Por Antonio H. Mandujano
Expreso-La Razón
Tamaulipas está a punto de dar el salto hacia una nueva industria energética: la producción de etanol.
Y aunque hoy en día no cuenta con plantas operando a gran escala, el estado ya perfila proyectos concretos que buscan aprovechar su fortaleza agrícola (principalmente el sorgo) para incursionar en el mercado de los biocombustibles, en lo que podría convertirse en uno de los cambios más relevantes para el campo y la economía regional en los próximos años.
Actualmente, la entidad no produce etanol de forma industrial, sin embargo, el gobierno estatal, en conjunto con la iniciativa privada, impulsa un plan que contempla la construcción de al menos dos plantas clave: una en Matamoros y otra en Altamira.
Estas instalaciones formarían la base de una nueva cadena productiva enfocada en transformar el excedente agrícola en energía.
Al momento, el proyecto más avanzado es el de Matamoros, donde se prevé una planta con capacidad cercana a 890 mil litros diarios de etanol, lo que implicaría procesar más de 1.2 millones de toneladas de sorgo al año.
Esta cifra no es menor: representa la posibilidad de absorber una parte significativa de la producción estatal de sorgo, que en muchos ciclos enfrenta problemas de comercialización.
En paralelo, en Altamira se proyecta otra planta con capacidades similares, como parte de un esquema integral que busca consolidar a Tamaulipas como un polo energético en el norte del país.
Ambas instalaciones requerirán inversiones superiores a los 300 millones de dólares en conjunto y tienen como meta de operación comercial hasta el año 2028.
Incluso, el plan no se limita a estas dos plantas, pues las autoridades energéticas han planteado un escenario más ambicioso de hasta cinco instalaciones en distintas regiones del estado, incluyendo la frontera norte, lo que ampliaría la capacidad de producción y el impacto económico del proyecto.
Y la base de esta apuesta es clara: el sorgo.
Tamaulipas concentra más del 50 por ciento de la producción nacional de este grano, y desde la actual década, una parte importante no siempre encuentra mercado rentable derivado de los precios internacionales, los problemas bélicos mundiales y otros factores que han afectado severamente el precio de venta por tonelada a los productores locales.
Por tanto, convertirlo en etanol permitiría darle valor agregado, estabilizar precios y generar nuevas fuentes de ingreso para los productores.
▶️Un intento que no prosperó
Aunque el tema del etanol parece nuevo en la agenda estatal, en realidad tiene antecedentes.
Hace más de una década, en la región de Río Bravo (zona agrícola estratégica del norte del estado) se planteó un proyecto para producir biocombustible.
De acuerdo con documentos técnicos de la época, se contemplaba una planta con capacidad de 33 millones de litros anuales de etanol, dentro del corredor Río Bravo–Reynosa–Matamoros.
Sin embargo, ese proyecto no logró consolidarse como una industria operativa.
Las condiciones del mercado, la falta de infraestructura y un entorno energético poco favorable frenaron su desarrollo, dejando al estado sin una producción formal de etanol durante años.
Incluso en tiempos más recientes, la infraestructura instalada en la frontera (como terminales de almacenamiento) ha manejado etanol principalmente para distribución o mezcla, no como producción local, lo que evidencia que la cadena productiva nunca terminó de establecerse.
▶️Un cambio de fondo para el campo
El nuevo impulso al etanol llega en un contexto distinto, y es que hoy, el enfoque no solo es energético, sino también agroindustrial.
La intención es crear un mercado estable para el sorgo, reducir la dependencia de intermediarios y generar un nuevo modelo de negocio para los productores.
Además, el desarrollo de esta industria podría detonar empleos, inversión y actividad económica en zonas rurales, donde el campo enfrenta problemas estructurales como bajos ingresos, migración y falta de relevo generacional.
En términos energéticos, el etanol también abre la puerta a su uso como aditivo en gasolinas, alineándose con tendencias internacionales que buscan reducir emisiones y diversificar fuentes de energía.
▶️El reto: pasar del proyecto a la realidad
A pesar del entusiasmo, el desafío sigue siendo convertir los planes en operación real.
La historia del proyecto fallido en Río Bravo es un antecedente claro de que no basta con tener materia prima o intención política.
La inversión, la infraestructura, la regulación y el mercado serán factores determinantes para que Tamaulipas logre, finalmente, entrar de lleno a la producción de etanol.
Por ahora, el estado está en la antesala, teniendo los proyectos, los números y el potencial, pero aún no produce.
Si las plantas de Matamoros y Altamira se concretan como está previsto, será hasta finales de esta década cuando Tamaulipas deje de ser solo un gigante agrícola y se convierta también en un productor de biocombustibles.
▶️Y ¿qué es el etanol?
El etanol, también conocido como bioetanol cuando proviene de fuentes renovables, es un tipo de alcohol que se utiliza principalmente como biocombustible o como aditivo en las gasolinas.
Su incorporación en los combustibles permite reducir emisiones contaminantes y mejorar la eficiencia energética en los motores.
Este biocombustible se obtiene a partir de la fermentación de azúcares o almidones presentes en cultivos agrícolas, lo que lo convierte en una alternativa viable frente a los combustibles fósiles.
En el caso de Tamaulipas, el sorgo juega un papel clave, particularmente con el llamado “sorgo dulce”, que contiene entre 14 y 21 por ciento de azúcares fermentables, lo que lo hace altamente eficiente para la producción de etanol.
El proceso consiste en triturar la planta para extraer un jugo rico en azúcares, el cual posteriormente se fermenta para generar alcohol combustible.
También es posible producir etanol a partir del sorgo granífero, utilizando el almidón de sus granos en un proceso similar al del maíz.
En términos de rendimiento, el sorgo dulce destaca por su alta productividad, ya que puede generar hasta 8 mil litros de bioetanol por hectárea, lo que refuerza su potencial como base de la futura industria energética en el estado.




