Soy de la generación que no se rajá papá . De la que nuestros padres, si nos portabamos mal, nos pegaban con una reata mojada y nos ponían a remojarla, nos rayaban la espalda con un cinturón hecho garras.
Y portarse mal era algo así como faltar el respeto a un mayor, contestar, interrumpir cuando otro estaba hablando, no hecer caso al primer llamado de mamá, no se contaba hasta tres y nadie se salvaba. Había ocupaciones ineludibles en casa para niños y niñas aparte de las tareas.
Y sin embargo nos rifábamos el físico saliéndonos de clase, saltando la barda, rayando los bancos, peleando a mano limpia o a batalla campal de mochilazos. Mascando chicle totito chicle balón. Salir reprobados es un tema del que no estamos hablando, boleta en mano, reprobado nadie quería llegar a casa, y pasaron los hechos y de ahí los años.
En los salones siempre había un chavo con un brazo quebrado caído de un árbol. Uno que portaba un grano en la mano y duraba meses mientras supuraba y a nadie sorprendía otro que traía descomunal descalabrada. Se podía echar una moneda de tostón a la alcancía. Había niños más grandes que todos y parecían tener 18 años.
Nos regañaban si íbamos a chismear, a rajar leña. En la escuela cada niño sacaba detrás de la oreja su propio mecanismo de defensa. Había una herramienta para cada ofensa ante el bullying. Niños grandes que por alguna razón protegían a los más pequeños. Niños que tiraban paro, como pequeños boxeadores se formaban al fragor de las batallas a la hora del receso.
Había chipote con sangre sea chico o sea grande y nadie se metía en un pleito uno contra uno después del que escupía primero. Los castigos de las maestras y maestros variaban según el profe o el daño: estar de pie frente a los compañeros durante la clase, no salir al recreo, hincarse con un ladrillo en la mano, pararse de puntas por un rato, una hora digamos, nos daban en las nalgas con un chechevel, un reglazo en el ves o en el revés de la mano, un coscorrón duro y seco incluía una jalada de cabello, cuando te mandaban a la dirección sabias que ya había valido máuser.
Bebimos agua de la manguera con la que «Chicho», el conserje, regaba el patio de tierra suelta, polvo de tantas carreras. Las mamás jóvenes aún, hacían milagros con el jabón ariel y cloro para que al día siguiente lleváramos el uniforme como si nada hubiera pasado. Y el mundo era nuestro de nuevo, con los aplicados y los que pasábamos de panzaso, con los que no tenían zapatos y los que portamos huaraches del mercado.
Éramos los niños de libros en bolsas naylon, redes que se usaban para el mandado, en un mundo donde pocos conocían los tenis, camisa lullida, desgastada y qué tiene, todos en un mundo de iguales.
Quizás por eso en corto nos aprendimos las tablas al derecho y al revés, y el abecedario de memoria y lo que fuera necesario. Uno se volvía un hombre fuerte con padres que trabajaban de jornaleros y construían lo que hoy es la ciudad. La tristeza nos duraba en lo que pasaba un compañero en la tarde para ir a los columpios que estaban en el estadio, a jugar con pelota de agua y hule en el Patinadero. A rifar una barrida con muslo sangrando, a meter goles con todo y portero y portería improvisada. Y nadie decía nada.
El mundo era nuestro y no lo sabíamos. En algún sitio del siglo pasado se quedó pensando. Cuando llovía y nos mojábamos sin andar moqueando ni buscando al Dr. Simi, si faltar a la escuela ni un solo día del año y no por eso merecíamos un premio.
Hoy reconozco que soy de la generación que no se raja, que no me sé rajar aunque este oscuro, que no puedo fallar, ni darme el lujo de perder ninguna batalla por mínima que esta sea.
HASTA PRONTO




