Hace unos días descubrí algo inquietante: el nivel de ansiedad que me puede provocar que deje de funcionar mi teléfono celular.
Aquella mañana me di cuenta de que aún no pagaba el recibo de energía eléctrica de la casa. Con algo de apuro tomé el teléfono para hacer el pago, pero no pude conectarme. Pedí prestado el celular de mi esposa. Tampoco funcionó.
—No lo he pagado —me dijo.
Y entonces entendí hasta qué punto mi vida dependía ya del teléfono celular. Había dejado de ser un lujo o una comodidad para convertirse en una herramienta esencial de mi vida diaria.
Hace algunos años, pagar un recibo implicaba trasladarse, hacer fila y perder parte de la mañana. Hoy millones de personas realizan operaciones bancarias, pagos, trámites, compras o transferencias desde la palma de la mano.
Si toda esa gente tuviera que regresar físicamente a bancos, oficinas de gobierno, compañías telefónicas o comercios, las filas serían enormes y el tiempo perdido gigantesco.
Las cifras actuales son abrumadoras: un reporte de Datareportal reveló que, a inicios de 2026, el 73.8% de la humanidad ya estaba conectada a internet. Estamos hablando de más de 6,120 millones de personas en línea.
Esto no solo es impresionante. Estamos frente a una transformación comparable a la invención de la rueda, que revolucionó el transporte físico, la mecánica y el comercio, impulsando ciudades, industrias y sociedades enteras.
El internet y el teléfono celular han hecho algo similar con la información: acortaron distancias, aceleraron procesos y modificaron la manera en que vivimos, trabajamos, hacemos negocios y nos comunicamos.
La pandemia de COVID-19 terminó de demostrarlo. Personas que apenas utilizaban herramientas digitales tuvieron que aprender rápidamente para seguir trabajando, estudiando o simplemente mantenerse en contacto con quienes no podían ver físicamente.
Pero la tecnología no se queda quieta. Cada avance acelera la llegada del siguiente.
Los sistemas bancarios, las plataformas de compras, nuestra comunicación a través de mensajería, los medios informativos y prácticamente todas las herramientas digitales que utilizamos se actualizan constantemente.
Hoy el celular ya no se percibe principalmente como teléfono, sino como un verdadero centro de operaciones personal. Por eso necesitamos entender cómo funciona y cómo movernos dentro de esa enorme red digital que cambia constantemente.
De lo contrario no solo terminaremos frustrados frente a una pantalla, sino que también podemos quedar expuestos a fraudes, extorsiones o delincuencia cibernética.
Así pues, convencido de que el problema del teléfono lo causaba el internet de mi casa, marqué a Telmex. Después de atravesar ese laberinto moderno de grabaciones automáticas donde uno oprime botones esperando llegar algún día a un ser humano, finalmente me atendió una señorita muy amable.
Me pidió hacer varias pruebas.
Nada funcionó.
—Es su teléfono —me dijo—. Tiene una falla.
Fui entonces a Telcel, donde había comprado el aparato. Otra señorita muy amable revisó mi registro y, por supuesto, primero verificó que estuviera al corriente de mis pagos.
—No tiene adeudos —me dijo.
—Ya no tengo datos —respondí.
Me explicó que necesitaba tener datos para realizar pruebas. Hizo la recarga, intentamos nuevamente… y nada.
Intrigada, me pidió revisar personalmente el teléfono. Lo tomó entre las manos, observó la pantalla unos segundos y, de pronto, su expresión cambió por completo.
Con una sonrisa de triunfo exclamó:
—¡Lo tiene puesto en avión!




