26 abril, 2026

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Las mutaciones del presidencialismo mexicano

El mundo de nunca jamás/Pedro Alfonso García Rodríguez
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Una de las máximas en los momentos más dominantes en la historia del presidencialismo mexicano era la de no criticar a la Virgen de Guadalupe, al Ejército Mexicano y al presidente de la República.

Durante más de setenta años de régimen priista, por agotamiento, por los excesos del poder y principalmente por las crisis económicas, la figura presidencial quedó reducida a su mínima expresión tras el fin del sexenio del expresidente Enrique Peña Nieto.

Su gobierno, constantemente debilitado por los cuestionamientos de un priismo reprobado en todo el país y la evidente corrupción en su equipo de trabajo, redujo la figura del presidente a un papel protagónico de una mala telenovela.

Pero la crisis de la figura presidencial en un sistema político como el mexicano, que trasciende la partidocracia, fue una consecuencia de la apertura democrática que propició el desmoronamiento del desarrollo estabilizador y las constantes crisis económicas.

El manotazo de la investidura se dio durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari y continuó en un nivel de degradación hasta la llegada de Andrés Manuel López Obrador al poder en 2018.

Y casualmente, con la llegada de la 4T al poder, el presidencialismo mexicano revivió, recuperó fuerza mientras el país ha dado un vuelco al autoritarismo e, igual que en el pasado, de partido.

Durante la era priista, el buen tejido del poder entre gremios, el sector productivo y las paraestatales, el esplendor del priismo como modelo de partido giró siempre en torno al presidencialismo mexicano.

La suma de todas las fuerzas se mantuvo a disposición de la voluntad presidencial, espectro que abarcaba a los estados y municipios aun si eran gobernados en su momento por la oposición. Al final, la hegemonía del partido del poder era permisiva en repartir cuotas de poder a otras fuerzas políticas, pero dosificadas.

Tres sucesos en orden prácticamente simultáneo degradarían al presidencialismo mexicano tras su bocanada de oxígeno en la era salinista.

La sana distancia impuesta por Zedillo, el triunfo de las izquierdas con el PRD en 1997 en la Ciudad de México y la «cereza en el pastel» con el triunfo en la elección presidencial de 2000 con Vicente Fox.

Otro partido llegó al poder, con todas las consecuencias que conllevaría.
Si bien Zedillo colapsó al partido por su indiferencia y la autofagia de su cúpula, aún permanecieron los remanentes a nivel nacional, principalmente en todos los estados del país.

Las instituciones, además, fueron compuestas a lo largo de siete décadas y los tentáculos del corporativismo se encontraban desde su parte medular.
Una de las iniciativas más importantes desde el gobierno de Vicente Fox, además para legitimar su gobierno, fue la creación de institutos como el Federal de Acceso a la Información (después bautizado como INAI).

La función de la institución al final fue la de legitimar mediante información fidedigna los señalamientos entre fuerzas políticas, y empoderó a la ciudadanía a consultar, cribar y analizar la información disponible, lo que propició el escrutinio público.

La rivalidad de las izquierdas cardenistas y obradoristas con el priismo propició que el gobierno de Vicente Fox conservara la suficiente legitimidad, y al no contar con la suma de fuerzas necesaria para emprender frentes políticos de mayor calado, respaldó su fuerza con la iniciativa privada, de donde provenía y a quien rendía pleitesía.

El papel de la iniciativa privada fue fundamental, además, para orquestar la guerra sucia en contra del obradorismo y dar inicio a una rivalidad política entre el obradorismo y el PAN tras el desenlace de la elección presidencial de 2006.

La crisis electoral, de mayor proporción comparada con la de 1988, resquebrajó la fuerza del presidencialismo mexicano, lo sometió a los grupos sobrevivientes del segundo conflicto del PRI con la pelea entre el excandidato presidencial Roberto Madrazo Pintado y los eternos aliados del partido, y probablemente uno de los más fuertes: el magisterio mexicano.

Y el ambiente de ingobernabilidad por la movilización obradorista que reclamaba fraude electoral permitió que los grupos priistas que quedaron a merced de poderes locales, regionales y estatales aumentaran su fuerza e incluso fuera de sus dominios, lo que se convirtió en una bomba de tiempo.

Bomba que terminó por detonar, y con creces, durante el gobierno de Felipe Calderón, que comprendió muy bien que la única forma de fortalecer la investidura presidencial era mediante el apoyo del Ejército Mexicano, de la Marina y del gobierno de Estados Unidos.

El presidencialismo mexicano recobró fuerza y con esteroides. Con el control de las fuerzas federales y la legitimación al momento de controlar el aparato de justicia, logró imponer la voluntad presidencial nuevamente, pero a un costo muy alto con los cientos de miles de muertes que provocó en todo el país, además de las desapariciones forzadas.

