23 abril, 2026

23 abril, 2026

La sucesión ya empezó

En Público/Nora Marianela García Rodríguez
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La elección de gobernador en Tamaulipas es en 2028; los partidos ya mueven fichas desde abril de 2026, y quien crea que la sucesión comienza cuando se imprimen las boletas no conoce cómo funciona el poder en este estado, ni en ningún otro.

La carrera ya comenzó, los tableros ya están abiertos, y la pregunta que nadie formula en voz alta es la que más importa: ¿qué perfil necesita Tamaulipas, o simplemente recibiremos al que el partido decida?

El doctor Américo Villarreal Anaya cursa su cuarto año de gobierno, lo que en la lógica política mexicana significa una cosa concreta: quien conduce Morena Tamaulipas también tiene influencia decisiva sobre quién viene después, de ahí que las mesas de análisis de perfiles ya operen con el gobernador como primer morenista del estado y árbitro informal del proceso.

Los nombres que circulan son varios; entre los más mencionados están Olga Patricia Sosa Ruiz, senadora de la República con trayectoria reconvertida al morenismo; José Ramón Gómez Leal, senador y ex delegado federal en la entidad; Erasmo González Robledo, presidente municipal de Ciudad Madero, y Carlos Peña Ortiz, alcalde de Reynosa, el municipio más poblado del estado, con una familia política que acumula cuatro periodos consecutivos en ese ayuntamiento.

A ese mapa se suma un dato reciente: en círculos políticos de la capital se menciona a Eduardo Gattás, alcalde de Ciudad Victoria, cuya imagen habría sido trabajada en el entorno cercano a la presidenta Claudia Sheinbaum, aunque sus dos administraciones municipales generan opiniones encontradas.

La oposición enfrenta un problema estructural más serio que la falta de candidatos, a saber, la falta de proyecto. César Verástegui sigue en el mapa con trayectoria acumulada, aunque su derrota en 2022 no fue solo electoral sino narrativa: el panismo tamaulipeco llegó a esa contienda sin una propuesta de gobierno diferenciada, apostó a la maquinaria y perdió frente a un voto de cambio que no requirió convencer, sino simplemente aparecer.

Tres años después, el PAN no ha resuelto esa deuda; deberá definir si apuesta por un perfil propio o construye una nueva alianza, en un contexto donde el tricolor ya no garantiza votos sino apenas estructura operativa en municipios que el propio PRI tampoco gobierna.

El problema de fondo es que una victoria opositora en 2028 no resolvería por sí sola la contradicción estructural del estado; cambiaría el partido en turno, no el modelo, porque el modelo, esa combinación de economía de exportación con salarios de subsistencia y servicios públicos precarios, ha sobrevivido tanto a los gobiernos panistas como al morenismo actual sin que ninguno lo haya cuestionado en serio.

Movimiento Ciudadano, que en 2022 obtuvo apenas el 3.1% de la votación estatal según el IETAM, tendría que construir presencia territorial real antes de presentarse con candidato viable, algo que hasta ahora no ocurre.

La pregunta de fondo no es quién mueve fichas más rápido, sino qué modelo de gobierno representa cada uno, porque el estado que recibirá el próximo gobernador no es el del discurso de glosa.

Según datos del INEGI, en 2023 Tamaulipas fue la quinta entidad exportadora del país, con 34,277 millones de dólares en ventas al exterior, lo que representa el 6.4% del total nacional; el 43.5% del flujo comercial carretero entre México y Estados Unidos cruza por la entidad, principalmente por Nuevo Laredo y Reynosa, según la Secretaría de Economía.

Esas cifras son reales, y también lo es lo que no dicen: el centro y el sur del estado siguen rezagados en infraestructura, servicios y salario; la Cruz Roja colapsó en nueve delegaciones en 2025, y el salario promedio mensual en Tamaulipas no superó los 8,610 pesos en el primer trimestre de ese mismo año, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI.

Un estado que exporta electrónica de punta desde Reynosa mientras sus trabajadores ganan menos de cuatro dólares al día no tiene un problema de crecimiento; tiene un problema de distribución, y ese problema no se resuelve solo cambiando de gobernador.

Hay un patrón que se repite en cada sucesión tamaulipeca y conviene nombrarlo con precisión: Tamaulipas no elige gobernadores, los recibe; los elige el partido en turno, el gobernador saliente, el centro del poder federal, o la combinación de los tres; el ciudadano ratifica o castiga después, pero rara vez inicia.

Esa mecánica explica por qué ninguno de los perfiles en circulación ha articulado todavía una respuesta a la contradicción entre el dinamismo exportador del estado y la precariedad salarial de quienes lo sostienen; lo que se observa, en cambio, es la lógica de siempre: posicionamiento mediático, gestión de lealtades, acumulación de capital político dentro del partido.

La ciudadanía, en ese esquema, no es el origen del mandato sino el destinatario final de una decisión ya tomada entre cúpulas.
Si en 2028 llegamos a la boleta sin haber discutido qué hacer con la brecha entre las exportaciones récord y los salarios de subsistencia, entre el liderazgo industrial y el colapso de los servicios básicos, no habremos elegido gobernador; habremos avalado, una vez más, que otros decidan por nosotros.

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