16 abril, 2026

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Inflación: cuando crecer también cuesta

FINANZAS FAMILIARES/ANGÉLICA GONZÁLEZ LÓPEZ
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Desde la perspectiva económica, no todo crecimiento representa necesariamente una buena noticia. En este momento, México enfrente un escenario que parece positivo, a primera vista, puesto que se observa mayor dinamismo económico, mejores expectativas y un mercado laboral relativamente sólido. Sin embargo, esta narrativa optimista también muestra algunos contrastes que afectan directamente a los hogares: la inflación.

De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, la economía mexicana crecerá más de los previsto este año. Pero, este crecimiento viene acompañado de niveles de inflación más altos, ya que diversas estimaciones consideran que este fenómeno podría ser de hasta 3.9 por ciento. Por lo que parece que el mensaje es que habrá crecimiento económico, pero éste va a acarrear un costo para los hogares.

Hablando del fenómeno de inflación, los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) muestran que, en marzo de 2026, la inflación anual se ubicó en 4.59 por ciento, lo cual está por encima de lo observado hace un año. Mientras que, a nivel mensual, el incremento fue de 0.86 por ciento, lo que refleja presiones persistentes en los precios.

En relación con el componente subyacente de inflación (el cual refleja la tendencia de largo plazo) se observó un crecimiento anual de 4.4 por ciento, y, el componente no subyacente (asociado a bienes más volátiles como alimentos y energéticos) alcanzó 5.05 por ciento. En particular, los precios de las frutas y verduras aumentaron más de 10 por ciento en un solo mes.

Y, es en este punto en el que la inflación deja de ser un concepto macroeconómico para convertirse en una experiencia diaria, en la que es posible notar que no afecta a todos por igual. Es decir, las familias y hogares no consumen índices, consumen alimentos, transporte, vivienda y servicios. Así que cuando el precio de estos bienes sube el poder adquisitivo se erosiona. Por ejemplo, todos hemos notado el aumento del precio en el jitomate, el cual se ha disparado más de 40 por ciento en un mes.

En este contexto, hablar de crecimiento económico parece perder su significado, porque ¿de qué sirve que la economía crezca si el ingreso real de los hogares no lo hace al mismo ritmo?
La respuesta está en uno de los conceptos fundamentales de la teoría económica: la diferencia entre ingreso nominal e ingreso real. Aunque los salarios pueden mantenerse o incluso aumentar, si los precios crecen más rápido, la capacidad de compra disminuye. Es decir, las familias pueden estar ganando más en términos monetarios, pero comprando menos en términos reales.

Tal como se mencionaba anteriormente, el impacto de la inflación no es homogéneo porque hay hogares con menores ingresos que destinan una mayor proporción de su gasto a alimentos y transporte, que son de los bienes que más se han visto afectados. Esto implica que, en términos relativos, son los más perjudicados.

Así que el dilema actual no es menor. Por un lado, existe un entorno económico que favorece el crecimiento; por otor, persisten presiones inflacionarias que limitan los beneficios. Este equilibrio es particularmente complejo para la política monetaria, ya que el Banco de México enfrenta el reto de contener la inflación sin frenar la actividad económica, en un contexto donde los choques de oferta —como el encarecimiento de energéticos a nivel global— no dependen de decisiones internas.
Esta discusión es más concreta desde el contexto familiar, ya que la inflación redefine decisiones cotidianas sobre qué consumir, cuánto gastar, qué sustituir, y en muchos casos, qué dejar de comprar. Por lo que estas decisiones replantean las estrategias financieras que se tienen actualmente, desde la priorización del gasto hasta la búsqueda de ingresos adicionales.

Así que, más allá de las decisiones individuales, el fenómeno revela una cuestión de fondo: el crecimiento económico, por sí solo, no garantiza bienestar. Para que se traduzca en mejoras reales en la calidad de vida, es necesario que los ingresos crezcan de manera sostenida y que la estabilidad de precios se mantenga.

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