Recientemente, José Ramón López Beltrán acaparó nuevamente los reflectores, pero en un contexto muy distinto al de 2024, cuando AMLO aún gobernaba el país.
Uno de los ejes del proyecto cuatroteísta del expresidente era reprobar por completo el aspiracionismo como modo de vida.
Y todo lo que pregonó, señaló y denunció de la oposición lo terminó haciendo prácticamente toda su cúpula desde el poder, además de los constantes señalamientos a los excesos y frivolidades de sus hijos, como los de José Ramón.
Andrés Manuel López Beltrán fue recibido ayer con gritos y empujones en el aeropuerto de Chihuahua, estado en el que, por cierto, su gobernador mantiene una controversia con consecuencias legales ante el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum por colaborar con elementos de la CIA sin el aval de la Federación.
Aun si Chihuahua es un estado gobernado por la oposición, lo sucedido con el hijo del expresidente es una clara muestra de cómo expiró un modelo político atípico en la historia del país.
El contexto actual dista mucho de lo sucedido durante el gobierno del tabasqueño. Si él pudo concentrar con su carisma la atención de los reflectores nacionales y prácticamente el control total de la agenda pública, tras su salida las reglas del juego cambiaron.
Durante todo su sexenio, el presupuesto gubernamental tuvo una apertura sin precedentes a la población mediante una renta universal para adultos mayores y jóvenes estudiantes. El aparato de gobierno, al menos en el área de Bienestar, tuvo un impacto sin precedentes en el nivel de vida de la población, aunque las carencias en salud pública y educación fueron evidentes.
En gran parte por el freno de mano que aplicó su gobierno al combate a la corrupción, una de las banderas más importantes que adoptó AMLO al inicio de su gobierno y que después abandonó.
Además del bombardeo legislativo que Morena asestó en contra de los mecanismos de rendición de cuentas —que arrebató como una construcción ciudadana para su absorción al burocratismo gubernamental— y su opacidad.
Si el reparto sistemático de apoyos a la población generó un impacto masivo en las condiciones de vida de las masas, ya no importaba la rendición de cuentas: el discurso de la honestidad causó impacto, además de los elevados niveles de popularidad que mantuvo entre la población y, lo más importante, entre el electorado.
Pero Andrés Manuel fue un fenómeno político único y extraordinario, producto del hartazgo acumulado en el país frente a un sistema político mexicano que no cambió pese a la caída del priismo y dos gobiernos panistas.
La popularidad de AMLO mantuvo legitimidad porque su causa confrontaba al modelo político establecido durante el priismo y transformado durante el panismo, aunque también llevando al extremo sus vicios.
Y ese, tal vez, es el principal lastre que comienza a arrastrar la 4T: que el cambio fue a medias o terminó en un gatopardismo más.
Pero sus estragos podrían tener repercusiones de mayor impacto que el descontento generado en las etapas críticas del priismo jurásico, del panismo y del «nuevo PRI».
Por un factor clave: la 4T generó expectativas que solo había generado en su momento el expresidente Vicente Fox Quesada.
El gobierno de Vicente Fox construyó una plataforma democrática con la intención de frenar a la maquinaria priista, pero ayudó a que otras figuras de oposición —y en su momento los mismos priistas— aprovecharan sus beneficios para el golpeteo político.
Y la evolución en su funcionalidad, a pesar de sus parcialidades circunstanciales (incluido el INE), provocó la debilidad de los gobiernos de Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto, pero impulsó un avance democrático sin precedentes en la vida del país.
Las acciones de gobierno —corruptas o no, indignantes o no, parciales o imparciales desde los autónomos— se hicieron del dominio público con la facilidad de impugnar respuestas y llevar al escrutinio ciudadano, dentro de las mismas dependencias, la opacidad o apertura del acceso a la información.
La investidura presidencial se volvió terrenal y acabaron los mitos y la pontificación de un poder electo directamente por la voluntad popular mediante el voto. El presidente era un ciudadano más y no un jerarca.
Pero esa misma degradación la reinventó el fenómeno AMLO y su astucia en política de masas. La intensidad de sus seis años de gobierno, con su proyecto de nación y sus megaobras, no dio pie a la reflexión sobre los constantes atropellos que comenzó a cometer su administración a la salud democrática del país.
