21 junio, 2026

21 junio, 2026

El trazo infantil que rompe la inercia

La exposición “XLVI” del Taller Infantil de Artes Plásticas, coordinado por Olivia Malibrán y el recordado Salvador Castillo, ocupó quince días el Centro Cultural de Tamaulipas. Más que una muestra, fue un destello de sensibilidad y resistencia: 46 años de enseñar a mirar, crear y sostener el arte frente a la prisa, la pantalla y el olvido
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*DE ARTE CON: ALVIZO*

Eventos culturales vienen y van, la marca del tiempo pasa inexorable y uno, con el peso de la edad y los pasos acumulados, termina por entrar al Centro Cultural de Tamaulipas casi por pura inercia. Es la costumbre del cuerpo que busca reconocerse en los muros de siempre.

Afuera, en las calles de Ciudad Victoria, la urbe late con su habitual y ruidosa sincronía de urgencias: nos llega el eco de alguna campanada del fútbol mundialista, con esa coreografía colectiva que arrastra sus propias sombras y virtudes; se siente el calor denso, casi sólido, que fatiga por igual desde el humilde bolero de calzado en la plaza hasta al más encumbrado burócrata de oficina.

Pero cruzar esa puerta del icónico Teatro Amalia implica un pacto distinto. Si uno todavía conserva el asombro, una lucidez de la sensibilidad para ver más allá del desfile carnavalesco contemporáneo, se puede gozar de una ruptura del ritmo.

Allí estuvo, durante apenas quince días, un parpadeo imperceptible para la maquinaria del mundo, pero un destello luminoso para quien quiera: la exposición “XLVI”, testimonio visual y colectivo del Taller Infantil de Artes Plásticas coordinado por la maestra Olivia Malibrán y el recordado maestro Salvador Castillo (+).

Entrar a esa muestra significó, de golpe, tropezar con una multitud de formas y matices que desafiaban abiertamente la sobriedad grisácea del tránsito cotidiano. Paredes saturadas, montaje casi caótico, obras agolpadas sin pretensiones de cubo blanco contemporáneo. Eran cuadros que brotaban de la práctica diaria, delicada, y que se exponían así, al desnudo, en el querido centro cultural.

Frente a este panorama, mi mente se apresura y piensa: ¿Qué es lo que vemos cuando vemos arte infantil? Estamos ante un proceso vivo de creación, una manifestación del arte por el arte, pero entendida como un arte del ser. La marea de pinceladas transita sin complejos desde un figurativismo hacia la búsqueda del estudio de la técnica.

Es en el terreno del bodegón donde la exposición revela su verdadera naturaleza. Académicamente, estas naturalezas muertas no alcanzan, ni buscan alcanzar, la excelencia técnica de la mímesis tradicional. No hay aquí maestría del claroscuro flamenco ni precisión anatómica. Exigirle perfección académica sería un error metodológico y una miopía artística.

Lo que se despliega es un acercamiento primigenio a la profesión: entender y metabolizar la obra desde el error, desde la prueba, desde ese lugar donde la urgencia del pulso se impone sobre la regla. Al pintar el objeto cotidiano, las infancias le devuelven esa dignidad mágica e inútil que los adultos denegamos en nombre de la productividad.

Y es aquí, en esta aparente renuncia al rigor académico absoluto, donde radica la verdadera potencia del taller. El arte de las infancias no es simulacro ni ensayo preparatorio para el arte adulto; no es el «así pintarán cuando sepan». Es un estado de búsqueda honesta. Una zona de peligro estético donde las reglas de la perspectiva lineal y la proporción áurea se derrumban pacíficamente a favor del estudio, de la búsqueda emocional, de entender cómo funciona la técnica y el ser del arte plástico.

No se puede analizar este corpus sin reivindicar a sus guías. El trabajo sostenido de la maestra Olivia Malibrán y el legado de Salvador Castillo no pertenecen al orden del mero entertainment vespertino. Mantener un taller vivo por más de cuatro décadas en Tamaulipas es un acto de fe, una labor de salvamento histórico y social.

En una época donde la sensibilidad es un territorio en disputa, cercada por la pantalla, el algoritmo y las complejidades de la violencia ambiental, el taller se erige como laboratorio de la mirada, de las sensaciones y de la búsqueda estética. Enseñar a un niño a sostener el pincel y enfrentarse a un bodegón no es solo dotarlo de habilidad manual; es ofrecerle un escudo contra la apatía, regalarle la herramienta para entablar un diálogo íntimo y crítico con su propia sensibilidad.

La exposición “XLVI” ya se retiró del vestíbulo. Duró apenas quince días, un soplo en la línea del tiempo de Ciudad Victoria. Sin embargo, la lección que deja fue la democratización del acto de mirar y hacer.

La valía de Malibrán y el espíritu de Castillo no se miden en virtuosismo técnico, sino en la resistencia de haber abierto, durante cuarenta y seis años, una grieta de libertad estética en el centro del estado.

Al final, cuando los cuadros vuelven a las carpetas y las luces del vestíbulo se apagan, nos queda la certeza de que la inocencia del trazo infantil no busca perdurar en los muros, sino recordarnos que la sensibilidad sigue siendo el único diálogo honesto que nos salva de la costumbre.

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