Rafael se despertó más temprano de lo habitual. No sabía por qué, pero algo le inquietaba. Se levantó y se paró junto a la ventana para ver el alba. El sol, esa mañana, parecía más un presagio de tristeza que la promesa de un día primaveral.
—Buen día, viejo amigo —murmuró mirando el horizonte—. Vamos, que el día quiere empezar.
Tomó el pequeño celular que le había regalado el menor de sus hijos y cumplió con su ritual diario: enviarles un saludo. Era la señal de que todo iba bien. “Cuando no los salude, ya saben, buscan al muertero para que venga por mí”, les había dicho alguna vez en tono de broma.
Puso café, se bañó, preparó el desayuno y solo tomó una taza. Siempre tomaba dos, pero ese día algo le apretaba el pecho. Se vistió con cuidado, como si la pulcritud pudiera ordenar lo que sentía por dentro. Se miró al espejo unos segundos. Necesitaba que el hombre que veía ahí le diera ánimo.
Buscó un sombrero y salió a caminar.
Sin darse cuenta, llegó hasta la que había sido su casa. Se detuvo. La miró en silencio. Estaba llena de polvo y recuerdos. Se sentó en la vieja barda de piedra donde tantas veces había platicado con su novia, luego su esposa, luego sus hijos… y muchas otras veces solo, haciendo cuentas con la vida.
Las bugambilias que su mujer había plantado seguían ahí. Durante años las cuidaron juntos. Ahora, entre ramas secas, comenzaban a asomar algunas flores. No eran muchas, pero el color parecía resistirse a salir.
Sentado en la barda, Rafael pensó en su matrimonio. Se había casado queriendo, pero no amando. A su mujer la quiso siempre, de eso no tenía duda. Ella había sido buena, tierna, leal. Estaba seguro de que ella lo había amado. Él la quiso. Pero ahora, tantos años después, entendía la diferencia.
Durante el noviazgo y parte del matrimonio le llevó serenatas, flores, regalos, viajes. Cumplió. Siempre cumplió. Pero en su memoria aparecía siempre la misma idea: había sido como una buena comida sin… sal.
Con el tiempo se fueron alejando. Primero dejaron de contarse cosas, luego de reírse juntos, luego de compartir la cama. Ninguno dijo nada. Cuando los hijos crecieron y se fueron, la casa se volvió demasiado grande para dos personas que ya no tenían mucho que decirse. Ella murió tranquila. Él se quedó en silencio.
Tenía amigos, viajaba de vez en cuando, se reunían y se reían. Pero al regresar a su casa, el silencio lo estaba esperando. Y la vida seguía sabiendo a poco.
Entonces, como si alguien hubiera abierto una puerta que siempre mantenía cerrada, apareció el recuerdo de Elena.
Elena tenía el pelo largo, ojos claros y una risa que llenaba los lugares. Trabajaban en el mismo sitio. Lo miraba como si lo entendiera sin que él hablara. A veces, a la hora de la comida, se sentaba frente a él y le decía:
—Mañana no traigas comida, yo invito.
Y al día siguiente aparecía con algo que ella misma había preparado.
Con Elena no solo había risas y deseo. Muchas noches los sorprendió el amanecer platicando de cualquier cosa. Lo importante no era el tema, era escucharse.
Casi no salían, platicaban, leían, oían música y Elena cocinaba. Le gustaba hacer pasta y le decía a Rafael:
—El secreto está en la sal. El agua tiene que saber a mar.
Aquella relación duró un año y medio. Luego ella se fue a otra ciudad. La vida siguió. Pero Elena se quedó viviendo en algún lugar de su memoria donde el tiempo no pasa.
Rafael sonrió. Pensó que lo mejor había sido no buscarla nunca. Hay recuerdos que viven mejor donde están.
Cerró los ojos. Entonces sintió claramente unas manos sobre sus hombros, acariciándolo suavemente, como ella solía hacerlo. No le sorprendió. Solo respiró hondo y dejó que el recuerdo lo abrazara.
El sonido del celular lo sacó de ese momento. Miró la pantalla. No reconoció el número.
—¿Bueno?
—¿Rafael? Soy Bernardo.
—Bernardo… el hijo de Elena. Nos conocimos cuando yo era niño.
—Bernardo… —respondió Rafael en voz baja.
—Batallé mucho para localizarte.
—Mi mamá murió hace tres semanas.
—Antes de morir me pidió que te avisara. Quería que supieras que ya había partido.
Rafael no dijo nada.
—Gracias por avisarme, muchacho —murmuró al fin.
Colgó despacio.
Elena se había ido. Y con ella, pensó, se iba también la única parte de su vida que había tenido sal, color, propósito.
Sintió un peso antiguo en el pecho y, casi por instinto, levantó la mirada.
Entonces las vio.
Las bugambilias crecían sobre la barda vieja, llena de ramas secas y retorcidas que parecían ya no servir. Pero de entre esa madera cansada brotaban flores intensas, llenas de color, tercas, vivas.
Rafael se quedó mirando las flores largo rato.
Les sonrió.
Luego, se levantó y se fue despacio.




