son de generar valor. Una economía puede tener millones de unidades productivas y, al mismo tiempo, enfrentar dificultades para crecer si esas unidades no logran aumentar su productividad.
Por eso, el problema no es la falta de emprendimiento. México es un país donde se emprende constantemente. El problema es que ese emprendimiento se desarrolla en condiciones que dificultan su crecimiento.
La discusión pública ha tendido a centrarse en la creación de nuevos negocios como motor de desarrollo. Pero crear no es lo mismo que escalar. Sin condiciones para crecer, la multiplicación de unidades económicas no se traduce necesariamente en un mayor valor agregado.
El punto central no está en cuántos negocios hay, sino en cuántos logran crecer.
Mientras la mayoría permanezca en niveles de baja escala, la economía seguirá enfrentando la misma restricción: una base amplia de actividad productiva con capacidad limitada para generar ingresos altos de manera sostenida.
México no es un país sin iniciativa. Es un país donde millones de personas generan actividad económica todos los días. Pero lo hacen en una estructura que dificulta convertir esa actividad en crecimiento acumulado.
Y esa es la diferencia entre una economía que se sostiene… y una que se expande.




