24 abril, 2026

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El fin de un entramado

HORA DE CIERRE / PEDRO ALFONSO GARCÍA RODRÍGUEZ
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La salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia nacional de Morena corresponde a un camino construido por AMLO al final de su sexenio, que por naturaleza tarde o temprano terminaría por desmoronarse conforme avanzara el sexenio de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.
Durante el proceso de selección de candidata y candidatos a la presidencia del país, mejor conocido como el desfile de corcholatas, las fricciones que surgían entre aspirantes y suspirantes eran minimizadas desde las conferencias matutinas.
Los caprichos de Adán Augusto, los atrevimientos de Monreal, las constantes quejas de Marcelo Ebrard, las ocurrencias de Gerardo Fernández Noroña, los arreglos en lo oscurito del «Güero» Velasco y el sparring al que frecuentemente exponían a la ahora presidenta Claudia Sheinbaum Pardo: todo formaba parte de una dinámica controlada desde el poder.
En la sombra y en paralelo a su padre, Andrés Manuel López Beltrán influía directamente en el ordenamiento de las jerarquías morenistas por orden de cercanía al entonces presidente, y sentó las bases para la «herencia» de personajes que en esta parte inicial del sexenio padeció y aún padece la presidenta.
En el «arreglo» entre las corcholatas, y ya como candidata, la presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que pactar la permanencia de obradoristas en el poder y en su equipo de trabajo, además de algunas gubernaturas.
Era el tributo que Sheinbaum Pardo tenía que pagar al entonces presidente Andrés Manuel López Obrador y a sus hijos para poder aspirar a la presidencia del país.
Los desaires fueron constantes y la campaña presidencial de Sheinbaum Pardo se llevó a cabo bajo un inédito control desde Palacio Nacional en cada rincón del país, y obviamente sin excluir a los socios.
El más claro ejemplo es el del general Audomaro Martínez, inseparable de AMLO desde la campaña presidencial de 2006 y ahora señalado de presuntos vínculos en la red de contrabando de «huachicol fiscal» perseguida por autoridades nacionales y estadounidenses.
Todos tuvieron su premio de consolación, todos intentaron la perpetuidad política y en algún momento llegaría su fin.
Las condiciones se respetaron: Adán Augusto a dirigir el Senado; Monreal, San Lázaro; Ebrard, en Economía; Fernández Noroña, al Senado; y Manuel Velasco como parte del Plan B, ahora fuera de control.
Se sumaron otros puestos, entre los que destacan Mario Delgado en la Secretaría de Educación Pública, Zoé Robledo aún en el IMSS-Bienestar pese al desastre que prevalece en la dependencia, y la dirigencia de Morena a Luisa Alcalde.
Las lecturas de inicio eran múltiples, como el acceso al presupuesto y al poder. Pero el objetivo principal, como joya de la corona, era el control total de Morena, de sus procesos de selección y obviamente de elección de candidatos.
En Tamaulipas, por ejemplo, tanto Mario Delgado como Adán Augusto López, de la mano con José Ramón Gómez Leal, arreglaron candidaturas a diestra y siniestra, entre las que destaca la de Carlos Peña Ortiz, actual alcalde de Reynosa.
En el caso de personajes como los exalcaldes Mario López en Matamoros y Adrián Oseguera en Madero, sería incomprensible su actitud frente al recién llegado gobernador Américo Villarreal Anaya si no fuera por el respaldo de figuras como Adán Augusto y Audomaro Martínez.
O el control que mantuvo —y que persiste— José Ramón Gómez Leal en el aparato federal de Bienestar.
Es la ruptura de una red de intereses del obradorismo que trascendía el control del presupuesto público.
En el caso de la frontera tamaulipeca, el trasiego de «huachicol fiscal» proveniente de Estados Unidos.
La salida de Luisa Alcalde, en medio de un ambiente de evidente tensión con la presidenta, es el cambio de estafeta en el control del partido. La coyuntura de la relación bilateral con Estados Unidos forzará, además, una depuración más por los políticos que mantiene en su lista negra, la mayoría relacionados con AMLO.
En el caso de Tamaulipas, por ejemplo, el proceso de selección de candidaturas a partir de las regidurías podría someterse a un escrutinio previo para impedir la llegada de figuras cuestionadas y reclamadas por las autoridades estadounidenses.
Ante una posible embestida legal de morenistas como mecanismo desestabilizador, el control del proceso quedaría en manos de la presidenta y de su equipo de trabajo.
Es el fin de esa herencia obradorista bajo el argumento de la «continuidad» de los cuadros cuatroteístas, al final élite obradorista. Y es el inicio de un profundo proceso de renovación partidista con el fin de evitar la catástrofe del partido, como sucedió durante las pasadas dos décadas con el PRI.
Termina el entramado orquestado por el círculo rojo obradorista; inicia una depuración política que se podría considerar al final como una transformación más de las que tanto presume Morena.
Y también abre la cerca en la que AMLO mantuvo a los oligarcas priistas, que nuevamente pueden extender sus tentáculos en las redes de poder de todo el país.
@pedroalfonso88

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