28 mayo, 2026

28 mayo, 2026

Guerra en Medio Oriente: atorados en el lodazal

Faljoritmo/Jorge Faljo

Estados Unidos atacó a Irán el 28 de febrero de 2026 siguiendo una línea marcada por Israel, el actor más interesado en la destrucción estratégica de Irán, al grado de su desintegración territorial.

La ofensiva fue precedida por meses de acumulación de arsenales estadounidenses en bases de la región, despliegue naval en el Golfo y una presión pública destinada a convencer a Teherán de que la alternativa era la rendición o la devastación. Trump pareció desconcertado de que la mera amenaza militar no produjera la capitulación iraní. Washington no sólo calculó mal la capacidad militar de Irán, también calculó mal su cultura política.

Tras unos 40 días de combates, Trump anunció la destrucción de la civilización milenaria iraní. El gobierno de Irán no reaccionó con la teatralidad que Washington esperaba. Horas después, el 7 de abril Trump anunció un cese al fuego unilateral de 12 días para permitir un diálogo conducente a la paz. Irán declaró que, si no era atacado, no respondería con ataques.

El 8 de abril, el secretario de Guerra Pete Hegseth afirmó que Irán había “suplicado” el cese al fuego y presentó la Operación Furia Épica como una victoria histórica y abrumadora. Poco antes de cumplirse los 12 días, Trump volvió a lanzar amenazas extremas. Ante el renovado silencio de Irán, anunció extendió de manera indefinida la interrupción de hostilidades.

En repetidas ocasiones Trump ha declarado la destrucción total de la fuerza aérea y naval iraní, así como de la mayor parte de sus misiles y drones. El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, declaró que durante la campaña se alcanzaron más de 13 mil blancos, incluidos más de mil 500 objetivos de defensa aérea, más de 450 instalaciones vinculadas con misiles balísticos, unas 800 instalaciones relacionadas con drones de ataque y más de 2 mil centros de mando y control. Pero incluso reportes estadounidenses reconocen que esas cifras no equivalen a la desaparición de la capacidad militar iraní.

Aparte de los objetivos militares, hubo una destrucción notable de infraestructura civil: escuelas, universidades, hospitales, unidades de salud, comunicaciones, transporte y sistemas de energía. El lenguaje oficial habla de “degradar capacidades”, pero sobre el terreno esa fórmula suele significar cortar carreteras, interrumpir hospitales, destruir redes de comunicación y hacer más difícil la vida de millones de personas. El ataque pretende ser quirúrgico, pero la realidad es mucho más sucia.

Irán se había preparado para un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel. Buena parte de su capacidad militar se encuentra bajo tierra, dentro de instalaciones excavadas en montañas y túneles reforzados. No es un detalle menor: Teherán ha construido su doctrina defensiva sobre la dispersión, la redundancia y la supervivencia ante ataques aéreos. Estados Unidos pudo destruir mucha infraestructura civil, pero no la suficiente capacidad militar para doblegar al régimen; sobre todo si cuenta con una población culturalmente predispuesta al sacrificio heroico.

Washington subestimo a su adversario. Asumió que, después de los ataques iniciales, la población se rebelaría, las élites se fracturarían y el gobierno caería en pedazos. Ocurrió lo contrario: la población no se desmoralizó y el sistema político respondió con mayor cohesión. Irán había reaccionado con mucha prudencia al ataque del año anterior, y el Pentágono interpretó esa prudencia como debilidad permanente. Confundió contención con incapacidad.

Trump asumió que si golpeaba con violencia, rapidez y sorpresa se produciría una rendición inevitable. Al parecer, esa expectativa fue reforzada por análisis apoyados en lo más sofisticado de la inteligencia artificial. Pero la reciente encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, advierte precisamente contra esa ilusión: los sistemas de inteligencia artificial no eliminan los sesgos humanos; pueden reproducirlos, amplificarlos y presentarlos con una apariencia de neutralidad. La responsabilidad no desaparece porque una máquina ordene datos o confirme una intuición previa. En una guerra, ese autoengaño puede ser fatal.

Trump, acompañado por su entorno político-militar, cometió un error del que no encuentra cómo salir sin parecer derrotado. Por eso pasa de la amenaza extrema al anuncio de negociaciones a punto de ser exitosas. Cuando el diálogo no produce lo que desea, regresa a la amenaza o incluso al ataque. El resultado es un movimiento zigzagueante, difícil de seguir y aún más difícil de entender: alto al fuego, amenaza, negociación, bombardeo limitado, nueva amenaza, nuevo anuncio optimista.
El lunes 18 de mayo, Trump amenazó con reiniciar una campaña de bombardeos contra Irán si no avanzaban ciertos acuerdos. El martes 19, reviró y afirmó que las negociaciones de paz se habían reanudado y que algunos gobiernos árabes del Golfo lo habían persuadido de no iniciar de inmediato el ataque aéreo.

El viernes 22 de mayo, Trump anunció que permanecería en Washington debido a la crisis en Irán, lo que se interpretó como señal de preparativos militares importantes. El sábado 23 y el domingo 24 circularon versiones de que Washington y Teherán estaban cerca de un acuerdo que Trump calificó como “en gran medida negociado”.

A pesar de las negociaciones en marcha, el lunes 25 Estados Unidos atacó instalaciones militares en la costa iraní y hundió varias naves que, según Washington, colocaban minas en el estrecho de Ormuz. El mando militar estadounidense presentó la acción como legítima defensa. Los ataques continuaron martes y miércoles, mientras Washington sostenía que no eran tan importantes como para suspender el diálogo. Es absurdo: se bombardea sin romper la negociación, se negocia sin detener la guerra.

Irán acusó a Washington de romper el alto al fuego y prometió que respondería. Al mismo tiempo, el estrecho de Ormuz volvió a ocupar el centro de la crisis. No se trata de cualquier paso marítimo: por ahí transita una parte decisiva del comercio mundial de petróleo y gas. Cada acto de guerra golpea no solo a los dos países enfrentados, sino al acceso global a petróleo, gas, fertilizantes, azufre, aluminio, helio y otros insumos industriales y agrícolas de enorme importancia.

¿Hay o no hay cese al fuego? ¿Hay o no hay negociaciones en marcha? La respuesta parece depender del momento del día y de la declaración más reciente de Trump.
Del lado estadounidense, toda la negociación gira alrededor de una sola persona: el presidente Trump. Él anuncia avances, redefine condiciones, atribuye a Irán posiciones que luego no coinciden con lo expresado por Teherán. No es una negociación diplomática llevada por equipos expertos de ambos lados; es una negociación presidencializada al extremo, donde cada gesto es teatral y busca intimidar o dar una imagen de victoria.

Las diferencias siguen siendo incompatibles en torno a: el control del estrecho de Ormuz, el descongelamiento de activos financieros iraníes, el levantamiento de sanciones, el destino del uranio enriquecido que todavía conserva Irán, las garantías de no agresión y el papel de Israel en cualquier arreglo regional.

Estados Unidos entró a este conflicto creyendo que podía imponer una rendición rápida. Ahora patina en el lodazal: demasiado comprometido para retirarse sin costo político, demasiado expuesto para admitir que la victoria no llegó, demasiado dependiente de la voluntad de un presidente que parece confuso. Y con un encarecimiento de vida que los afecta a ellos y a todo el mundo.

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