26 abril, 2026

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La vida detrás de la carpa: crecer, arriesgar y soñar dentro del circo

En el Fantastic Soleil Circus, recién llegado a Ciudad Victoria, cada función es el resultado de años de disciplina, tradición familiar y una forma de vida que pocos conocen
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Por Raúl López García
Fotos: Jorge Castillo

CIUDAD VICTORIA, TAM.- Cuando las luces se encienden y la música invade la carpa, el público solo ve el brillo: acróbatas suspendidos en el aire, motocicletas desafiando la gravedad y artistas capaces de arrancar asombro en cada acto. Pero detrás de esa magia existe otra realidad: la de familias enteras que nacen, crecen y construyen su vida dentro de un circo.

En el Fantastic Soleil Circus, recién llegado a Ciudad Victoria, cada función es el resultado de años de disciplina, tradición familiar y una forma de vida que pocos conocen. Ahí, entre remolques, ensayos y viajes constantes, niños y adultos comparten una misma vocación: vivir para el espectáculo.

Kiria, conocida en la pista como “La diosa de Venus”, lleva dos décadas caminando sobre la cuerda floja. Su acto desafía el equilibrio al cruzar un cable de cinco metros usando tacones, a más de dos metros de altura. Sin embargo, para ella lo extraordinario no es caminar en el aire, sino haber nacido en un ambiente donde el circo es herencia.

“Soy quinta generación de familia circense”, cuenta. Sus padres, originarios de Colombia, llegaron a México para trabajar en el espectáculo y después fundaron su propio circo. Ahí comenzó todo. Desde pequeña vio a sus padres en la pista y decidió seguir sus pasos.

Esa es una constante en la vida circense: los hijos crecen viendo a sus padres actuar, y poco a poco adoptan el mismo sueño. En vez de patios, juegan entre cuerdas, bicicletas y estructuras metálicas; en vez de imaginar profesiones, observan cada día el oficio familiar.

Kiria ahora es madre, y reconoce en sus hijos la misma fascinación que tuvo de niña. Su hijo de tres años ya imita a los motociclistas del “globo de la muerte”, pedaleando como si estuviera dentro de la esfera metálica. “Lo traen en la sangre”, dice.

La vida en el circo también significa movimiento constante. Permanecer un mes en una ciudad y luego partir a otra es parte de la rutina. Para muchos podría ser agotador, pero para quienes nacieron bajo la carpa representa libertad.

Viajar de ciudad en ciudad les permite conocer culturas, gastronomías y personas distintas. “Llegamos a una ciudad y buscamos recorrerla, conocer su comida y sus lugares”, relata Kiria, quien considera que esa posibilidad de viajar es una de las partes más hermosas de ser artista circense.

Sin embargo, esa libertad exige disciplina. Un acto como caminar sobre la cuerda no depende solo del talento: requiere al menos dos horas diarias de entrenamiento, además de ensayos adicionales cuando se integran nuevas acrobacias. Detrás de cada aplauso hay horas de práctica silenciosa.

Pero la tradición circense también ha tenido que transformarse. Durante décadas, los animales fueron una parte esencial de la experiencia; hoy han desaparecido casi por completo de las pistas. Kiria recuerda con nostalgia esa etapa en la que convivían con tigres, caballos, elefantes y jirafas.

Aunque su empresa nunca dependió de animales, reconoce que crecer cerca de esas especies era una experiencia única. “Mis hijos ya no van a poder vivir eso”, lamenta. La transición obligó a muchos circos a reinventarse y a centrar todo el espectáculo en el talento humano.

Ahora, el reto no solo es llenar la pista, sino competir con celulares, redes sociales y plataformas digitales. La promoción cambió radicalmente: los perifoneos y anuncios tradicionales quedaron atrás, sustituidos por campañas en Facebook e Instagram.

Para los artistas, mantener vivo el circo significa defender uno de los pocos espectáculos familiares que aún ofrecen convivencia directa, emoción compartida y la posibilidad de desconectarse durante un par de horas.
“Queremos que las familias vuelvan a vivir esa emoción y que, aunque sea por un rato, olviden sus problemas”, explica Kiria.

Esa pasión también se refleja en los más jóvenes. Mateo, de apenas 13 años, ya participa en uno de los actos más arriesgados: el Globo de la Muerte, donde motociclistas giran dentro de una esfera metálica a gran velocidad.
Comenzó a entrenar a los cinco años inspirado por su familia. “Vi a mis papás y dije: yo quiero ser motociclista”, cuenta con naturalidad. Para él, la vida en el circo no es extraordinaria, sino cotidiana: ensayar por la mañana y por la noche, viajar y salir a la pista.

Lo mismo ocurre con Valentina, de 12 años, quien participa en actos cómicos y también forma parte de esa nueva generación criada entre bastidores. Ambos hablan con sencillez de una rutina que para otros sería impensable: crecer viajando, haciendo amigos en cada ciudad y recibiendo aplausos desde niños.
“Se siente muy bonito”, dice Mateo sobre la reacción del público tras un acto peligroso. Esa emoción parece ser la recompensa que justifica el esfuerzo.
La vida en un circo está lejos de ser solo lentejuelas y reflectores. Es una existencia itinerante, de disciplina temprana, de riesgos medidos y de familias que convierten el espectáculo en hogar.

Mientras el público observa la magia durante dos horas, detrás de cada acto hay historias de infancia entre remolques, madres que heredaron la tradición y niños que aprenden a desafiar el miedo antes que muchos a andar en bicicleta.
En tiempos donde casi todo cabe en una pantalla, el circo sigue resistiendo como un espectáculo vivo y humano. Y quizá esa sea su verdadera magia: recordar que todavía existen familias enteras dedicadas a provocar asombro, viajando de ciudad en ciudad para mantener encendida una tradición que se niega a desaparecer.

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