7 abril, 2026

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Descripción de un efecto Mandela 

CRÓNICAS DE A CALLE/ RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA
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Por Rigoberto Hernández Guevara 

Escribo al ritmo y al compás de la vecina que lava trastes. Mientras distraído voy por la banqueta, copio el sonsonate de los chiquillos del vecindario. Trato de no escribir como los escritores, aunque la palabra me dirige al mismo puerto y quizás no logre evitarlo, eso nunca se sabe.

Escribo para las personas comunes. Escribo para quien me mira y también para mi escribo a diario, rápido como camino, sin corregir estilo. Escribo las charlas que escucho, las conversaciones en las madrugadas de silencio mustio. Me hablo y al escucharme, sin rencores, yo mismo me contesto. 

No estoy pensando en mi. No pienso en nada mientras camino por la banqueta. Encuentro al paso ligeros objetos, pequeñas rondanas aplastadas por vehículos. Siento el aire del que formo parte, firmo mi existencia respirando, consumiendo este maravilloso instante de mis días eternos y libres. 

No sé a dónde dirijo los pasos, en lo que practico el recurrente boxeo de sombra con mi otro yo reflejado en la pared de enfrente. El viento mueve los cabellos como cables sueltos de un poste y eleva papeles como pequeños papalotes sobre casas adyacentes, tangentes y cotangentes, tocantes e intocables. 

No sabría describir el pasado correcto, ni los colores ni el tono de las voces que me hablaron, así como tampoco quiénes, el cuál momento, en qué lugares. No sabría de qué me hablan cuando me explican un libro por mi leído, diría que lo escribió Shakespeare cuando en realidad es un poema largo y novelado de Joyce. Estoy perdido en la ciudad extranjera y extrema de la existencia mínima. Con el poeta Pessoa no puedo aspirar a ser nadie, ni siquiera lograría volver a los sitios que amé o a los que amo. 

Acompaño al semejante indiferente todos con un drama diferente. Me salgo de la Matrix al creer que voy a ninguna patria, a la parte que todavía no existe. Olvidé que estaba actuando, transcurrido el tiempo, conforme al volumen de la gente que como yo camina por la calle, sin darse cuenta. Hasta que ocurre algo distinto, un coche de alta Gama, un sonido con la canción de moda y otra en la guantera para complacer al respetable que sólo desea el silencio utópico. 

Llevo el tanque lleno, y la paradoja es que vacío viajo más rápido. No sé qué pasa ni me interesa, pero no saber también cansa y me diluye en la nada donde caen los privilegiados que han caído muy bajo. Ni ganas de ir al baño como tampoco de andar en una troca me acompañan. Entro y salgo, adentro y afuera soy un millón de milagrosos gérmenes, un ejército cóncavo de una misma imagen. 

Yo desde luego carro me estaciono a un costado de la calle. Humo que respiro, motor 4 X 4 de una tarde de abril. En un abrir de ojos soy reflejo del fondo de una botella, pensamientos perdidos de un extraño. Me busco un buen rato y cuando creo que lo he logrado, resucito igual que Cristo, herido, machacado por un soldado romano. 

Desde una botella pet de refresco descamino los pasos, es un ejercicio nahuatl eso de caminar para atrás de vez en cuando. Escribo con la otra mano como Leonardo, empiezo con los pies el dibujo pensado en las narices de todos y escondo el truco de seguir de pie saludando los domingos a mi taza de café. 

Por algo escribo una respuesta que nadie pregunta. Paso por la ciudad cuya ciudadanía es un compás de guerra y una tregua inquilina en la garganta de vendedores de Chía que cura todos los males de la sacristía. 

Supongo que nada de lo que está pasando es casualidad. Es karma, la consecuencia única de haber nacido, causa y efecto, olvido, Picachu del efecto Mandela, de cosas que nunca sucedieron. Camino conmigo de la mano, camino como con un niño perdido. Camino el único camino.

HASTA PRONTO 

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