A veces cuando despierto en la madrugada y los vecinos aún duermen escucho aquel barrio que fue. Barrio pobre y joven de unos 15 años que ignoraba con incipientes construcciones lo que le esperaba igual que sus habitantes: el desarrollo comercial, más que el habitacional.
El barrio en vez de fraccionamiento como ocurrió con los vecinos el San José o Valle de Aguayo se convirtió en zona comercial de tantos coches que durante el día pasan por el 16 rumbo al trabajo.
No obstante a esta hora se escucha el silencio que hasta podría ser cruel si se junta con la nostalgia en que un grillo de vez en cuando ameniza el baile. Una salamandra, un salamanqués y un gato enamorado y lejano aúlla ala gata en celo, uno lo sabe. Cerca de este silencio, pienso en eso. Hay sin embargo miles de voces callando, ruidos creando mi universo confundido en el espacio. Soy ahora este silencio por mi escuchado pese a la esporádica sirena intempestiva deslizando el urbano acontecimiento.
El alba sale de la luna y camina rumbo al poniente donde encontrará al sol ardiendo de este hermoso mes de abril. Lo imagino ahora. No es de noche ni de día y no pasa nadie por la calle. Pensar que más de rato entraremos al mundo de la gente y nos platicarán su historia y diremos algo nuevo a un extraño que quizás piense muy distinto con sólo mirarnos.
Creo pronto, casi inmediatamente, desaparecerá para siempre conmigo el presente. Me envolverá el recuerdo y el respetuoso silencio del cual nadie sabe. Mientras, en esta bruma de misterio me leo de nuevo. Ignorando todo, no sé si alguien más que yo aquí en la madrugada esté conectado y consciente de la existencia. Tampoco sabría aún cuando me lo propusiera si el grillo está consciente de su canto como una gota de agua incansable.
En la penumbra soy consciente también de lo que soy. Un mapa móvil, un punto perdido en el universo. Si no me veo no existo y tengo que moverme para decir una palabra que realmente me dibuje.
Me pregunto si sigo aquí o estoy soñando y esta es una pesadilla. Tal vez despierte comprando unos cigarros, con el tiempo movido en todos lados, con los ojos parpadeando los minutos, volviendo al mundo volcado al final del día en redes, entre voces inexplicables, fundidas por el sonido del abanico y un refrigerador medio viejo pero vivo, como uno.
Los vecinos- los que todavía sobrevivimos, el resto mudó a fraccionamientos más tranquilos y precisos para un hogar – nos hemos acomodado en el ruido de camiones distribuidores, coches que se mueven de una y otra escuela en este lugar, Uber entregando y llevando mandados.
Muchos vendieron las propiedades que heredaron de los viejos, traileros, oferentes del mercado, maestros, burócratas, para ir en pos de un lugar tranquilo. Otros remodelaron para abrir paso a oficinas, lavanderías de ropa, estéticas, locales cuyo giro ha variado conforme se ha necesitado.
Ahorita es de madrugada, puedo darme el lujo de pensar con holgura en lo que el urbanismo y el desarrollo nos arrebató, además de la plusvalía que a cambio nos atorgó. Y no está mal. A esta hora puedo filosofar, escuchar el rumbido de un helicóptero mínimo que es un zancudo antes del manotazo devastador de mi cuerpo en el aire. Puedo fingir ser o no ser, estar o no estar. Soñar y disfrutar la ciudad que fue hace unos 30 años en este lugar.
Es claro que no me veo en el futuro de este sitio. No veo coches volando como decían cuando chico o quizás la gente vivirá en el espacio y contemplará a la distancia este planeta. Eso por ahora no se sabe.
Pero es madrugada y estoy consciente, apenas doy cuenta del tiempo que no existe, aunque sin el resabio leve, mustio y silencioso del cielo volviéndose blanco, el día despierta como la voz de un chiquillo en el antiguo vecindario.
HASTA PRONTO