La ausencia de un Estado benefactor, la nula regulación a la iniciativa privada y las constantes arremetidas políticas por parte del obradorismo orillaron al calderonismo a entregar la estafeta de poder al «nuevo PRI».

Una nueva generación de exfuncionarios, exgobernadores y excongresistas que encumbraron a Enrique Peña Nieto al poder, con la fortaleza de contar con el quórum legislativo gracias al PAN y su periferia.

Pero el ejercicio del poder del nuevo PRI ya no fue el mismo al de antaño. Las fisuras internas eran evidentes, los problemas del país se sumaban con el agregado de los estragos de la guerra en contra de la delincuencia organizada.

La triangulación del calderonismo con el ejército y autoridades y actores políticos estadounidenses dejó bien definido el camino del destino que debía tomar aún el Estado mexicano para resolver la crisis de inseguridad.

Y en buena parte era la de encarcelar a muchos de los aliados que permitieron el regreso del PRI al poder del país.

El gobierno de Enrique Peña Nieto no controlaba a los priistas jurásicos, no controlaba al Ejército Mexicano y su relación con el gobierno de Estados Unidos fue prácticamente catastrófica.

Quedó para la memoria pública la decisión de Luis Videgaray de anticipar el posible triunfo de Donald Trump, y así sucedió.

Por otra parte, el calderonismo logró lo planeado. Poco a poco cayeron gobernadores y exgobernadores priistas por sus vínculos con la delincuencia organizada y por corrupción.
Medidas que propiciaron la llegada de panistas a las gubernaturas, como llegó Francisco Javier García Cabeza de Vaca, por cierto muy relacionado al cabildeo bilateral entre las autoridades estadounidenses y mexicanas en el combate a la inseguridad.

Pero el quiebre al interior del PAN, además del fortalecimiento del obradorismo por el fracaso transexenal prianista, encumbró a Andrés Manuel López Obrador con niveles de popularidad y legitimidad históricos que reinventaron el presidencialismo mexicano, para bien y para mal.

En el recuento de fases, el presidencialismo mexicano mutó de una crisis electoral a la bocanada de aire puro salinista, a su abandono durante el gobierno de Zedillo, a la fragilidad de la alternancia foxista, al uso desmedido de la fuerza durante el calderonato y a su colapso total con Enrique Peña Nieto.

Con Andrés Manuel López Obrador logró su reinvención gracias a uno de los elementos indispensables para legitimar el poder: el carisma.
Sumado a un papel del Estado como mediador de conflictos de clase y no como monopolizador de la violencia, mató dos pájaros de un tiro.

A la delincuencia organizada la ignoró; al ejército le dio legitimidad popular y lo dejó encargado de ser un actor más del Ejecutivo con atribuciones excesivas; sumó y adhirió a grupos priistas y panistas, lo que permitió prácticamente el desmoronamiento de la oposición.

Y con el Estado benefactor logró aterrizar su proyecto de transformación, pero no así a Morena como una fuerza política sólida.
En primer lugar, por su composición mixta, pese a predicar principios políticos que muchos de sus grupos no manifiestan simpatía; por la falta de un respaldo económico real como representaba la oligarquía priista o el empresariado para el panismo.
Andrés Manuel López Obrador conservó la legitimidad de su poder en su misma popularidad e investidura.

Era un presidencialismo inédito e híbrido. Inédito por ser electo mediante la vía democrática e híbrido por estar sustentado prácticamente en su totalidad por el carisma, aunque los programas sociales lograron una relación con la marca Morena que les permitió ganar adeptos.

Pero faltaba una cúpula económica que influyera en los procesos políticos del país y que además le sirviera de respaldo.
Los espacios cedidos a la delincuencia organizada y el protagonismo entregado al Ejército Mexicano propiciaron de manera natural, en gran parte del territorio mexicano —como destino final la frontera mexicana, específicamente la tamaulipeca—, la permisividad en el trasiego de todo tipo de sustancias y mercancías.

Como herencia del nuevo PRI, el contrabando de combustible por los constantes aumentos y restricciones ambientales propició un flujo comercial natural de manera paralela al Estado. Legal pero ilegal a la vez.
El flujo de circulante permitió financiar campañas y comprar voluntades en todos los estados del país.

La fiebre de la marca Morena, al menos para someter en vencidas presupuestales a grupos prianistas, se viralizó en todo el país, sumada a los programas sociales y a AMLO y su liderazgo carismático.
Morena logró en un sexenio lo que el PRI no logró en setenta años. Y lo que soñaron panistas como el expresidente Felipe Calderón.
El presidencialismo mexicano rebosante, salvo por un problema que agregaba «otros datos».

