Desconozco cómo era, en lo cotidiano, la vida durante la Guerra del Peloponeso. Un mundo sin electricidad, sin máquinas que aliviaran el trabajo pesado, sin sistemas que llevaran agua a las casas.
La luz provenía de lámparas de aceite de oliva —caras y escasas—, lo que obligaba a que la vida se apagara poco después del atardecer. Hoy vivimos rodeados de tecnología: electricidad constante, teléfonos inteligentes, internet, plataformas de streaming, intervenciones quirúrgicas con el uso de rayos láser.
La distancia no es solo material. Es tecnológica. Es de conocimiento. Y, sin embargo, hay algo que no ha cambiado. Uno de los primeros usos del término “democracia”, en la Atenas del siglo V a.C., apuntaba a una idea poderosa: el gobierno debía surgir de la participación.
La Guerra del Peloponeso no fue un episodio menor. Durante casi tres décadas —del 431 al 404 a.C.— enfrentó a Atenas y Esparta en una lucha por el poder que terminaría por romper el equilibrio del mundo griego. Atenas, bajo el liderazgo de Pericles, había construido una posición dominante basada en alianzas que, en un inicio, fueron aceptadas como parte de un liderazgo legítimo. Pero con el tiempo, ese liderazgo comenzó a transformarse en dominio.
Tras su muerte, el equilibrio se perdió: la moderación dio paso a decisiones impulsivas y a una política dominada por la ambición. Tucídides, general ateniense y testigo del conflicto, contó la historia de esta guerra en su obra Historia de la guerra del Peloponeso. No solo narró los hechos: escribió para quienes quisieran entender no solo lo que pasó, sino lo que volvería a pasar. Y ningún episodio lo expone con mayor claridad que el diálogo entre Atenas y la isla de Melos: Atenas: No vamos a hablar de justicia. Ustedes saben tan bien como nosotros que la justicia solo existe entre iguales en poder.
Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Melos: Pero sería decente que nos dejaran neutrales. Es lo justo. Los dioses verán. Atenas: Los dioses y los hombres obedecen la misma ley: dominar si pueden. No inventamos esto. Ustedes harían igual. Sobre los espartanos: no vendrán. Solo ayudan si les conviene. No hay moral. No hay negociación real. Solo poder.
Ese diálogo no describe un momento histórico. Describe una constante. Tucídides lo entendió con claridad: la naturaleza humana no cambia. Por eso escribió para el futuro. Para este momento. Para que entendiéramos que, en medio de crisis, miedo o incertidumbre, el poder actúa siempre de la misma manera: se impone, se justifica y, cuando es necesario, distorsiona la realidad para sostenerse.
No es coincidencia. Es recurrencia. Y lo vemos en conflictos como el de Rusia y Ucrania, o el de Estados Unidos e Israel frente a Irán. Más allá de sus argumentos, prevalece la misma lógica: la capacidad de imponer se sitúa por encima de la justicia. La ley del más fuerte. En México, ese patrón también es visible, aunque no haya una guerra declarada.
Se expresa en un proceso de concentración del poder que busca reducir o eliminar contrapesos. Las minorías incómodas estorban. La pluralidad se percibe como obstáculo. Es la lógica de Melos trasladada al poder político: no se elimina al adversario por la fuerza… se reconfigura el sistema para que deje de contar. El lenguaje acompaña ese proceso. Conceptos como “pueblo”, “soberanía”, “la derecha” o “democracia” dejan de ser descripciones y se convierten en herramientas. “Pueblo” ya no nombra: excluye. “Soberanía” ya no protege: blinda decisiones. “La derecha” ya no define: descalifica.
“Democracia” ya no representa: impone. Cuando las palabras dejan de explicar la realidad y empiezan a manipularla, la discusión deja de ser racional. Se vuelve identitaria. Mientras tanto, los problemas persisten. Millones sin acceso efectivo a servicios de salud; violencia que se mide en cientos de miles de homicidios; regiones donde el agua escasea en las casas, aún donde debería abundar. Y frente a ello, se despliega una estrategia conocida: negar, reasignar, corregir tarde. No para resolver, sino para administrar la percepción. Con el tiempo, lo anormal se vuelve cotidiano.
Eso es lo más peligroso. Porque cuando una sociedad se acostumbra a la distorsión, deja de exigir verdad. Y cuando deja de exigirla, empieza a ser parte del problema. Tucídides advirtió que las palabras podían perder su significado. Nosotros hemos ido más lejos: hemos aprendido a convivir con esa pérdida. Y cuando una sociedad deja de distinguir entre lo que ocurre y lo que le dicen que ocurre, el problema ya no es el poder. Es la sociedad que lo permite. Los fuertes siguen haciendo lo que pueden… y los demás sufren lo que deben.




