14 mayo, 2026

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La sencillez, patrimonio inmaterial de la humanidad 

Crónicas de la calle/ Rigoberto Hernández Guevara
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Con el tiempo, un poco tarde, después del mediodía entendí que la mañana aquella no volvería. Comprendí que la vida es una y que está compuesta de cosas sencillas. 

Uno recuerda la primera vez y la última. El primer libro que leímos bajo la gestión de la maestra de español Ludivina Benavides Peña en la escuela secundaria, era Juan Rulfo con «El llano en llamas», que recuerda la voz de mi padre y sus últimas palabras. Sencillo como eso, como un bolillo en la panadería de Cruz Fuentes. 

Ser sencillo es como el clásico pase a la red en el minuto 90 de un partido de fútbol. Sencillo sin artilugios, sin maquillaje. Tan sencillo como salir a la calle, como beber agua, como sonreir por la nada mientras recuerdas la última tontería, ser sencillo es no pensar en nada, simplemente ser. 

Sencillo como un barco de papel, un hombre caminando en su mundo de acero y cristal. El pensamiento que suele ser sencillo piensa en lavar, hacer un huevo estrellado para paliar el hambre, piensa en llegar y recostarse un poco, piensa en su mujer, en la puerta, en el espacio donde brinca y hace lo que le viene en gana con muchas ligereza. 

Esas cosas sencillas que pasan a cada instante como el pregón  del vendedor pasando por la calle y lo que hacía yo escuchando música, y el clima caliente de Cd Victoria dejando su huella en el estio de costumbre. 

Una tarde sencilla con la mujer que amas, con mamá en la luz de la ventana enhebrando la delgada aguja. Cociendo un sierre, una bolsa rota. Uno le dio vueltas a aquella mujer antes de que se fuera. Y la sombra proyectada en el piso de firme concreto, el almanaque de la tienda «La Purísima». 

La vez en la banqueta cuando se fue la luz y el primer beso de muchachos en una banca extinta de la plaza. Las olas de una playa de la infancia, el tranvía de Tampico. La canción de Juan Gabriel mientras veías a quien creíste sería el amor de tu vida y la vez última vez que la encontraste ya grande y con tres hijos afuera de un banco. 

El cinturón memorable que me compraron fiado en la tienda de Juan Medina, uno recuerda el olor de aquella tienda y los cientos de tarjetones con números y nombres de los deudores de prendas. Era sencillo confiar un préstamo en Victoria, ¿a dónde podías ir que no te hallaran? Ni en la Colonia Mainero. 

Sencillas las casas de dos aguas, las de palma, la gente tenía tres cambios de ropa muy limpia. Los zapatos de piel, o huaraches, y un ridículo número de empleados del banco usaba traje. El gobernador Don Magdalena Aguilar se topaba con uno en la calle. 

Las cosas sencillas como mariposas por miles cruzando la tranquila ciudad y sus habitantes bebian con ellas el agua del río San Marcos. Todavía queda caminar a paso lento por la calle y encontrar en los patios los sillones de palma para una tarde de aquellas de 1960.

Las cosas sencillas se guardan y las novedosas viajan. Sigue siendo sencillo el trato de los compadres, una cena de cumpleaños, la piñata de niño que pronto será muchacho, el hilo que se ha ido de un suéter, un roto y un descocido. El saludo de mano entre nosotros los grandes y no el chocado ruidoso entre dos hermanos. 

Es sencillo, tan sencillo como mirarnos a ojos es el amor al prójimo. Como es sencillo perderse entre la gente y no ser extraño en un país extranjero y propio. Sencillo ahora es ser globalizado sin permiso, ser multinacional y ultramarino, ultrasonico, ultrasonido, eléctrico, robot digital en una cuenta anónima donde todos, menos uno, saben que es muy sencillo ser muchos siendo el mismo. Supongo que ahora ser sencillo es lindo. Además creo que la sencillez es el real patrimonio inmaterial de la humanidad, como un peso en la bolsa y una palabra suelta. 

HASTA PRONTO 

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