El descontrol de los grupos relacionados con el contrabando de combustible secuestró la gobernabilidad en municipios y estados.
Y si bien llegaron morenistas a las gubernaturas y alcaldías de las zonas más pobladas, lo hicieron mediante tres formas: restricciones en el ejercicio del poder por liderazgos regionales, rebeldía por parte de los electos relacionados con el contrabando de combustible y la constante intromisión de la cúpula obradorista en prácticamente todos los rubros.

Independientemente de sus ambiciones personales y con el riesgo de perder el control de la gobernabilidad del país, la convicción democrática de AMLO, al menos para mantener la legitimidad de su movimiento proveniente de la misma causa, optó por dar su apoyo total a la ahora presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.

Claudia pertenece a la élite izquierdista, a la morenista, a la capitalina y a la académica. La presidenta, además, por naturaleza política pertenece al movimiento feminista y el emblema de su gobierno hace una total alusión a su convicción.
Para las fuerzas políticas nacionales es un perfil incuestionable; para AMLO, una aliada de toda la vida.

Con el visto bueno de todos, incluso de un enloquecido Donald Trump, solo quedó un obradorismo que se consideraba por encima del mismo expresidente. En gran parte por su cercanía con hijos y familiares del tabasqueño.
El choque fue anticipado y frontal. Pero el gobierno estadounidense, aconsejado por un sector del prianismo, ha provocado una de las mayores persecuciones políticas desde la guerra contra el narcotráfico, con su continuidad y el agregado del combate al huachicol fiscal.

La reforma judicial y el control que Morena logró tras la elección dividieron su composición, aunque aún conserva predominancia con poderes estatales relacionados con la presidenta. Pero nada está dicho.
El camino de la presidenta marca una tendencia, pero en el mundo de nunca jamás, tan atípico y volátil, todo puede cambiar tarde o temprano.
Por una parte, se mantiene el proyecto de la presidenta de poner piso parejo al menos en la brecha de género, ciudadanizar nuevamente la política nacional tras la enajenación impuesta por el obradorismo y terminar de someter a esas mismas fuerzas y recuperar la gobernabilidad.

El presidencialismo mexicano en la era Sheinbaum cuenta con dos grandes fortalezas: por una parte, la fuerza de un Estado cuya legitimidad se respalda en el ejército y ahora en las fuerzas civiles; y por otra, su mediación en el conflicto de clases con el aparato de Bienestar, que, si mantiene funcionalidad, perdurará.

Pero dos aspectos fundamentales quedan en el aire. Primero, un liderazgo debilitado por los niveles de popularidad que mantiene el expresidente, que igualmente es una fortaleza si no se da un rompimiento. Y la debilidad de un partido como Morena, con la necesidad de recurrir a periferias como el Partido del Trabajo y el Verde.
La estabilidad de su gobierno consistirá en gran medida en atacar liderazgos estatales, regionales, gremiales o provenientes de grupos económicos que cometan excesos, y en gran parte de la destreza que tenga su equipo de trabajo en su relación bilateral con el gobierno de Donald Trump.

Hasta el momento, el presidencialismo mexicano cuenta con el suficiente aire para subsistir y lograr la estabilidad interrumpida por sus altibajos.
De lograr mantener intacta la soberanía nacional, cada vez más cooptada por el gobierno estadounidense, además de mantener una relación de respeto con las élites mexicanas, que hasta el momento mantienen simpatía, salvo casos aislados.
El presidencialismo mexicano y la presidenta Claudia Sheinbaum se encuentran en un momento crucial entre la estabilidad o su derrumbe.

Mantiene legitimidad en materia de seguridad y en bienestar social. Pierde fuerza en liderazgo y control del partido que la llevó al poder. Confronta a grupos de poder emergentes o híbridos que le pueden restar fuerza territorial.
Y enfrenta, al igual que Francisco I. Madero, el primer presidente del México contemporáneo, la constante amenaza de ser víctima de una decisión tomada desde la Casa Blanca.

Factores que en suma diagnostican una estabilidad política interna, la constante amenaza de actores externos, el respaldo aún de un expresidente con un liderazgo superior a su propio partido, pero una dinámica exterior que pareciera un área de oportunidad para derrumbar grupos económicos y de poder que intentan permanecer.
Y la duda de si en este año, el segundo en el poder, logra aterrizar por completo su proyecto de nación sin ataduras y con determinación.

Por lo pronto, los próximos procesos electorales serán el verdadero parámetro para saber si el presidencialismo mexicano logra estabilidad, si el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum culmina su aterrizaje.

O, en su defecto, si el presidencialismo mexicano recurrirá una vez más a otra de sus múltiples y constantes mutaciones.

@pedroalfonso88

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