Por Rigoberto Hernández Guevara
Todos tenemos un amigo que es albañil o al menos quisiéramos tener uno. Tarde o temprano ocupamos un jale de esos. Tarde o temprano también en distintas proporciones hemos sido uno de ellos.
Quién no ha pegado un block sobre otro, como también quién no se a subido a un ladrillo sin andamio y sin marearse. Creo que todos hemos participado de la construcción física de un cuarto, una barda. Ahí se hacen los hombres fuertes, tirando mezcla, doblando y enderezando varilla, cortando y haciendo anillos para un castillo. Echando un colado para un amigo con una playera del Atlas mapeada en la espalda.
Con elegancia se les llama obreros de la construcción, y según el sitio que ocupan en la obra son maistros, chalanes, albañiles y ayudantes de albañil. Pero todos le entran a la mezcla. De ahí se desprenden los especialistas en colados, lo yeseros, los que pegan mosaico, electricistas, y los carpinteros que montan la simbra.
Antaño cuando había una obra, desde abajo era puro pico y pala en zanjas profundas que se rellenaban con cemento y piedra. Los alrededores se cubrían de bicicletas búfalo, las preferidas de los alarifes. Por un tiempo le iban muy bien a la tienda más cercana hasta que terminaba la obra y se les extrañaba. Había los solteros que agarraban novia. Después conforme hubo billete los albañiles abandonaron la jaka de acero y compraron carros preferentemente los de procedencia extranjera denominados «chocolates». Hoy en día observo sin asombro que hay de los que llegan a la obra en carro del año.
No había arquitecto que visitara una obra cuando era una casa particular. Llegaba el maistro, por lo general muy serio él. En un pequeño papel trazaba unas rayas con lápiz, una multiplicación de suben dos y no contiene, y sacaba el presupuesto de material y mano de obra que ocupara. Y era todo. De inmediato comenzaba a cuadrícular con cal el terreno.
Es padre ser albañil, sobre todo a la hora del almuerzo, pues no hay como comer con bastante hambre. Otra de la especialidad de los albañiles que no llevan loche es el invento de los huevos que sin ser a la mexicana son los huevos al albañil que han llevado a los mejores restaurantes de México. Por eso la chef Zahie Téllez nos pone en Internet la receta de cómo preparar los huevos al albañil, en corto y con las manos recién lavadas todavía con algo de mezcla.
Ingredientes para 1 persona: 1 cucharada de manteca de cerdo o aceite, 2 chiles cuaresmeños tatemados, 3 jitomates tatemados, Sal, 1/3 de pieza de cebolla tatemada, 1 diente de ajo tatemado, Huevos.
Modo de preparación de huevos al albañil en 15 minutos, antes de que suene el pico y la pala, en lo que se escucha una rola del Cihua:
Calienta un sartén o un comal y lleva a tatemar los chiles, jitomates, cebolla y ajo. Una vez que estén listos llévalos a licuar con 1/3 de taza de agua y sal, machacar con la cuchara es igual.
Calienta la manteca y cuando esté derretida rompe los huevos ahí y comienza a mezclar, incorpora un poco de sal y a mitad de la cocción del huevo agrega la salsa, así se terminarán de cocer con sus sabores. Sirve tiernos con unos frijoles y tortillas, se acompaña con una caguama si se puede, si no con un cocón bien helado.
Debo decir con cierta nostalgia que albañiles todólogos de la vieja escuela quedan pocos. Se han ido especializando conforme a la globalización y el cambio climático, se adaptaron a la velocidad y al uso de las nuevas herramientas, con tecnología de punta cortan 10 varillas de un tajo. Por lo mismo cambiaron el lenguaje para dirigirse a los de su mismo oficio, le echan más estilo. Son más de caché, usan tenis Nike y casco amarillo, saben hacer impresionantes torres. Y lo mejor, conforme el país se desarrolla y construye, a ellos no les falta trabajo. Y Qué bueno.
HASTA PRONTO




