24 abril, 2026

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Se encarece 60% producir la tierra

En la última década aunado al alto costo de los insumos para producir, se ha reducido los márgenes de utilidad para los productores.
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Por Antonio H. Mandujano
EXPRESO-LA RAZON

Lo que antes permitía sostener a una familia con cierta estabilidad, hoy exige inversiones significativamente mayores para obtener prácticamente los mismos rendimientos, en un contexto donde los precios del maíz y el sorgo no crecen al mismo ritmo que los costos de producción.

De acuerdo con datos del sistema de costos de FIRA (Fideicomisos Instituidos en Relación con la Agricultura), este encarecimiento es evidente: mientras que en el ciclo otoño-invierno 2015-2016 producir una hectárea de maíz en el norte de Tamaulipas costaba alrededor de 20 mil 242 pesos, para el ciclo 2025-2026 el costo se elevó a 28 mil 685 pesos, lo que representa un incremento cercano al 42 por ciento.

El impacto es aún más severo cuando se analiza por unidad de producción. Hace una década, el costo por tonelada pasó de 3 mil 21 pesos a 4 mil 781 pesos, es decir, un aumento superior al 58 por ciento, lo que refleja una presión directa sobre la rentabilidad del productor.

De acuerdo con un análisis de datos recabados por Expreso y contrastados con especialistas del sector y autoridades de la Unión Agrícola Regional del Norte de Tamaulipas (UARNT), el principal golpe ha recaído en los insumos: fertilizantes, semillas, agroquímicos y combustibles, que hoy representan la mayor carga económica.

Uno de los incrementos más significativos corresponde a los fertilizantes, pieza clave en la producción agrícola. Tan solo en el ciclo 2025-2026, este concepto alcanza los 5 mil 540 pesos por hectárea, equivalente a cerca del 20 por ciento del costo total, consolidándose como uno de los rubros más pesados en la estructura de gastos.

Este comportamiento responde a variaciones abruptas en sus precios durante los últimos años, con aumentos acumulados que en algunos casos superan el 100 por ciento respecto a hace una década.

A ello se suma el encarecimiento del diésel —indispensable para la preparación del terreno, la siembra y la cosecha—, cuyo precio prácticamente se ha duplicado en comparación con 2015, impactando cada etapa del proceso productivo.

Asimismo, las semillas mejoradas han elevado la inversión inicial, mientras que los plaguicidas y agroquímicos han registrado incrementos de entre 30 y 60 por ciento. Ante este panorama, algunos productores han optado por reducir su uso, aun con los riesgos que esto implica para sus cultivos.

La comparación general es contundente: hace una década, sembrar una hectárea de maíz en temporal podía costar entre 8 mil y 12 mil pesos; hoy, ese mismo proceso requiere entre 14 mil y 20 mil pesos. En el caso del riego, el aumento es aún mayor, al pasar de alrededor de 15 mil a más de 30 mil pesos por hectárea.

Para el sorgo, cultivo clave en Tamaulipas, los costos también prácticamente se han duplicado en el mismo periodo.

Sin embargo, el problema no se limita al incremento en la inversión.

El precio de venta del grano no ha crecido en la misma proporción, lo que ha reducido de forma considerable los márgenes de ganancia.

En el mejor de los casos, los productores obtienen utilidades de entre 10 y 20 por ciento; sin embargo, en muchos escenarios apenas logran recuperar lo invertido e incluso enfrentan pérdidas cuando las condiciones climáticas no son favorables.

A este panorama se suma la incertidumbre por factores externos como la sequía, los cambios en los mercados internacionales y la dependencia de insumos importados, lo que deja al productor en una posición vulnerable ante cualquier variación de precios.

El costo que no siempre se cuenta: agua y manejo del suelo
A lo anterior se agrega un componente que rara vez se incorpora de forma completa en los análisis: el costo del agua y las limitaciones que enfrentan los productores tanto en temporal como en riego.

En zonas de temporal, especialistas advierten que el encarecimiento de los insumos ha obligado a reducir prácticas clave para la captación de humedad, lo que impacta directamente en el rendimiento de los cultivos.

En municipios como San Fernando y Méndez, por ejemplo, hay casos donde la preparación del suelo se limita a lo indispensable —apenas un par de rastreos— para poder sembrar, con las consecuencias productivas que esto implica.

En el caso de la agricultura de riego, si bien existe una ventaja hídrica, esta también representa un costo adicional que pocas veces se visibiliza en su totalidad.

Las cuotas por el uso del agua pueden oscilar entre mil 800 y 2 mil pesos por hectárea, convirtiéndose en otra carga dentro de una estructura de costos ya presionada.

Especialistas señalan que la idea de que el riego garantiza mejores condiciones productivas no siempre considera que ese acceso al agua implica una inversión constante, que se suma al resto de los gastos operativos.

A ello se añade la reducción de apoyos que anteriormente ayudaban a amortiguar estos costos, como subsidios al diésel, esquemas de aseguramiento agrícola y financiamiento más accesible a través de la banca de desarrollo, lo que ha dejado al productor con menor margen de maniobra en un entorno cada vez más exigente.

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