La pandemia de Covid-19 fue la mejor justificación para restringir el acceso a la información hasta reducirlo a la solicitud directa a las dependencias de gobierno y sin intermediarios que abogaran por su calidad, el ritmo de entrega y sus impugnaciones.
Y su discurso tendencioso a minimizar a la prensa —y en su efecto a la libertad de expresión— con la apropiación de la agenda pública desde las mañaneras le daba la ventaja de desacreditar cualquier cuestionamiento a su administración.
Pero a AMLO le funcionó por el ritmo e impacto de sus acciones de gobierno, además de las conquistas electorales que le permitieron controlar con rapidez prácticamente todos los gobiernos estatales, o al menos los más importantes.
Las redes de negocios paralelas a las propias del gobierno, ahora reveladas ante la opinión pública, eran de mayor escala de lo que pudiera permitir la corrupción. Y de todas formas, la crisis del sector salud y el de educación son un claro ejemplo de que los excesos continuaron.
Los beneficiados de ambas redes de negocios intentaron enquistarse por más de seis años que bien aprovecharon durante el divisionismo provocado por el desfile de corcholatas.
Los morenistas que mantuvieron presencia y poder en el gobierno de AMLO creyeron que la popularidad del expresidente los cobijaria a ellos de la misma manera. En cuanto el tabasqueño salió del poder, bastó un año para que todo se desmoronara, y 2026 vaticina un final trágico para su vasta mayoría.
La cacería iniciada por la administración de Donald Trump asesta un golpe duro a Morena, pero el verdadero golpe al partido lo dio la misma cúpula obradorista, dirigida por Andy López, por su afán de permanecer en el poder.
Y es, al final, el mismo grupo de poder que pactó con grupos políticos ajenos a Morena y que poco a poco les da la espalda o, como en el caso de Rocha Moya, termina en desgracia.
La corrupción, la impunidad, los excesos y los abusos del poder permanecen como una constante en los resquicios de los poderes que llegaron de la mano con el obradorismo.
En el contexto de una cacería abierta por parte del gobierno estadounidense, esto debería traducirse en una vuelta a la realidad y en el fin de la soberbia que intentaron emular del expresidente, quien contaba con los suficientes niveles de aceptación para tomar un atrevimiento de ese tipo.
El área de oportunidad política que tiene el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum para depurar a todos los «indeseables» del país coincide con la asimilación que tuvo desde el inicio de su gobierno sobre el fin del «fenómeno AMLO».
Mientras tanto, en todo el país el obradorismo en desgracia busca refugio en liderazgos regionales o en otros grupos políticos. La rebelión de los aliados, como el Partido Verde, puede culminar en el acaparamiento de puestos de elección popular, incluso de gubernaturas.
La recuperación del PAN, que tras un sexenio de desgracias y divisionismos podría volver a recuperar su fortaleza político-electoral.
Y la constante amenaza de una figura emergente, tan preferida a nivel mundial por la ultraderecha.
Morena, por lo pronto, mantiene presencia en el ánimo social, aunque paralizada en lo operativo por la inacción de sus operadores actualmente en desgracia.
Un gobierno federal con la concentración de poder suficiente para continuar la depuración política en su partido en todo el país, pero constantemente amenazado por el gobierno estadounidense con la posibilidad de perder fuerza ante un eventual intervencionismo.
Un panorama económico mundial poco favorable que podría poner en riesgo las finanzas del país e impactar el ánimo social, además de la constante posibilidad de una crisis.
Y como poco a poco, con la desmitificación de AMLO y la 4T, la culminación de la partidocracia como modelo viable ante el descrédito que impera ahora, sí, en todos los partidos políticos del país.
La elección del próximo año será, al final, el verdadero termómetro en México y en Tamaulipas para saber si Morena mantiene presencia, facilidad de operación y, sobre todo, arraigo en el ánimo social.
Y, sobre todo, si para el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum se mantiene como un área de oportunidad o se convierte en un pasivo político.
@pedroalfonso88




